Estación del oeste

Los mayores placeres de la vida son los más inesperados ¿Quién me iba a decir a mí que VD me iba a dar estas alegrías?

4 de Diciembre.- Los placeres mayores de la vida son los más inesperados.

Esos días que te da pereza salir, por ejemplo, y luego son aquellos en los que mejor te lo pasas. O esas cosas que empiezas a hacer casi sin darse cuenta, como quien no quiere la cosa, y que son como si fueras metiendo monedas pequeñas en una hucha y, al final, sin comerlo ni beberlo, tienes una bonita cantidad con la que comprarte algo de lo que siempre has tenido ganas.

Viena Directo empezó así, como esa calderilla que se va metiendo en la hucha y que al final resulta ser un piquito con el que poder darte un capricho.

En mi caso, el blog me da mucho trabajo (un trabajo que hago con mucho gusto, por supuesto, pero que a veces cuesta más, sobre todo cuando en mi trabajo tengo picos de mucha faena) pero mentiría si dijera que ese esfuerzo diario no se compensa con las grandes alegrías que recibo.

Sobre todo cuando conozco a mis lectores.

No es falsa modestia, de verdad, pero siempre me sorprendo de que, siendo yo tan normal, un señor común y silvestre, cada vez más calvo y con la barba más blanca, tenga yo lectores con unas historias tan interesantes que contar. Gente tan lista, con unos conocimientos tan profundos de cosas que para mí son un completo misterio.

Aunque sin duda, más allá de los conocimientos, más allá de saber mucho de un tema o de otro, lo mejor es que, sin excepción, los lectores de Viena Directo son de una profundísima calidad humana. Una gente con muchísimo sentido del humor, interesada por las cosas que les rodean, y en ese estado de divertida perplejidad que yo creo que también tengo yo, y que es un resto de lo más bonito de la infancia, que es la curiosidad de saber cómo funcionan las cosas.

Hoy, por ejemplo, con la excusa de mi libro (cuya adquisicíón recomiendo encarecidamente a todos mis lectores) he conocido a una pareja colombiana, de Bogotá, encantadores los dos, que viven en una localidad cercana a Viena.

Ella, profesora de español y de literatura, está aprendiendo alemán, como antes aprendió italiano, siguiendo un curso que da una institución que se llama LEFÖ, que ayuda a mujeres migrantes.

Vino aquí siguiendo a su marido, que es físico, y que está trabajando en una institución que investiga una nueva terapia de protones contra el cáncer.

Hemos quedado en la Westbahnhof, con otra señora venezolana compañera de curso de español, una mujer muy dulce y observadora, que lleva viviendo en Austria 24 años. Como los colombianos cenan a la austriaca -o los austriacos a la colombiana- y ya se nos iba haciendo tarde, hemos estado comiendo un poquito y hablando de nuestras cosas.

Por ejemplo, de lo importante que es en Austria saber alemán, no solo para integrarse, y poder disfrutar de todas las oportunidades que ofrece el país y, naturalmente, para poder relacionarse con los aborígenes y entregarse a la tarea apasionante de descubrir cómo son y cogerles el tranquillo sino también, por qué no, para que ellos nos descubran a nosotros.

Hemos estado hablando de la proverbial simpatía de los camareros vieneses, a cuenta de la muchacha que nos ha servido, casi perdonándonos la vida (la pobre muchacha tendría un mal día, o le dolería un juanete o algo; para no buscarle problemas, no diremos el sitio en el que hemos estado sentados, que luego el mundo es un pañuelo).

Hemos hablado de la obsesión austriaca por los títulos (universitarios) y de las razones históricas para que esto sea así y hemos hablado de lo difícil que resulta entrar en esa rueda del te invito, me invitas (a tu casa) sin la cual es bastante complicado hacer amigos en este país.

Durante toda la conversación, en los ojos de mis interlocutores no solo brillaba la curiosidad, sino también esa actitud vital, que distingue a las personas auténticamente inteligentes, de tratar de buscarle el lado bueno a todas las experiencias de la vida.

Como decía mi nuevo amigo el físico:

-No te estreses, esto es como un juego.

Ese es el espíritu.

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