Aviso para navegantes

 

Los lectores de VD me escriben contándome historias que ellos quisieran que se sepan, para advertencia de otros.

6 de Diciembre.- Los cuentos infantiles muestran siempre que el ansia desmedida de conocimiento provoca el fallecimiento del felino por muerte violenta.

O sea : que la curiosidad mató al gato.

Sucede sin embargo que hay personas en el mundo, como la que está escribiendo este texto, las cuales, a pesar de ser conscientes de esta regla universal, no se avienen a seguirla y, por incapacidad para decir que no o simplemente por tirar del hilo para ver a dónde les lleva, se meten a veces en jardines.

En todas las cenas de navidad de mi familia sale ese día en el que, siendo mocito, iba yo paseando por el Paseo del Prado de Madrid y se me acercó un piernas que se ofreció a limpiarme los zapatos. Tanto insistió el tipo que al final no me pude negar. Me sentó en un banco frente a la estatua de Velazquez y me lustró los zapatos durante veinte minutos, durante los cuales yo no sabía en dónde meterme (siempre me ha parecido muy humillante que hicieran otros lo que yo puedo hacer por mí mismo).

Al final, el piernas, estamos hablando de los noventa del siglo pasado, me pidió cincomil pesetas (30 euros) por la faena. Suerte que los que somos curiosos también somos gente con reflejos. En vista de que el tipo me había tomado por panoli, yo decidí exagerar y le dije que no llevaba dinero encima (mentira) pero que si quería, había comprado ocho pilas muy nuevas que estaban todavía en su paquete original, que yo se las daba. El tío se revolvió y yo insistí en lo de las pilas. Como vio que no me iba a poder sacar dinero, se quedó con las pilas, que supongo que vendería por ahí.

Cuando uno es un emigrante en un país extranjero el potencial de que le pasen cosas raras sube exponencialmente. Un corresponsal que, como entenderán mis lectores, prefiere que no se diga su nombre, me escribió ayer rogándome que contara una cosa para aviso de otros que pudieran estar en su misma situación. Mi amigo lleva poco tiempo en Austria y nació en la bonita localidad de Lima, la ciudad del Viejo Puente y La Alameda en donde a la Flor de la Canela le sucedían tantas cosas simultáneamente.

Un día, en un tranvía de esta bonita capital, le habló un menudo y casi anciano caballero aborígen y le preguntó que si era latinoamericano. Mi anónimo corresponsal dijo que sí, para saber que el austriaco era un enamorado de la cultura latina y sobre todo de nuestro idioma, del que demostró tener un gran conocimiento. Con la humildad propia de los aborígenes, el caballero del tranvía se puso a explicarle que, a pesar de su pasión por el idioma de Cervantes y de Celia Cruz, aún no se sentía seguro en ciertos ámbitos, y que deseaba practicar.

El caballero era sumamente amable (tirando a empalagosillo, dirían algunos) y mi corresponsal no supo negarse sin resultar maleducado. Ufano, resplandeciente, el viejecito le ofreció invitar a su nuevo amigo a un café. Mi corresponsal no se negó tampoco. Qué no lo hiciera. Se sentaron los dos y entonces el austriaco le contó al peruano la historia de su vida. Que si había visitado Latinoamérica tantas y tantas veces, que si la gastronomía, que si la cultura, que si pitos, que si flautas y que si Chabuca Granda. Mi amigo, sonreía ( !Ay, las fatigas que tenemos que pasar la gente amable !) oliéndose sin embargo que aquella conversación tenía que ir a algún sitio. No tardó en saber a dónde. El menudo caballero aborigen se puso de pronto a lamentarse del descreimiento de las nuevas generaciones, que habían olvidado al Dios de sus padres, y mi amigo cometió el error de contarle que él era creyente. El aborigen entonces sacó de un bolsillo un folleto y se puso la rajar a propósito de Dios padre y de Jesucristo. Mi amigo, queda dicho, no tiene nada en contra ni de Dios padre, faltaría más, ni de su hijo, pero creyó oportuno advertirle que los temas religiosos le parecían una cosa muy personal y, en todo caso, nada apropiada para un intercambio de idiomas.

El caballero austriaco cedió y siguió la conversación por otros derroteros.

Tuvo lugar una segunda cita, a la cual se trajo refuerzos (los pelmazos, como los guardias civiles, siempre vienen por parejas).

Esta vez los dos caballeros religiosos empezaron sin más miramientos ni mayores preámbulos a recordarle al peruano que su alma era un bien precioso que podría estropearse si no tomaba determinadas precauciones, por ejemplo, si no cortaba las relaciones sexuales con su novia hasta que se casaran como Dios manda. Esto, a mi amigo le pareció totalmente inaudito (reconocerán mis lectores que como tema de conversación para un tandem se las trae). Mucho aguantó el hombre, porque también aguantó la lectura y comentario subsiguiente de varios folletos a propósito de la Biblia y del Juicio Final, hasta que llegó un momento (la primera oportunidad en la que pudo meter baza) en que les pidió a aquellos caballeros que dejasen el temita de la religión, porque se estaba sintiendo muy incómodo. Los caballeros, inasequibles al desaliento, no cejaron y mi amigo se levantó y se fue, pretextando una cita inaplazable con el médico de la próstata.

Razonaba mi anónimo corresponsal en su mensaje que probablemente habría muchos tipos de estos a la caza de pobres personas recién llegadas, para lavarles el cerebro aprovechando que, fuera de su país, de su familia y de su gente, estaban en una situación vulnerable. No le movía ningún sentimiento antirreligioso -me lo repitió a lo largo de su mensaje varias veces- sino que le daba coraje que se aprovechasen de la gente cuando no estaba en condiciones de tomar decisiones de forma fría y objetiva. Como advertencia para quienes puedan sufrir el asalto de pelmas como estos lo dejo, como él me dijo.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

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