Toque de queda

Tatuaje carcelarioEs fácil llevar hacia la oscuridad a aquellos que ni pueden defenderse ni quizá tengan a quien les defienda.

17 de Diciembre.- Cuando yo era niño empezó a gestarse en España un cambio en las costumbres que fue liberando a la gente de ciertos lastres. Particularmente de aquellos que suponían ciertas hipocresías en lo referente a la sexualidad. Eran unos prejuicios muy ligados a la religión, pero sobre todo eran unos prejuicios muy unidos a la clase social de los afectados (particularmente, de las afectadas). Las pobres tenían que estar todo el santo día preocupadas por el qué dirán; en cambio las ricas gozaban de una libertad que las protegía de consecuencias (embarazos, por ejemplo), porque papá tenía dinero para el oportuno billete a Londres en donde se deshacía en un fin de semana lo que la inconsciencia, el amor o la inconveniencia social y económica había hecho.

Recuerdo perfectamente que, siendo yo bien pequeño y, por supuesto, inocentísimo a propósito de las consecuencias prácticas de aquellas conversaciones, ya me parecía totalmente absurdo el doble rasero con el que se medía a los hombres y a las mujeres. No lo entendía y sigo sin entenderlo en aquellos campos en los que todavía se practica. Una conversación se me ha quedado grabada. Tendría yo ocho o nueve años y mi madre hablaba con una vecina -utilizando las cautelas que aconseja la presencia de niños- intentando levantarle el ánimo. La vecina estaba muy preocupada porque su hija mayor -entonces una jovencita, hoy una señora que tendrá la edad que su madre tenía entonces- quería irse de vacaciones a la playa con su novio.

A la vecina aquello no le gustaba y mi madre trataba de hacerle ver una verdad muy evidente, por el medio de preguntarle si pensaba que su hija, cuando se encontraba con su novio y ella no estaba presente, se dedicaba a jugar al parchís.

Que si quería „delinquir“ (ni mi madre ni su vecina utilizaban estas palabras, claro, pero estaba claro que si la hija de mi vecina se acostaba con su novio estaba haciendo, a los ojos de su madre, algo equiparable) que si quería „delinquir“, decía, lo mismo podía echar un coito a las cuatro de la tarde que a las diez de la mañana y que no hacía falta (gracias a Dios, en bien de la continuidad de la especie) que llegase la noche o que se fuera a ningún hotel.

En otro contexto distinto, no he tenido más remedio que acordarme de esta historia.

Como supongo que mis lectores saben, Johann Gudenus es el portavoz del grupo parlamentario ultraderechista en Austria y pasa por ser el hijo bienamado de Heinz Christian Strache, en el que él deposita todas sus complacencias. Probablemente, Johann Gudenus le cae simpático a Strache y a un grupo muy reducido de gente, entre la que se incluye su novia (se sabe que tiene una). No será porque le falten prendas personales. O sea, que es un hombre guapo, inteligente y cultivado. No le faltan, ya digo. Pero sus actuaciones y las declaraciones que hace parecen escritas por un guionista de la Marvel especializado en malvados.

Pues bien: Gudenus es un caballero que no esconde para nada que los extranjeros le gustamos tirando a poco. Su bestia negra son los demandantes de asilo y aquellos que habíendolo conseguido viven en Austria legalmente. Dado que no puede evitar que existan. O sea, que haya personas que intenten refugiarse en Austria de las calamidades que asolan sus países, Gudenus no cesa de maquinar medidas sencillamente humillantes de innegable tufo racista que intentan a) convencer a la gente de que los refugiados son todos gente mala y por lo tanto que la gente les vea como a bultos sospechosos -a ellos y a todos nosotros, los extranjeros- y b) humillar a esa pobre gente, muchas veces de manera gratuita, aplicándoles medidas como aquellas de las que hablábamos el otro día, en el centro para jóvenes en donde unos pobres vivían encerrados sin haber hecho nada, con alambres de espino y guardias.

La última idea de Gudenus es la de instaurar una especie de „toque de queda“ en los centros para refugiados, de manera que no pudieran salir a la calle (a cometer fechorías, se sobreentiende) entre las diez de la noche y las seis de la mañana. Nótese la astucia de asociar a esta gente con las horas nocturnas (del mismo modo que, en el inconsciente de mi vecina, se asociaba el sexo clandestino con la oscuridad, momento en el que las personas decentes duermen todas en sus casas). Como si no se pudiera delinquir a las cuatro de la tarde, por ejemplo.

Cuando Gudenus lanzó el globo sonda, los compañeros de coalición, o sea, los del partido cortico, dijeron la verdad o sea, que con la ley en la mano, era irrealizable encerrar a unas personas que no habían hecho nada durante unas horas al día, aunque estas horas fueran las de la noche.

De una semana aquí, coincidiendo con las entrevistas recapitulatorias del primer año de Gobierno de la coalición derechista-ultraderechista, el canciller ha sido preguntado numerosas veces al respecto y su respuesta siempre ha sido esta.

Poco a poco, sin embargo, la doctrina oficial del Gobierno austriaco a este respecto parece estar cambiando y, según parece, el Ministerio del Interior, también en manos ultraderechistas, estaría diseñando un reglamento para instaurar en los alojamientos para refugiados de un régimen parecido „al de los cuarteles“ o „al de los establecimientos para curas“ (balnearios, nada que ver con las sotanas) de manera que los refugiados no pudieran salir entre las diez de la noche y las seis de la mañana.

¿Llegará a entrar en vigor el reglamento? Pues no se sabe. Considerando la seguridad en la que el Gobierno vive ( altas cotas de popularidad, nulo desgaste político) quizá se den el gustazo de acometer esta cuestión. Total: los refugiados no pueden defenderse de tropelías como esta y quien pudiera defenderles, probablemente no lo hará.

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¿Conseguirá Lucila salvar a su novio, el capitán Bartolomé? ¿Es de confianza la amiga a la que decide abrir su corazón. Hoy, gratis total, los capítulos 5 y 6 de “Los Duendes de la Camarilla” de Benito Pérez Galdós (la anterior entrega, aquí)

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Un comentario a Toque de queda

  1. Anselmo dice:

    A mi, no me parece tan terrible que presuntos refugiados que estén disfrutando de la protección y siendo mantenidos por el estado austriaco, tengan restringidas sus salidas nocturnas. Se trata de una medida que previene que estas personas en situación de vulnerabilidad entren en contacto con ambientes poco recomendables y que evita que se les pueda atribuir crímenes cometidos durante la noche.

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