El médico del odio

El Gobierno de EPR está preparándose para atajar, de una vez por todas, el odio en internet. Y con una ley, además.

3 de Enero.- Cuando yo era chaval tenía un amigo que tenía un vocabulario que consistía, fundamentalmente, en la conjugación del verbo Petar. Lo peta, me peta, está que peta, petada/petado, etcétera. Al final, petar (y sus variantes) no significaba nada, o significaba muy poco.

En general, esto sucede mucho con las palabras que se utilizan demasiado. O sea, que al final terminan por no querer decir nada. A todos se nos ocurren ejemplos.

Uno muy claro es fascista ¿Qué es fascista? En su sentido más puro, el de los años treinta, fascistas fascistas, lo que se dice fascistas de verdad, deben de quedar cuatro (por suerte). El resto son…Bueno, otra cosa.

Últimamente, está muy devaluado también ultraderecha, palabra que se está convirtiendo en un término sumamente gaseoso, desde el momento en el que muchos rasgos ideológicos de la ultraderecha (el nacionalismo, el fundamentalismo religioso, el machismo, el racismo, la xenofobia) se están convirtiendo en moneda ideológica de curso corriente hasta el punto de que hay gente que dice según qué cosas y cuando se lo repruebas te dicen que eres demasiado „políticamente correcto“ (o educado, que es como se nos llamaba antiguamente).

Esto tiene dos consecuencias muy claras. La primera, es que el término, como decía, se desgasta y pierde su poder descriptivo, incluso su impacto emocional. Es lógico.Si todo es ultraderecha, o todo puede ser descrito como ultraderecha (aunque mucho sea, por supuesto, ultraderecha) resulta que, entre nuestros seres queridos, puede ser que haya un ultraderechista y claro, está feo sospechar de una persona que sea, por ejemplo, amiga nuestra, que pueda querer tener algo que ver con ideologías apestosas como la ultraderechista (aunque tú trust the virgin and don´t run, que fíjate lo que les pasó en Alemania); por otro lado, también sucede que, si se abusa del término, este pierde lo que tiene también de herramienta para poner en la picota a quienes profesen de verdad ideologías de ultraderecha, de manera que muchos han llegado a la conclusión de que ser ultraderechista viene a ser una especie como hablar con ese cuñado pesado que todos hemos tenido que sobrellevar en las fiestas familiares. Total, es machista, es homófobo, es racista, es un bocachanclas y un cansavacas que no ha leido un libro en toda su vida, pero bueno, es que mi hermana Pilar la pobre ha tenido muy mala suerte con los hombres y claro, al final, si le quitas toda la mierda que tiene entre los parietales pues Yago es inofensivo.

Aunque todos sabemos que no. Que lo podamos vender como queramos, pero que el tipo en cuestión es una gentuza que a la que tenga la mínima oportunidad manifestará su auténtica manera de ser.

Otra de las palabras que, a fuerza de ser usada, ha perdido un poco de significado es odio. Quizá porque estamos rodeados de él, por ejemplo, en internet, y se ha convertido en un aire viciado que respiramos como si no hubiéramos respirado nunca otra cosa. A mí, quizá por eso, me cuesta delimitar qué sea el odio, el llamado „discurso del odio“. De verdad que me cuesta deslindarlo del insulto zafio de toda la vida, o a lo mejor, de la mera descalificación.

Todo esto viene a cuento porque el Gobierno de Esta Pequeña República está elaborando una ley para tratar de atajar „el odio“ en internet.

Tratándose del Gobierno de que se trata, la verdad es que un objetivo tan sano a uno no deja de provocarle cierta inquietud, porque la delimitación de qué sea odio o qué no lo sea no deja de ser un tema bastante delicado, porque compromete pilares fundamentales de la democracia tal como hoy la conocemos, como la libertad de expresión o de cátedra.

Parece ser que el Gobierno planea, primero, que todas las tarjetas SIM de los teléfonos móviles deban registrarse con nombres y apellidos, de manera que, si se utiliza una tarjeta SIM para, por ejemplo, verter un comentario racista en Facebook, se pueda saber desde qué teléfono se ha hecho y, por lo mismo, proceder contra el culpable (o, por lo menos, contra el dueño del aparato).

También se pretende que todos los registros en según qué plataformas (redes sociales, por ejemplo) deban ser con nombre real y número de teléfono (por lo mismo). También, parece ser -aunque no se sabe- que se va a responsabilizar a las plataformas de los comentarios de odio que se viertan en las páginas y a borrarlos en menos de 24 horas, so pena de incurrir en castigos dinerarios que, en Alemania, donde ya se aplica la ley, pueden ser muy dolorosos.

Esto ha provocado que, de manera preventiva, haya muchas plataformas que bloqueen contenidos perfectamente legales por medio a ser acusadas de promover discursos de odio que nadie sabe muy bien qué son (aunque, cuando todos tenemos uno delante, no tengamos ningún problema en reconocerlo).

Los críticos con este marco legal afirman, naturalmente, que si no se tiene cuidado con la definición del odio o se es demasiado restrictivo repartiendo galletas, puede pasar que resurjan formas insidiosas de censura.

En fin: tratándose del Gobierno de que se trata no creo que haya peligro ¿Verdad?

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2 Responses to El médico del odio

  1. Anselmo dice:

    Por lo que tengo entendido, en España desde hace unos diez años es preceptivo el identificarse con el DNI al contratar cualquier tarjeta o línea de telefonía móvil y existe la figura penal del delito de incitación al odio. Me llama la atención que los austriacos vayan tan desfasados.

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