El cordón de mi corpiño

Desde la experiencia austriaca, observar a España desde la lejanía centroeuropea no deja de ser interesante.

5 de Enero.- Hasta hace muy poco, o sea hasta hace un mes, los politólogos de toda Europa miraban hacia el sur, hacia España, y se rascaban la coronilla con incomprensión. Sucedía que no entendían que en un país como el mío, con una crisis económica que había sido brutal (y cuyas huellas permanecen) y enfrentado a retos que, en cierto modo -es tradicional- lo convertían en una especie de laboratorio, en pequeño, de la Unión Europea, no hubiera surgido todavía un partido extremista situado a la derecha de la derecha más o menos homologable con la democracia cristiana de los demás países europeos.

En gran parte, esto se explicaba diciendo que el recuerdo del franquismo seguía aún muy vivo en la sociedad española y que, en cierto modo, los restos de la dictadura se habían integrado suficientemente bien en la derecha tradicional. Se decía también que la sociedad española se encontraba (y se encuentra) entre las más tolerantes del mundo en aquellos aspectos que, en otros países, como Austria, constituyen fuentes de tensión que violentan a las partes más conservadoras del cuerpo social. Por ejemplo, España es pionera, con el aplauso de la mayoría de sus habitantes, en la protección de los derechos del colectivo LGTB. Asimismo, España es un país, por lo general, muy feminista (naturalmente, nos queda por aprender, pero si comparamos con los valores estándar austriacos, estamos a años luz -por delante-). Por otro lado, en España, los valores defendidos por la Iglesia Católica -particularmente en lo referente a la moral sexual- hace muchísimos años que no son mayoritarios (para muchas cosas, por suerte) y nadie discute, por ejemplo, que las relaciones (sexuales) prematrimoniales no solo son algo sanísimo sino que, sin duda, constituyen un elemento fundamental para considerar si la persona con la que uno va a compartir la hipoteca es la indicada o no.

Sin embargo, sucede que las reivindicaciones de colectivos que, antaño, eran considerados por la sociedad mainstream como ciudadanos de segunda, unidas al imparable avance tecnológico, que está condenando a mucha gente a los márgenes del mercado laboral (y que va a seguir condenándoles, porque la tecnología abarata los costes laborales, cosa que por supuesto le viene fenomenal a las élites económicas) y el envejecimiento de la población europea, con todo lo que ello implica en términos de menos flexibilidad, menos vitalidad y, sobre todo, menos disposición a aceptar las novedades y, a nivel mundial, el ocaso imparable de los Estados Unidos como potencia y la emergencia, imparable también, de China, están haciendo que aumente la presión sobre el viejo orden de la Pax Americana que, el año pasado cumplió su centenario.

Hace un mes, un partido ultraderechista hasta ahora marginal de ideario, digámoslo ya, que pone los pelos de punta y, digámoslo ya también, en abierta contradicción con el espíritu de tolerancia que preside a la mayoría de la sociedad española, irrumpió con una pequeña (pero ruidosa) fracción en el parlamento regional andaluz y todo indica que en las elecciones inminentes (nadie tiene mucha fe en que el Gobierno español vaya a terminar este año que acaba de empezar) obtendrán una representación parlamentaria más o menos parecida al partido, surgido también de la crisis, que se encuentra a la izquierda de la izquierda socialdemócrata homologable a la del resto de los países europeos y que se encuentra en retirada, debido, principalmente, a que la mayoría de sus reivindicaciones han sido ya asumidas como evidentes por el resto de las fuerzas -incluidas las conservadoras-.

Naturalmente, lo que podríamos llamar „el sistema“, observa con preocupación el resurgimiento en España de una ideología tradicionalmente asociada en la Historia de España con el fundamentalismo religioso, con el nacionalismo (en su versión menos elevada, incluso con el patrioterismo) y, naturalmente, con la alergia al proyecto Europeo y lo que representa en tanto que defensa de valores laicos y cosmopolitas. En una palabra con la „ira“ que en la vieja canción se oponía a la „libertad“. Se habla incluso de tender un „cordón sanitario“ o sea, de aislar a la pequeña fracción del parlamento andaluz y, más tarde, en el parlamento nacional.

Desde el conocimiento de la experiencia de Austria en la última década, resulta muy curioso observar la evolución de los acontecimientos, porque también aquí, después del primer gobierno de la derecha con la ultraderecha, a principios de este siglo, el resto de las fuerzas políticas tendieron un cordón sanitario alrededor de lo que, entonces, eran dos partidos, el FPÖ dirigido por el hoy vicecanciller y el BZÖ que, como estaba cantado, murió en cuanto murió el hombre que lo había convertido en su instrumento primordial: Jörg Haider.

El hecho es que el cordón sanitario no sirivió de nada, porque la base social de la ultraderecha austriaca estaba ahí. Es más: visto desde hoy, para lo único que sirvió el aislamiento por parte de todos los demás partidos fue para darle munición a la ultraderecha, permitiéndole un cómodo papel ora de víctima del perverso stablishment, ora de aireador de los cuartos polvorientos de una burocracia asentada en el poder. Por supuesto, la ultraderecha austriaca, como la española, recibió ayuda externa (de Rusia, por ejemplo), que le permitió perfeccionar su maquinaria de propaganda, que es la maquinaria que, naturalmente, uno tiene que tener más engrasada cuando tiene una mercancía ideológica que vender que sabe ingrata, amarga e inaceptable por cualquier persona con un poco de sentido común. Una maquinaria propagandística que produzca contenidos dirigidos al sentimiento, cosas con alto contenido en glucosa que se incorporen rápidamente al torrente sanguíneo y que lleguen rápidamente al cerebro (por utilizar un símil fisiológico), soluciones fáciles y redondas -si bien falsas, porque la vida ni es fácil, ni es redonda-.

Personalmente, soy pesimista y pienso que los cordones no valen de nada. Es más: son contraproducentes. La única solución -la mejor, en cualquier caso- es educar a la gente en la tolerancia, en la equidad, en el pensamiento crítico, ampliar la base de la gente que lee periódicos y contrasta sus ideas, alfabetizar digitalmente a los jóvenes (y, sobre todo, a los adultos). Sin eso, en una década, España se parecerá más a España de lo que nos gustaría.

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Un comentario a El cordón de mi corpiño

  1. Anselmo dice:

    Hay pocas de las apreciaciones que expones en tu artículo que no me parezcan equivocadas, de modo que en aras de, en aras de mejorar nuestra percepción de la realidad mediante el contraste de argumentos, me parece necesario el detallar las cuestiones en que discrepo:

    El colectivo LGTB, no tiene derechos ni tampoco obligaciones. Las personas, físicas o jurídicas, si.

    Vox no es intolerante. Pero tampoco tiene que ser tolerante, si por tolerancia se entiende desprecio e indeferencia a lo que hagan los otros. ¿En qué puntos de su programa electoral, se manifiesta esa intolerancia?

    Vox tampoco es ultraderecha, ya que carece de programa social. Según Verstrynge ni siquiera es de extrema derecha, es populista de derechas.

    El triunfo de Vox, hay que enmarcarlo en la derrota, no definitiva aún , del globalismo. Dentro de la lucha entre las élites economicas globalistas (Rockefeller, propietarios(impresores) de la Fed, banqueros) y los antiglobalistas (Rostchild que son cambistas de divisas, BRICS, industrialistas y nobleza centro europea).

    Los periódicos en papel,propiedad de grandes grupos capitalistas, sólo contienen noticias falsas y propaganda de lo más burdo. Últimamente debo reconocer una mejoría en el Pais, ya que al menos los titulares de su primera página no presentan incorrecciones gramaticales y manejo impropio o torticero de vocablos. Ello puede guardar relación con el hecho de que Cebrian, antiguo jefe de prensa del movimiento y miembro permanente del grupo Bilderberg, ha dejado de ser su director.

    Si nuestros políticos se han distinguido por la rapacidad y la desvergüenza en el saqueo de la riqueza del país. La prensa lo ha sido por la complicidad servil conque lo han encubierto.

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