I am not from Austria (pero me gusta igual)

Un día, Reinhard Fendrich quiso decirle a su país aquello de „te estoy amando locamenti“ y le salió un himno precioso que, a algunos, hasta nos hace llorar (también sobrios).

6 de Enero.- Ayer estuve en el teatro, viendo I am From Austria, un musical hecho con canciones del cantautor Reinhard Fendrich. Fendrich, por cierto, como muchos señores centroeuropeos de su edad (tiene sesenta y cuatro) pasa largas temporadas en Mallorca, en donde entretiene al personal con sus grandes éxitos que, por supuesto, todo el mundo conoce.

El musical está montado con notable gusto, la gente se entretiene y se divierte y, naturalmente, disfruta de las canciones de Fendrich a las que, para la ocasión, se les ha lavado la cara con arreglos orquestales nuevos. Esto y una puesta en escena eficaz, convierten I am From Austria en el regalo perfecto -como fue mi caso, que recibí las entradas por navidad-.

Ayer, viendo la obra y escuchando las canciones (lo cierto es que, fuera de la canción que da título al musical, y de la que hablaré más adelante, yo nunca me había ocupado demasiado de Fendrich) me di cuenta de que es un compositor con muchas cualidades, la mayor de las cuales, en mi opinión, es que las canciones de amor le salen muy bien. Y le salen muy bien porque Fendrich es capaz de expresar el sentimiento sin ninguna cursilería. Incluso, en muchos momentos, con un punto de humor negro que sin duda es lo que más apreciamos los extranjeros del carácter austriaco.

Otra de las cualidades de Fendrich es que es un poeta genuinamente popular, en el buen sentido de la palabra popular. O sea, del pueblo. Y que es muy apañao. O sea, Fendrich coge el vocabulario de una persona media, que viene a ser de unas tresmil palabras, y de esas tresmil palabras saca oro puro, en metáforas que están llenas de personalidad.

Como cantautor, Fendrich tuvo su época dorada antes del cambio de siglo y sus grandes éxitos coinciden con los noventa, antes de que, según se rumoreó, intentara ayudar a las musas abusando de los polvillos blancos de la risa. Pasado este trance, Fendrich, queda dicho, se dedica a disfrutar de una madurez de señor que vive de los royaltis y se tuesta al sol.

Mi canción favorita de Fendrich, entre las muchas que ha compuesto, es I am From Austria, que da título al musical y que, como sucede, por ejemplo, con Suspiros de España (esa maravilla nunca suficientemente valorada) se ha convertido en una especie de himno oficioso de Esta Pequeña República, desbancando en muchos corazones al oficial. En determinados contextos, yo escucho I am from Austria y no puedo evitar llorar de emoción, cosa que siempre es motivo de un poco de cachondeo por parte de mis conciudadanos transalpinos (pero como la gente lleva riéndose de mí por tener la lágrima fácil desde que soy chiquillo, la verdad es que me la toca, francamente).

La canción salió en 1989, plena época dorada del Austropop, y según Fendrich contó, se debió de escribir algún tiempo antes, alrededor del momento en que estalló el affaire Waldheim.

(Para aquellos de mis lectores que llegaron a esta fiesta un poco más tarde: Kurt Waldheim, que fue presidente de la República y Secretario General de la ONU, era un hombre, como descubrieron los periodistas, con un pasado en la Wehrmacht, el ejército nazi, durante la invasión de Grecia -que a los griegos, por cierto, les hizo cero „grecia“ y que constituye uno de los capítulos más negros de la guerra mundial; Waldheim nunca pudo explicar su participación en los acontecimientos que se le imputaban y de resultas de ello, se montó un escándalo internacional que resucitó de rebote el pasado nazi de muchas personalidades austriacas y del mismo país).

Fendrich es un patriota (por sus declaraciones y por el propio texto de la canción) en el sentido más noble del término. Y según sus propias declaraciones, le dolía que su país se viera mezclado en estas historias nazis y que la reputación de la mayoría de sus habitantes, gentes de bien, se viera manchada por estas acusaciones. Así que compuso I am From Austria, en cuyo texto está todo el cariño y la ternura que uno puede sentir por lo que más ama (como a mí me pasa con mi tierra de adopción).

Quizá el éxito de I am From Austria se base en que, como pasa con todas las canciones de amor de Fendrich, es tierna, pero no es cursi, que es un ten con ten muy difícil de conseguir.

Por cierto, y ya para terminar, I am From Austria es también un poco el Te Estoy amando Locamente de Las Grecas, de aquí. O sea, que es una canción que también se presta a esa etapa de la ingesta alcohólica que podría denominarse „exaltación de la amistad“ (!Cómo te quiero, tío! !No, yo a ti más! Etcétera). Y sín más, la canción famosa.

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Un comentario a I am not from Austria (pero me gusta igual)

  1. Anselmo dice:

    La canción es en efecto un poco empalagosa pero la letra tiene fuerza gracias al patriotismo algo sensiblero que la inspira. En caso de que la alusión a las ratas se refiera a los nazis, ello constituiría una evidencia de la tara moral que la derrota del Tercer Reich ha supuesto para el pueblo austriaco: El miedo por que el amor a la patria se confunda con una manifestación de ultraderechismo, y la necesidad de olvidar el júbilo con que una parte no pequeña del pueblo austriaco saludó al Anchluss.

    Es normal que exista remordimiento de conciencia por las matanzas cometidas contra determinados grupos étnicos, con ese metódico y frío desprecio tan inhumano que a los hispanos nos resulta tan incomprensible.

    En efecto, resulta revelador que en la ONU hayan tenido a un presunto genocida como presidente. Y, como españoles, al menos tenemos el consuelo y el orgullo, de que gracias a las gestiones de un diplomático italiano y otro español, se pudieron librar de la deportación y de la muerte unos pocos cientos de las decenas de miles de judíos sefardies que, según se teme el Sr. Waldheim contribuyó a deportar a la muerte.

    Por otro lado, no hay que olvidar a un tal Otto Sorkzeny, nazi ferviente austriaco, heroico autor de hazañas sobrehumanas considerado por el historiador Andrei Fursov como una figura histórica de primer orden.

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