Más vienamitas

Viena, esta ciudad que a todos nos encanta, está al pelo de un calvo de romper una marca muy importante. Veamos cuál es y lo que significa.

13 de Enero.- Suele decirse (y con razón) que Viena no ha recuperado todavía el número de habitantes que tenía antes de la primera guerra mundial, aunque, como veremos en el artículo de hoy, vamos en camino.

En 1910, habitaban en esta bonita capital que el Danubio riega con sus plácidas aguas 2,1 millones de personas (llegaron a ser 2,35 durante la contienda, porque hubo un gran número de refugiados procedentes de otras partes del Imperio).

Este número se redujo a 1,6 después de la segunda guerra mundial (cifra de 1950) y durante la segunda mitad del siglo pasado y un poco de lo que llevamos de este, la población de la capital de Austria se mantuvo más o menos constante -cuando yo llegué, por ejemplo, en 2005, era de 1,7 millones de personas-.

Sin embargo, en estos últimos diez años cada vez somos más gente en Viena y hoy se ha sabido que Viena alcanzó por muy poco, durante 2018, la cifra de 1,9 de habitantes, de manera que en 2027, según las proyecciones estadísticas del Instituto austriaco de estadística, seremos 2 millones redondos los que nos „froyaremos“ muchísimo de vivir en la ciudad con más calidad de vida del planeta.

Digo que alcanzó la cifra „por muy poco“ porque el día 31 de diciembre éramos 1.999.880 vienamitas (vienamita arriba, vienamita abajo) aunque parece ser que, en lo que llevamos de año, esas 120 personas que faltaban ya se han mudado.

Durante el año pasado la población de Viena creció en 11.000 personas (o sea, si hacemos la diferencia entre las altas, la gente que nació y la que se mudó y las bajas, los que se fueron a vivir a otros sitios o engrosaron la cifra de los que ven crecer las patatas desde abajo, según la salada expresión local).

Continuó la tendencia de crecimiento, pero algo menos que en años pasados.

Es aquí en donde tenemos que salir al encuentro de una polémica bastante dura que se ha desarrollado estos días entre el partido derécher y la organización Caritas, perteneciente a la Iglesia católica.

La ultraderecha ha acusado a Caritas, que es una organización sin ánimo de lucro, cuyas ganancias se reinvierten en proyectos sociales, de haber montado una „Industria del asilo“. Según la ultraderecha, la organización Caritas, mediante las buenas condiciones que les ofrece a los demandantes de asilo (en términos asistenciales) sería la responsable de un efecto llamada, por el cual habría cada vez más refugiados que, siempre según el partido derécher, estarían viviendo de la sopa boba. Todo ello por codicia.

También recordarán mis lectores que el señor canciller apuntó algo parecido en días pasados, reprochándole a la ciudad de Viena que redujese a la gente a la „dependencia“ y recordando que de los que perciben el seguro mínimo para la gente sin ingresos, la mitad son extranjeros. Según el señor canciller, esto se debe a que, en parte, hay un „turismo social“ de personas refugiadas que se mudan a Viena para poder vivir de gorra.

Ambas cosas, a la luz de los datos demográficos, son más que discutibles.

En 2015, en medio de la crisis de los refugiados, el número de los ídem residentes en Viena creció en 14.682 según datos de Statistik Austria (el crecimiento total de la población de Viena fue de algo más de cuarentamil personas) en tanto que este año, de los oncemil vieneses más que se han venido a vivir a la capital de EPR, tan solo dosmil han sido refugiados (o sea, personas nacidas en áreas de conflicto de oriente medio).

Por otro lado, cuando el señor canciller, habla de „extranjeros“ estaría muy bien que alguien le preguntase de qué extranjeros habla exactamente.

Naturalmente, su parroquia ve a señores más bien morenitos de la morería, sin embargo, si uno se pone a ver un poquito los números, se da cuenta de que los grupos de extranjeros más representados son los procedentes de la propia Europa (por cierto, el número de nuevos residentes españoles ha debido de ser de un par de decenas, porque ni aparece en la estadística).

Los campeones en crecimiento de su población han sido, tachán, los serbios. Casi dosmil más. Más o menos como los rumanos y los alemanes.

De la población de Viena y su composición se deduce también una cosa que yo digo siempre y es que, a pesar de vivir en un país democrático, la propia ciudad tiene, en mi opinión, un gran déficit en su democracia.

Y es que, señora, más de un tercio de los que vivimos aquí, contribuimos aquí al sostenimiento del Estado mediante nuestro trabajo y el pago de los impuestos correspondientes, tenemos nuestros derechos políticos gravemente limitados. Los ciudadanos comunitarios porque solo podemos votar a los representantes de barrio y los extracomunitarios porque se ven reducidos, en esto, al mero papel de espectadores. Lo cual está feo, convendrán mis lectores conmigo, porque son, como suele decirse, profesionales de la prostitución y encima ponen el lecho.

Esto es una situación que no es probable que se arregle a corto plazo -y más con la ola conservadora que se nos viene encima- pero que debería darnos que pensar en estos tiempos de Unión Europea (para unas cosas sí, para otras, tururú).

En fin.

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Un comentario a Más vienamitas

  1. Anselmo dice:

    Creo que a los austriacos hay que dejarles organizar su país como les parezca y no hay que olvidar que la inmigración descontrolada puede suponer una fuente de serios problemas (léase guerra civil) , tal como sucedió en Tejas con los inmigrantes estadounidenses, en Serbia con los inmigrantes albaneses y en Líbano con los refugiados palestinos.

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