Las personas del verbo

Hoy quisiera compartir una cosa con mis lectores que es muy íntima, para ver si a ellos también les ha pasado.

17 de Enero.- Por diferentes razones que sería largo e innecesario detallar aquí, he tenido ocasión durante estos días de hablar en castellano más de lo que suelo o, mejor dicho, con personas con las que, en otras circunstancias, no hablo en español. Ayer me di cuenta de que se ha producido un fenómeno curioso en mí, fenómeno que me gustaría saber si mis lectores han compartido conmigo o no.

El emperador Carlos, first of Spain y quinto del brandy, decía que una persona vale por tantas como idiomas habla. De alguna manera, todos los que somos más o menos “muchilíngües » hemos tenido un poco esa experiencia, que empieza en el momento mismo en el que aprendemos un idioma que no es el nuestro materno, ya que, insensiblemente, tendemos a imitar el acento de la persona que es nuestra maestra.

Estoy seguro de que, si hubiera un profesor Higgins capaz de hacerlo, alguien con el oido suficientemente educado podría leer en el inglés que hablo migas de Bill, aquel fotógrafo cockney que tenía una voz preciosa en inglés, muy parecida a la que tiene Harrison Ford en versión original, pero que hablaba castellano con una dicción imposible, uno de los mejores profesores de inglés que yo he tenido en mi vida pero, mejor, uno de los mejores profesores de vida que yo he tenido en inglés ; o de aquella plácida matrona australiana, hija de un jockey (era un gran contraste, ella tan oronda, y su padre presumiblemente tan chico) de la que también aprendí durante un curso. Si tuviera, además un superpoder, podría incluso escuchar el acento de Caracas de la primera maestra que tuve en el colegio, y que se llamaba Soraya. Una muchacha, por cierto, que hacía lo imposible, en aquel Madrid de los ochenta, para que no se le notase su acento propio, que era venezolanísimo, por otra parte.

En francés, nuestro cazador de acentos podría aún sospechar el de Don Luis el cual, mediante los terrores que nos causaba y que eran peculiares a su manera de que la letra nos entrase sin sangre, me llevó de la mano en mis primeros paseos por la lengua de Voltaire, de Sarkozy y de Simone Signoret (por cierto, que Don Luis fue el primer y único profesor que a mí me pegó en mi vida, una colleja que aún me duele, sobre todo por injusta). También podría escuchar el puntilloso francés de la catedrática Margarita del Campo, que quizás haya muerto ya y el de una loca, de la que no recuerdo el nombre, cuya idea del aprendizaje eficiente de una lengua era darnos listas eternas de vocabulario que, por supuesto, se nos olvidaban al día siguiente del examen.

Sin embargo, está claro que, con cada idioma, a uno le crece una psicología diferente. Es, de verdad, como si uno fuera otra persona. Cosa que puede ser realmente peligrosa. Yo me he dado cuenta de que para mí, más y más, el castellano es el idioma de la familia y que por eso mi cerebro, cuando hablo en el idioma en el que me parieron, cambia el chip y asume que todo el monte es orégano y me hace contar cosas muy íntimas. Quizá solo porque asume que, dada la facilidad en que hablo mi idioma materno todos los intelocutores que tengo en ese idioma, sin importar la procedencia, tienen que ser amigos o familiares. De forma y manera que, al contrario de lo que me pasa en los otros idiomas que hablo, o sea, inglés, francés y alemán, cuando termino una conversación en castellano siempre tengo la sensación de que he hablado de más. Una sensación como de una facilidad traidora para decir cosas que no quiero decir.

O a lo mejor, quién sabe, es que mis « yoes » inglés, francés y alemán, ven con cierta desconfianza a mi yo espaöol y su facilidad para revelar secretos.

Si alguno de mis lectores ha estado o está en la misma situación o ha tenido en algún momento una sensación parecida, estaría muy bien que me lo dijera, más que nada para no sentirme solo.

Hoy he tenido una experiencia estupenda: he estado sentado en el Vienna Latino Car Pool y he tenido una conversación muy agradable con Moi. Si nos quieres ver y de paso enterarse de algunas cosas interesantes (también sobre Viena Directo) no tienes más que pinchar aquí.

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Un comentario a Las personas del verbo

  1. Luis dice:

    Empecé a estudiar alemán para intentar sonar como Hanna Schygulla, pero desde luego no conseguí sonar como ella, ni siquiera aprender alemán.

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