Dos hombres y un destino

muñeco de jugador de fútbol americanoAyer, en Washington, se produjo una reunión fascinante. Dos personas que no han trabajado en su vida se sentaron un cuarto de hora a charlar.

21 de Febrero.- Cuando uno se encuentra en un lugar que ha visto muchas veces por la tele, uno no tiene más remedio que sentir una sensación de artificialidad, como si uno estuviera no en el sitio que tantas veces ha visto, sino en un decorado.

También sucede lo mismo con la gente que uno ha visto muchas veces por la televisión.

Yo me acuerdo de que la única vez que vi al Rey Juan Carlos y charlé con él fugazmente (hace ya tanto tiempo que parece que fue en otra vida) durante un momento tuve la sensación de estar en presencia de un doble, de un actor menos auténtico que la persona que cada navidad le deseaba a los españoles que fueran buenos, que cumplieran con la ley y que lucharan bravamente contra el terrorismo etarra.

Me pregunto qué pensaría ayer Sebastian Kurz cuando estuvo cara a cara con Donald Trump. Si le invadió esa misma perplejidad.

Probablemente, Sebastian Kurz encontró la Casa Blanca un poco chiquitilla (pasa siempre que uno va a un plató, que parece todo más pequeño que en la tele), quizá los muebles le parecieron viejos, ese tapizado amarillo de las tiendas de antigüedades, esas cortinas plisadas de brocado. Dado su bagaje cultural, igual pensó en las películas que veía de crío, como « Independence Day » (¿Mola o no mola estar en el mismo despacho desde el cual se ha salvado el mundo tantas veces ? Debió de pensar).

¿A qué olerá Donald Trump cuando uno esté cerca de él ? Yo me lo imagino oliendo a tabacazo y a esos perfumes fuertes, esas lociones de afeitado que se echan los hombres que quieren tapar el incipiente olor a anciano –sobre todo si han llevado y llevan una vida tan poco sana como la que debe de llevar Donald Trump-. El poder, en esas proporciones, debe de ser un pestazo tremendo a Barón Dandy o a Floyd.

Si uno se concentra, si acude a su banco de imágenes y sensaciones mental, puede imaginarse incluso el apretón de manos. La mano algo rasposa de Donald Trump, caliente y seca, los dedos como salchichas, el anular comprimido por la alianza matrimonial, todos algo fofos, la piel del dorso un si es no es correosa debido al abuso de rayos ultravioleta. Esa mano que ha estado encima de una mujer que va por el mundo haciéndose llamar « Tormentosilla » (Stormy) Daniels.

Qué cosas.

¿Y qué pensaría Donald Trump de Sebastian Kurz ? Probablemente le llamaría la atención el peculiar acento que tienen las personas germanoparlantes cuando hablan inglés. Esa incapacidad que tienen de hacer el sonido de la uve doble (en vez de decir « uíndou », todos los alemanes dicen algo así como « víndou », haciendo una uve labiodental muy suave). Quizá alguien le explicase que el muchacho que tenía delante era el primer ministro de un país centroeuropeo (Europa, where is that ? In the south of Mexico ?) bonito, pequeño pero de economía muy fuerte (son palabras de Sebastian Kurz, no mías). Probablemente la explicación no tendría mucha importancia para él, para Trump, porque en el mundo de Trump seguramente hay poca gente que merezca atención fuera del propio Trump.

Ni Donald Trump ni Sebastian Kurz son hombres de grandes honduras intelectuales (vamos, ni de honduras, ni de guatemalas ni siquiera de guyanas francesas). Así que una vez cubiertos los expedientes de cara al público, esa comedia que se desarrolla de cara a las cámaras o sea, esa escenificación convencional de las relaciones bilaterales que está tan codificada como los encuentros de los caballeros medievales, es probable (y deseable) que dejasen todos los asuntos de auténtica importancia a gente que de verdad sepa dónde está Austria, o que comprenda en profundidad las consecuencias que el proteccionismo aduanero de los EEUU tiene para la economía austriaca.

Por un lado, uno se queda más tranquilo (porque convendrán conmigo mis lectores que con Trump no se puede ir ni a la vuelta de la esquina a por cien gramos de jamón de York). Por otro, a ver quién controla a ese grupo de personas cuyo principal trabajo es controlar que el jefe haga el menor daño posible. Así, en general. Al mundo.

Antes de entrar, le preguntaron a Sebastian Kurz por la razón de reunirse con Donald Trump. La respuesta deja entrever un orgullito que da idea quizá de que Sebastian Kurz debe de tener un concepto de sí mismo un poquitín desproporcionado . Dijo (atención) :

-Hay que mantener el equilibrio entre el este y el oeste. Ya me he reunido tres veces con Putin, así que ya tocaba que me reuniese con Trump.

Para tener solo el título de bachillerato, no está mal, a que no ?

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Un comentario a Dos hombres y un destino

  1. Anselmo dice:

    Me temo que subestimas a Trump. Es un hecho que está haciendo lo posible por cargarse la globalizacion y, caso de que lo consiga, alguna capacidad habrá que reconocerle independientemente de que se esté a favor o en contra de esta.

    Tal mérito no sería atribuible a él en exclusiva, ni mucho menos. Aparte de su equipo tiene a sus controladores, al grupo al que debe la presidencia; un grupo de industriales estadounidenses que quieren relocalizar industrias.

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