Josef Meinrad, gran actor, mejor persona

El 18 de Febrero de 1996 falleció el actor austriaco más grande de su generación. El enorme, bondadosísimo y humanísimo Josef Meinrad.

En sus entretenidas memorias, el actor español Alfredo Landa (que en paz descanse) decía que, en el mundillo del teatro madrileño, la actriz argentina, de prodigiosos ojos claros, Analía Gadé, era conocida como „Anomalía Gadé“ porque en un gremio, el de los cómicos, tan dado a rajar mal del prójimo, no se había conocido a la persona que pudiera decir algo malo de ella. Pues bien: por lo que yo he podido saber, del personaje que llega hoy a los bits voladores de Viena Directo se podría haber dicho exactamente lo mismo.

El 18 de Febrero de 1996 -esta semana ha hecho, pues, veinte años- fallecía en Viena Josef Meinrad, del que se puede decir que, si bien era un actor de talento gigantesco, era toavía mejor tipo. Un caballero apacible, de vida morigerada y, que si dio que hablar alguna vez, fue por haberse comprado un Rolls Royce pagado, eso sí, con los emolumentos que le proporcionaban sus trabajos en las tablas y delante de las cámaras.

Peor quizá esto lo mencionaremos luego.

Josef Meinrad vino al mundo en Viena, al día siguiente de que su entonces convecino Adolf Hitler, entonces un muerto de hambre que se ganaba la vida vendiendo sin mucha convicción acuarelas a los turistas, cumpliese veinticuatro inútiles y baldíos años (o sea, el 21 de Abril de 1913).

Fue el hijo pequeño del matrimonio formado por el conductor de tranvías de ascendencia checa Franz Moucka y su señora, Katharina personas de extracción humilde pero, por lo que se puede colegir por la biografía de su hijo, de gran inteligencia, profunda fe religiosa y bondad.

Su hijo Josef, Peppi, el futuro actor, fue al colegio en Viena, y luego, en los arrechuchos y convulsiones de la primera república austriaca, cursó estudios medios en el Gymnasium o instituto de enseñanza secundaria de Wiener Neustadt, en donde se conoce que se le despertó la vocación religiosa. Sin embargo, no iba para cura -espinita que se sacó interpretando luego incluso a un papa- y, tras terminar sus estudios, Josef Meinrad empezó una formación en la rama del comercio, la cual compatibilizó con el trabajo en una tienda de pinturas y en una academia de arte dramático.

Tan sensato como Pedro Almodóvar, el cual no abandonó su puesto fijo en Telefónica hasta que la farándula le dio de comer, Josef Meinrad, a pesar de empezar pronto a trabajar en los escenarios (con 17 años hizo su debú en Korneuburg) continuó con sus estudios hasta que los terminó en 1935. En 1937 se graduó también se sacó el título de actor y, tras breves interludios en el Burgtheater, entre 1939 y 1944 lo mandaron a actuar al teatro de Metz -su antiguo convecino, devenido en monstruoso dictador de los alemanes tenía una auténtica obsesión por el teatro y el de Metz era un „Teatro del frente“ que entretenía a los soldados con obras ligeras).

Tras el fin de la Gran Guerra, Josef Meinrad volvió a casa y tan pronto como el 20 de Octubre de 1945, apenas seis meses desupués del fin de las hostilidades, en una ciudad que poco tenía que ver con la sofisticada capital que le vio nacer, Josef Meinrad volvió a someterse al siempre implacable juicio del público. En 1947 lo fichó el Burgtheater, como parte de su conocidísimo „Ensemble“ o compañía y, a partir de ahí, la carrera de Josef Meinrad no conoció sosiego ni su éxito tuvo nunca decadencia.

Entre 1947 y 1983, Josef Meinrad apareció en nada menos que 195 piezas teatrales. Todos los años estaba en los Festspiele de Bregenz y de Salzburgo y, naturalmente, prestó su bonhomía y su profundísima humanidad a personajes de televisión y en películas.

Mis lectores españoles más aficionados al cine conocerán a Josef Meinrad por el personaje que le dio fama mundial, el del capitán Böckl, el platónico, algo payasete, enamorado de la emperatriz Elisabeth, que interpretaba Romy Schneider en las películas de Sissi pero Josef Meinrad fue muchísimo, pero muchísimo más. Tanto más que, en 1959 Josef Meinrad heredó el anillo Iffland.

El anillo Iffland era el que llevaba, a principios del siglo XIX, el actor del mismo nombre, cuando estrenó el drama de Schiller „El ladrón“ y el actor más prestigioso de cada generación se lo lega testamentariamente al que considera que es el actor más importante de su generación (actualmente lo conserva Bruno Ganz, el Hitler de „El Hundimiento“).

Entre los hitos de su carrerra también se cuenta el haber sido un magistral Don Quijote en el Theater an der Wien, en el musical El Hombre de la Mancha. Una tarea titánica porque, a pesar de ser un gran actor, Meinrad no sabía cantar.

El 1983, Josef Meinrad apareció por última vez en el Burgtheater (tenía 70 años) en una obra llamada „Los insobornables“ con la también enorme Paula Wessely -perteneciente a la también prestigiosísima saga teatral de los Hörbiger– a partir de esa fecha, Meinrad fue retirándose poco a poco, apareciendo solo esporádicamente en películas y algunas obras, dedicado a su casa de Salzburgo y a su Rolls y a cuidar de su mujer, la francesa Germaine Renée Clement, con la que llevaba casado desde 1950.

Enemigo de los dicharachos de la fama, alérgico a los estrenos y a la vanidad, cuentan que su diversión favorita era pasear con el cura párroco del pueblo, que fue el depositario de sus confidencias hasta que le venció el cáncer en 1996.

Su mujer Germaine le sobrevivió siete años aún, y está enterrada junto a él.

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