Las apasionantes aventuras de Angelo Solimán

En el siglo dieciocho vivió en Viena un nigeriano guapo y listo, cualidades ambas por las que se le apreció mucho durante su apasionante vida.

18 de Marzo.- El mundo, a la altura del año 1721, estaba muchísimo más vacío que ahora.

Parece increible si uno lo piensa que, en esa mañana del planeta, en donde ya empezaban los primeros fermentos de la Ilustración, solo había funcionando por la Tierra alrededor de 680 millones de personas. En números redondos, y según estimaciones de la ONU, hoy vivimos en esta bola gorda de roca que cruza el Universo a velocidad de vértigo diez veces más gente. Diez.

En aquel mundo, mucho más vacío que el actual, en el noroeste de Nigeria, nació nuestro protagonista de hoy. Un hermoso niño cuyo primer nombre no sabemos (porque él mismo, probablemente, lo ignoraba) pero que fue el protagonista de una vida absolutamente fascinante.

Pertenecía al pueblo Kanuri, más concretamente a sus clases dirigentes (bueno: esto lo dijo él luego, así que cualquiera sabe).

El Noroeste de Nigeria, en 1721, año en el que empieza nuestra historia, debía de ser un sitio de esos en donde están todo el tiempo pasando cosas interesantes. Los Kanuri se enfrentaron un clan rival y perdieron. Nuestro niño, que debía de ser hermoso (de hecho, si los retratos que han quedado de él son fidedignos, debió de ser también un hombre bastante guapo) cayó en manos de los vencedores de la guerra. Naturalmente, lo redujeron a la esclavitud (digno naturalmente porque era lo usual, no porque estuviera bien, claro) y, llegado el momento, los dueños del niño se encontraron con un europeo, un mercader de esclavos de los muchos que había, el cual les cambió al chiquillo por un caballo.

Su nuevo amo le llamó André y rápidamente, puso a producir su nueva adquisición. Le dio trabajo como pastor de camellos.

Cuando André el cual, como se verá, no tardaría mucho en cambiar de nombre, tenía diez años, fue enviado por barco a Messina, en Italia.

Alrededor de esta época se pusieron de moda las figuras, que seguramente habrán visto mis lectores, de negros hermosos sosteniendo candelabros o mesas, y a alguien le pareció que sería divertido regalar al pequeño André, como si fuera un muñeco de carne, a alguien que pudiera apreciar el regalo. Esta persona se llamaba, según el interesado contaría después, Angelina, y era una marquesa. Fue ella la que se encargó de enseñar al crío a escribir y de darle la educación esmerada que, en el futuro, le sería tan útil. En agradecimiento, nuestro André se cambió el nombre a Angelo y le añadió un apellido que, como a Don Quijote, debió de parecerle „músico, sonoro y significativo“: Solimán.

El muchacho debía de llamar la atención, porque otro aristócrata, Georg Christian von Lobkowitz, no paró hasta que la marquesa Angelina le regaló a Angelo Solimán como ayuda de cámara, soldado y asistente de viaje. En una batalla, Solimán le salvó la vida a su señor y esto, como a Ben-Hur, le abrió las puertas del ascenso social.

A la muerte de Lobkowitz, Solimán, que a todo esto seguía siendo un esclavo -o sea, poco más que un electrodoméstico- pasó a ser propiedad del príncipe de Lichtenstein, bajo cuyo patronazgo pasó a ser una especie de mayordomo mayor que se codeaba con gente tan poderosa como el propio emperador, José II (ya saben mis lectores: el hijo de Maria Theresia, el jefe de Mozart).

No está nada mal para un pastor de camellos ¿Verdad?

Angelo Soliman.jpg
De Gottfried Haid based on an artwork by Johann Nepomuk Steiner – [1], Dominio público, Enlace

Sin embargo Angelo Solimán estaba a punto de tener un traspiés que a punto estuvo de truncar su carrera fulminante.

En 1768, o sea, cuando tenía cuarenta y siete, se casó sin pedirle permiso a su señor con una viuda jugosa, llamada Magdalena, cuyos encantos Solimán no pudo pasar por alto (y porque, jolín, no es bueno que el hombre esté solo). Esta boda, sin embargo, no le gustó nada al príncipe de Lichtenstein, que se enteró del casamiento por una indiscreción de José II (el cual, a diferencia de sus padres, Maria Theresia de Habsburgo y Paco de Lorena, no debía de ser demasiado listo). El príncipe de Lichtenstein había prohibido a sus criados que se casaran, al objeto de evitar que tuvieran descendencia y que aumentaran los gastos que él tenía ya de por sí. Cuando el príncipe de Lichtenstein se enteró de la boda de Solimán, lo despidió con cajas destempladas.

Podría parece que la carrera de Solimán como factotum de los poderosos había terminado, pero su historia, que incluye una momia (la suya, por cierto) no había hecho más que empezar.

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Un comentario a Las apasionantes aventuras de Angelo Solimán

  1. Luis dice:

    Me pregunto si el criado negro de Der Rosenkavalier se inspiraría en la figura de este hombre

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