La guerra sin piedad por el Kronen Zeitung (1/2)

Hay veces en las que la realidad imita eficazmente a la más apasionante de las ficciones.

23 de Marzo.- Si uno se pone a pensarlo, una de las cosas más curiosas de nuestra esfera cultural es que, por diferentes razones, desde siempre, a los pobres siempre se nos cuenta la realidad desde el punto de vista de los ricos. Siendo los ricos muy pocos y siendo como somos los pobres muchísimos más.

Esto es especialmente patente en el cine americano. Sobre todo en el clásico. Y en la televisión.

O sea, que hay todo un género de productos culturales creados para que todos asumamos sin darnos cuenta un cierto punto de vista sobre las cosas.

Un caso claro son las películas sobre la guerra civil americana, particularmente, las que hablan del bando perdedor, de los confederados. El prototipo es Lo Que El Viento Se Llevó.

Veamos: toda la acción gira en torno a los esfuerzos de una señora, Escarlata O´Hara, por conservar y mantener un gran latifundio agrícola -la finca Tara- símbolo de un modo de vida del que Escarlata O´Hara ha disfrutado siempre debido a la ventaja que le daba el tener a un montón de esclavos que trabajaban gratis para ella. Y lo mejor de todo es que la película está tan bien hecha que nosotros, los espectadores, que somos pobres y, por lo tanto, personas a las que Escarlata O´Hara despreciaría o, si fueramos oscuritos, pondría a trabajar recogiendo algodón, no solo nos solidarizamos con un mal bicho semejante, sino que nos tragamos sin rechistar todo el tema de que los esclavos vivían felicísimos en estas condiciones y que esto era porque estaban agradecidos de tener unos amos tan buenos y tan santos como la madre de Escarlata O´Hara, ya que entre los negreros, había lo que podríamos llamar una „esclavitud buena“ (o sea, la que ejercía Escarlata O´Hara con las personas a las que, literalmente, poseía, como se posee un frigorífico o una grapadora) y una „esclavitud mala“ que, se nos dice un poco de pasada, es ejercida por los „blancos pobres“ que trataban a sus esclavos a patadas (vamos: a latigazos). Porque, se desprende de esto, la pobreza material trae consigo la maldad, y por eso hay que ser ambicioso y esforzarse en forrarse lo antes posible.

Una versión moderna del mismo leitmotiv son los culebrones de amor y lujo que nos hicieron vibrar a los españoles en la década de los ochenta. Dallas, Dinastía, Falcon Crest pero también Hotel.

La prueba de que son grandes monumentos al capitalismo salvaje es que, cuando la Unión Soviética colapsó, los ex comunistas se lanzaron a ellos con fruición (y a nosotros nos parecía chachi que disfrutaran de lo mismo que nosotros disfrutábamos) sin calcular que los húngaros, los rusos o los polacos terminarían sacando la conclusión de que el capitalismo no era un sistema social del tipo nórdico, pensado para que la redistribución de las rentas redundase en el beneficio general de la sociedad, sino un juego sin reglas, a vida o muerte, como lo que practicaba Angela Channing, J.R. Ewing o Blake Carrington. Y así nos va ahora, claro.

En estas series de televisión todo giraba en torno a dos cosas: a) el sexo, porque los pobres se imaginan a los ricos todo el santo día retozando o remojándose en jacuzzis y bebiendo champán y b) la posesión de un bien (el rancho Falcon Crest, el hotel St. Gregory, la Ewing Oil Company) que los ricos se iban pasando, dependiendo del salero de los guionistas.

Los únicos personajes pobres que se veían en estos culebrones eran las secretarias de los machos alfa que dirigían el cotarro (monas, sumisas, personas a las que uno no se imaginaba reclamando dinero por las horas extras o subidas de sueldo) o a Chu-Li, el criado oriental de Angela Channing, que nos era presentada como una mujer perversa porque se comportaba de acuerdo a estándar agresivo que la sociedad machista tiene previsto para nosotros, los hombres.

Uno no es tonto, claro, y sabe que esto viene, naturalmente, de que los ricos son los que, de toda la vida, han tenido los recursos para tener una televisión o una casa productora de películas, de manera que, naturalmente, quien paga la fiesta tiende inevitablemente de consagrar el statu quo que a él le viene bien.

Me han venido todas estas cosas a la cabeza porque, en estos momentos, en esa habitación en la que caben las cien personas más ricas de Austria (en un país de ocho millones de habitantes tampoco son muchas más las personas realmente ricas) se está desarrollando una guerra sucia por la influencia en uno de los medios que los ricos utilizan para contarles a los austriacos pobres (o sea, nosotros) cómo es la realidad y tratar de influir en su visión sobre las cosas.

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