El parte: Austria y la guerra civil española

Hoy se cumplen exactamente ochenta años del final un acontecimiento histórico en el que la historia de Austria y la de España se trenzaron (otra vez).

1 de Abril.- Cuando yo era joven(cito) y durante toda mi infancia, se producía en mi casa diariamente la siguiente escena, la cual sin duda será familiar a muchos de mis lectores de mi edad y aún mayores.

Estabamos nosotros viendo cualquier cosa en la televisión, ponga usted que el Príncipe de Bel-Air, con el infatigable Will Smith, cuando mi abuela decía:

-Querido, cambialo ya que prónto va a empezar „el parte“.

Y nosotros le decíamos:

-Agüela, no se dice el parte, se dice el telediario.

Mi abuela (!Ay, abuela, cómo te echo de menos!) nos soltaba un exabrupto, claro.

Pero ¿De dónde venía la costumbre de mi abuela de llamar „el parte“ a las noticias? ¿Y qué tiene esto que ver con Austria? Pues aquí va.

Como mis lectores ya saben, soy un incansable coleccionista de fragmentos de lo que podríamos llamar „la historia en calderilla“.

Hoy, hace ochenta años que la entonces incipiente Radio Nacional de España emitió un breve (pero famosísimo) comunicado (o sea el parte, no: El Parte) comunicado que decía así (ejem):

En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las Tropas Nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.

Burgos, 1 de Abril de 1939. Año de la victoria.

La hoja original, manuscrita, de este último parte de guerra lleva el membrete algo redundante del „Cuartel General del Generalísimo“, el consabido escudo y el correspondiente sello oficial.

El parte que se leyó por la radio es una cuartilla apaisada mecanografiada, también firmada por Franco de su puño y letra.

Después de esto, se conoce que Franco le cogió gustillo a esto de firmar y también firmaba otras cosas. Unos cuadros normalitos que pintaba (escenas de caza), guiones cinematográficos más bien tostón (Raza), artículos de prensa diciendo que el comunismo y la masonería eran un horror y, claro, muchas, pero que muchas (demasiadas) sentencias de muerte.

El documento sonoro que suele ponerse en estos casos es, como casi todo en esta historia, una falsificación posterior, (en Austria también sabemos de esto) porque en aquella época todo se hacía en directo y, con la lógica euforia que reinaba en Burgos, nadie se tomó la molestia de grabar la cosa en disco (tampoco había necesidad).

No existían los magnetófonos de bobina abierta, que llegaron mucho más tarde y que supusieron una auténtica revolución en la radio.

El locutor cuya voz escucharon los acongojados españoles de entonces (o no, iba en bandos, como es lógico), era un hombre al que sus contemporáneos describen como un caballero con unas luces muy justitas (vamos, ni media chispa), pero al que Dios había dotado con la voz campanuda de las que se estilaban entonces para estas cosas.A Franco, por cierto, Dios le negó este don (como hubiera dicho Rodrigo Rato, puede verse en este gráfico):

Se trataba de Fernado Fernández de Córdoba, el cual había empezado su carrera teatral de galán joven (bigotito lineal, ojos de pescadilla) y que se quedó en esto hasta que, en los cincuenta decidió que el cine y el teatro daban menos dinero que vivir del presupuesto público (el caballero, como había dado El Parte tenía mano en las altas esferas, conexiones que, según quienes le conocieron, como el actor español Adolfo Marsillach, compensaban su falta de talento).

Y aquí viene la primera participación austriaca.

La emisora, gracias a la cual los españoles pudieron escuchar el famoso parte de veinte palabras, había sido un regalo de un austriaco, Adolf Hitler, el cual, a través de su ministro de propaganda, Josef Goebbels, había hecho este donativo a la causa fascista española. Se trataba de un modelo de emisora portátil que se había utilizado en las retransmisiones de los juegos olímpicos de Berlín de 1936.

No fue el único regalo que los nazis le hicieron a los que, entonces, aspiraban a quitarse el sambenito de ser los parientes pobres de la familia del fascismo europeo (no se lo quitaron, por cierto, nunca y los renegridos españoles, canijos y con un punto anarquista, nunca llegaron a casar del todo en la pesadilla de sigfridos y walkirias que Hitler había imaginado para Europa).

Desde el principio de la guerra, la Alemania nacionalsocialista ayudó al bando sublevado con dinero, hombres y pertrechos. Ayuda que, por cierto, nunca fue desinteresada. Casi desde el principio, los españoles tuvieron que pasar por caja. La guerra civil española se convirtió en el banco de pruebas de todos los nuevos modelos de armas con los que Alemania se preparaba para la guerra mundial que se veía como más o menos inevitable. La dictadura de Franco pagó más tarde los favores recibidos ya que no mayoritariamente en bienes y servicios (España, después de la guerra, era un país arrasado) sí en apoyo logístico, prestando a los submarinos alemanes protección en los puertos españoles y aportando capital humano, hombres (con más hambre que vergüenza) que partieron a Alemania para trabajar en la industria y colaborar así en el esfuerzo bélico nazi.

A partir de 1938, Austria, ya disuelta en el siniestro Reich alemán, también tuvo un papel en el devenir de la historia de la guerra civil.

Incluso en cosas tan pequeñas, tan de calderilla -y nunca mejor dicho- como las pesetas con las que la población de la España nacional pagaba sus transacciones. Como la fábrica de la moneda se había quedado en territorio republicano (como todo el mundo sabe, en Madrid) las „rubias“ de Franco se fabricaron en Austria, en la fábrica Berndorf, que aún existe (los lectores de VD podrán disfrutar de la estupenda voz de mi amigo Javier Pérez contándolo).

Las historias, paralelas en tantas ocasiones, de Austria y de España, se trenzaron también de manera inextricable durante nuestra Guerra Civil.

Fueron muchos los austriacos que regaron el suelo español con su sangre (alrededor de trescientos se entregaron -involuntariamente- a esta forma de regadío en el lado republicano).

En total fueron 1400 austriacos los que se alistaron en las Brigadas Internacionales, porque lo que había sucedido en Austria, durante la breve guerra civil de 1934 (y lo que llevaba sucediendo desde que el llamado austrofascismo había llegado al poder) les había convencido de que el nazismo alemán, el fascismo italiano y, por ende, el falangismo español, representaban un peligro agudísimo para la democracia y para la paz en Europa.

Procedían sobre todo de las filas de la socialdemocracia austriaca (ilegalizada por el canciller Dolfuss) y muchos eran judíos.

El último brigadista austriaco que sobrevivía, Hans Landauer, murió en 2014 (lo contamos aquí) el cual, después de su jubilación en 1983 impulsó la fundación del DÖW (Centro de Documentación de la Resistencia Austriaca, por sus siglas en alemán) el cual no solo se encarga de custodiar y difundir la memoria de la lucha austriaca contra el fascismo, sino que además realiza una labor incansable de vigilancia y clasificación de organizaciones de extrema derecha, al objeto de que la historia no se repita.

Por último, cabe decir también que, indirectamente, fue un austriaco, de nombre Strauss, el que indirectamente provocó la chispa que terminó en la guerra civil. Las elecciones que ganó el frente popular y que provocaron el golpe de estado militar, tuvieron lugar porque cayó el Gobierno de Lerroux debido al famoso escándalo del Estrapero (aquí, lo conté en su día).

O sea, que sin un Austriaco (o sin varios) mi abuela no hubiera sabido nunca lo que era El Parte. Mejor nos hubiera ido a todos, indudablemente.

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Un comentario a El parte: Austria y la guerra civil española

  1. Anselmo dice:

    Entiendo que el parte, que debía referírse al parte de guerra, se debía leer todas las noches al comenzar los noticiarios radiofónicos.

    Es indudable que los nacionales no habrían tenido nada que hacer sin el apoyo manifiesto de las Potencias fascistas y Marruecos. No debiendo olvidarse el apoyo decisivo de Gran Bretaña y el también muy importante de EE. UU y Francia.

    Los austriacos que cayeron en las Brigadas Internacionales ofrendaron sus vidas en aras de sus ideales, que eran los comunistas ya que estas unidades eran comunistas y estaban a las órdenes de Stalin.

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