Nevenka

pintura del museo de la ciudad de VienaUna de las cosas que uno aprende cuando se hace mayor es que solo los imprudentes no se fían de las apariencias.

2 de Abril.- En la vida de todo lector hay rachas -quien lo probó lo sabe- en las que uno encadena libro bueno tras libro bueno, cosa que refuerza nuestra adicción, porque cuando vienen los malos (que uno ha leido también unos cuantos) uno no pierde nunca la esperanza, porque sabe que ahí, esperándole, hay páginas de esas que te cambian la vida. Hoy he terminado uno de los mejores libros que he leido en muchos meses. Me ha durado dos días escasos -es cortito-. Se trata de „Hay algo que no es como me dicen“ del periodista español Juan José Millás.

En él se cuenta el que, en su momento, se llamó „Caso Nevenka“, por la que fue su protagonista, una muchacha joven que fue concejal del ayuntamiento de Ponferrada. Nevenka tuvo la mala suerte de topar en su vida con un indeseable con ventanas a la calle, de los que hay muchos, y esa mala suerte se complicó todavía mucho más cuando el indeseable resultó ser su jefe, el alcalde de Ponferrada. Nevenka era una muchacha trabajadora, seria, prematuramente responsable, pero joven y guapa (aunque todo hubiera sido igual, sospecho, si ella hubiera sido fea). Y su jefe se encaprichó de ella y la sometió a un proceso de degradación, acoso moral y sexual, que terminó en los tribunales.

Los jueces terminaron condenando al indeseable (no una vez, sino dos, porque el indeseable recurrió) pero los compañeros de partido del indeseable, entre ellos Ana Botella, la que entonces era concejala de asuntos sociales del ayuntamiento de Madrid, se pusieron sin fisuras del lado del agresor y, por supuesto, respondieron al sufrimiento de la víctima tratando de sembrar la duda con su silencio (y a veces también diciendo cosas que nadie debería de haber dicho).

Durante todo el libro, escrito (supongo que voluntariamente) con un estilo muy neutro que hace resaltar aún más si cabe las fechorías del acosador, Nevenka Fernández se enfrenta a un proceso en el que ella, con su sentido común está viendo una cosa y su entorno (sus padres incluidos) le dicen que no, que tiene que estar equivocada, que sus ojos y sus oidos la engañan, hasta que siembran en ella una duda que estuvo a punto de terminar con su salud mental y que solo los psicólogos pudieron disipar.

Una de las cosas que uno aprende cuando uno se hace mayor (aprendizaje que a Nevenka le costó casi la vida) es que solo los imprudentes no se fían de las apariencias y que si algo anda como un pato, se mueve como un pato y hace cuac cuac como un pato, es más que probable que, efectivamente, no sea un rinoceronte, sino un pato. Como hipótesis de partida, no está mal. Y luego, ya vamos viendo.

El canciller Kurz parece estar viviendo su particular „momento Nevenka“ aunque, personalmente, aunque Sebastian Kurz es joven uno piensa que ni él ni sus asesores pueden ser tan ingenuos y que la cosa se trata, más bien, de un hábil juego dialéctico destinado a hacer creer que aunque las cosas parezcan como son, no hay que fiarse de las apariencias.

Recordarán mis lectores que, hace unos días hablábamos del donativo que el terrorista de Christchurch dio a los Identitarios austriacos.

Desde que se conoció la noticia y, con ello, los Identitarios famosos, despues de haber mantenido un tiempo un perfil bajo, volvieron de nuevo al foco de la atención pública, era cuestión de tiempo que alguien hiciera memoria y destapase los vínculos de dichos Identitarios con el FPÖ. Desde que la ultraderecha está en el Gobierno y a instancias, naturalmente, del Presidente de la República, el partido ultraderechista que forma la mitad del Gobierno, si bien sin renunciar a su ideario ni a contentar a su agreste parroquia, sí que ha tratado en lo posible de dulcificar un poco las formas tratando de convencernos a todos (bueno, más a los que les pueden votar) de que son europeistas, por ejemplo.

Sin embargo, estos esfuerzos se han visto arruinados en repetidas ocasiones principalmente por el Ministro del Interior y sus „lapsus“ o sus actuaciones discutibles (y muy discutidas).

El domingo saltó a los medios que los Identitarios de Graz comparten casa (alquilada) con una organización de Burschenschaften cercana a la órbita del FPÖ y que el casero es -oh, sorpresa- un político del FPÖ.

Ante semejante marrón -nunca mejor dicho- el FPÖ ha hecho lo de siempre, o sea, lo que hacía el jefe de Nevenka. Decirle a quien quisiera oir que el alquilarle un piso a una organización ultraderechista no estaba prohibido en ninguna ley y que los políticos del FPÖ como ciudadanos privados, tienen derecho a ser caseros, con lo cual venían a decir que si todos los caseros mirasen la catadura moral de la gente a la que acogen no iban a quedar casas llenas en Austria, que no había que ser paranoicos. En definitiva: esto no es lo que parece.

El canciller Kurz ha apretado los puñitos y ha dicho que hay que ponerse serio con esto porque los extremistas de la ultraderecha son tan malos como los islamistas y que a los extremistas de ultraderecha se les reconoce porque se les ponen rojas las palmas de las manos.

En el FPÖ muchos se han apresurado a ponerse las manos a la espalda.

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