Que no se entere tu madre

Hay un tipo de inmigrante que utiliza vivir en otro país como una especie de potente anestésico.

7 de Abril.- Hace algunos años conocí a Andrea (nombre, naturalmente, supuesto). Andrea era una muchacha no ya tan joven (aunque eso, en estos días, sea muy relativo), pongamos que de más de treinta y cinco años y de menos de cuarenta. Trabamos relación debido a una amistad común. Tanto Andrea como esta amistad común ya no viven en Viena, así que creo que puedo contar su historia sin faltar a la discreción debida y sin cargo de conciencia.

Recuerdo que nuestra primera conversación se produjo en un bar. Andrea había quedado en aquel local vienés con otras personas que fueron llegando. Me llamó la atención que todas eran mucho más jóvenes que Andrea y, naturalmente, también me llamó la atención que, mientras que Andrea parecía sentirse una más de aquella pandilla de Erasmus, el sentimiento -era muy obvio- no era mútuo.

Se notaba mucho que Andrea forzaba mucho la nota de la juventud, del colegueo. Los jóvenes de verdad le seguían la corriente hasta que se daban la vuelta y se ponían a hablar de sus cosas y se comportaban naturalmente como personas mucho más jóvenes que Andrea. En su caso, claro, no tenían que forzar nada.

Andrea hablaba mucho y no te dejaba meter baza, que es una de las características más definitorias de esa gente que piensa que la mejor defensa es un buen ataque.

Conmigo, también trataba de forzar cierto desahogo en las formas y en la manera de hablar que se notaban impostados. A pesar de su trabajo en una gran empresa de esta capital y a pesar de su sueldo, y a pesar de su dominio del alemán y a pesar de sus largos años de permanencia en Austria, pronto estuvo claro para mí que llamémosla Andrea no se resignaba a jugar en otra liga, o sea, que no se resignaba a ser mayor.

A partir de aquel primer encuentro y hasta que se fue de Viena, Andrea y yo nos veíamos de higos a peras. Siempre en circunstancias parecidas.

Ella insistía en que nuestra relación se profundizase pero el lector habrá podido deducir sin mucho esfuerzo que yo le daba la menor cantidad posible de facilidades y la cosa se quedaba en el „aversi“ (a ver si nos vemos más a menudo, hombre). La cosa no hubiera funcionado nunca, porque Andrea vivía en una negación de su edad (con todo lo que eso significa) que estaba condenada a quebrar cualquier amistad mínimamente madura.

Lo que resultaba invariable era el recambio imparable de caras de Erasmus que siempre estaba a su alrededor. Andrea no se daba cuenta de que, a partir de un determinado momento, y por más que te duela, pasas de ser la colega a la hermana mayor y de la hermana mayor a la maternidad sustitutoria no hay más que un paso.

La juventud es un reino en el que, a partir de una cierta edad, somos tolerados solamente como invitados a los que, cuando empiezan a sobrar, se les indica amablemente la puerta de salida. Generalmente, mediante la más gélida de las indiferencias.

Hace ya algunos años que Andrea se marchó de Viena, aunque dejamos de tener contacto mucho antes, porque el fugaz tercero que nos unía se marchó también de la ciudad y, con él, la mínima afinidad que actuaba de frágil cimiento de nuestra amistad desapareció.

Sin embargo, Andrea es un ejemplo muy claro de que hay un determinado tipo de inmigrante que utiliza el cambiar un país por otro como una especie de anestésico muy potente para no enfrentarse a las cosas que le duelen. Hay otros pero, en el caso de Andrea, era la edad, el inevitable quemar etapas que la vida nos va poniendo por delante aunque no queramos. Eso que yo digo siempre de que, llegados unos años, empiezan a pasarte „cosas de persona mayor“. Cosas que son como los pimientos de Padrón, que unos pican y otros non.

Tus padres envejecen y empiezan a tener achaques, tus amigos empiezan a casarse y sus hijos, cuando hablan contigo, empiezan a verte como ese tío benévolo que les da los caprichos que sus padres no se atreven o no quieren darles (un poco como cuando nuestra abuela cogía el bolso y, rebuscando en el monedero, decía la frase famosa aquella, lo de „que no se entere tu madre“), empiezas también a ser menos elástico, menos paciente para soportar determinados inconvenientes que cuando uno tiene edad de hacer botellón casi no le importan -a ver, queridos lectores de más de treinta años ¿Cuánto tiempo hace que no dormís en un coche por no querer gastar dinero en un hotel o pensión?-.

Naturalmente, hay cosas positivas, pero que no hacen sino ahondar el foso que se abre tras de nosotros al terminar de cruzar determinadas regiones de la vida. Por ejemplo, en la vida de la gente joven todo es dramático, operístico, lorquiano casi. Penas de amor, por ejemplo. Sin embargo, cuando uno va cumpliendo años, por suerte, relativiza mucho más las cosas y, como decía la gran actriz (y esquinadísima persona) Mary Carrillo aprende que „en un teatro nunca pasa nada“.

Algunas veces, me pregunto si esta timidez mía con respecto a las cosas de la edad no será un rasgo más de ese terror al ridículo que los españoles traemos incorporado de serie.

Sin embargo también tardo poco tiempo en pensar que mejor pasarse que no llegar.

(Nuestra serie dominical sobre el amor capítulo 1 aquí, capítulo dos acullá, continuará el domingo que viene: hoy he estado muy ocupado con mi deber cívico de correr en la maratón de Viena. Perdón por las runcunfunfunciones).

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