Sangre, sudor y mallas

El semanario vienés Falter ha descubierto un escándalo que afecta a una de las instituciones más renombradas de Austria.

10 de Abril.- El semanario vienés Falter (o sea, la polilla) no es, como podría pensarse dado su nombre, inofensivo.

Por ejemplo, cada vez que Peter Pilz pasa por un kiosco no puede evitar llevarse la mano al janderguander, que aún debe de tener dolorido, a causa, precisamente, de las revelaciones que el Falter hizo a propósito de su manía (presunta) de ser un tocador de señoras.

Recordarán mis lectores que, poco antes de las últimas elecciones, Peter Pilz dejó Los Verdes (Die Grünen) para abordar una carrera en solitario. Tras las últimas elecciones parecía que iba a convertirse en el desfacedor de entuertos número uno de EPR. Y resultó que no porque el Falter publicó que varias mujeres le habían acusado de pensar (sin motivo) que todo el monte (el de ellas, principalmente) era orégano.

Peter Pilz tuvo que retirarse para hacer por su honor lo que normalmente hace la Real Academia con el idioma castellano y aún sigue, convaleciente.

En su último número, el Falter trae un nuevo escándalo.

Parece ser que la escuela de ballet de la ópera estatal deja en mantillas aquello que decía Debbie Allen al principio de cada episodio de Fama:

Queréis alcanzar la fama, pero la fama cuesta. Pues aquí es donde váis a empezar a pagar !Con sudor!

Parece ser que los profesores de la escuela eran partidarios sobre todo de destruir la autoestima de los pequeños aprendices de Nureyev. Al objeto de conseguir de ellos progresos en el plier en y en el developper, les espetaban:

-!Estás gordo!

-!Tienes dientes de conejo!

-!No tienes huevos! -eso les decían en un país en donde, como se demuestra por esta época del año, los conejos son ovíparos.

O sea cuando vean mis lectores a las bailarinas en puntas y moviéndose, etéreas, como si acabaran de aterrizar provenientes de un planeta en donde los pedos huelen a Chanel número cinco, no se fíen y, por lo que pueda pasar, pongan pies en polvorosa, porque no es tutú todo lo que reluce.

El Falter se recrea, claro, en estos y otros ejemplos de cóm a las criaturas se las machacaba de mil maneras, induciéndolas a dietas salvajes para que terminasen teniendo el tipo élfico sin el cual parece ser que El Lago de los Cisnes se transforma en La Charca de las Hipopótamas.

El director de la ópera se ha mostrado muy afectado y ha prometido tomar medidas. A ver en qué queda todo.

Leyendo el reportaje y viendo las fotos me acordaba yo de una famosa secuencia de Swingtime, una película (vieja) de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Los dos están bailando delante de una escalera doble una melodía maravillosa (The way you look tonight, concretamente). Él, impecable de chaqué. Ella, preciosa, con un vestido blanco, vaporoso -y mucho menos recargado de lo que le gustaba-. Llegado un momento, cada uno sube por un tramo de la escalera. La cámara les sigue como si el espectador fuera un bailarín. Más: como si estuviéramos haciendo el amor castamente con los dos. Ginger y Fred se encuentan arriba. Él la coge por la cintura. Ella da vueltas. Él la vuelve a coger y, cuando se separan, ella se marcha dejando a Fred desconsolado.

En la pantalla el número es perfecto. Está rodado en un solo plano secuencia, sin cortes, como era la costumbre de Astaire y Rogers. Sin embargo, fue una pesadilla porque justo cuando llegaban al momento en el que terminaban delante de la cámara, pasaba algo. O bien no terminaban en la marca, o bien a Fred Astaire se le levantaba el peluquín como la cresta de un sioux.

Despues de cada toma había que volver a fregar el suelo, para que quedara de nuevo reluciente. Y vuelta a empezar.

A la vigésima toma, ya de noche -los rodajes, en aquella época, empezaban a las seis de la mañana- Astaire y Rogers pidieron hacer una pausa. Él para cambiarse de camisa, porque la tenía empapada de sudor, y ella para refrescarse el maquillaje. Al volver para rodar la que, finalmente, fue la última toma, Hermes Pan, el coreógrafo, notó que Ginger Rogers se había cambiado los zapatos blancos por unos de color rosa. Esta vez todo salió bien.

Al final del número, sin embargo, Ginger Rogers se descalzó. Los zapatos no eran rosas, sino que estaban llenos de sangre.

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