Marca de la casa

Uno de los lastres más pegajosos e inútiles con los que los españoles tenemos que cargar es la puñetera modestia.

18 de Arbril.- A mi padre le gusta poco internet y, quizá con muy buen criterio, se mantiene alejado de casi todo lo que tenga un teclado.

Tiene un teléfono Nokia que solo sirve para llamar por teléfono y, quizá porque trabajó muchos años en una cadena de televisión y conoce el paño, sabe perfectamente que todo esto de las pantallas encubre muchas veces una falsedad que no puede llevarnos a nada bueno.

Dados estos antecedentes, no sé si le gustará aparecer hoy en Viena Directo, pero como sé que me quiere tanto y yo le quiero tanto a él, y como va a ser por una buena causa, estoy seguro de que sabrá perdonarme el que le saque de su anonimato cibernético.

Una de las cosas que mi padre me dice mucho es que soy demasiado modesto, y probablemente lo diga con mucho conocimiento de causa puesto que mi padre lleva tratándome toda mi vida y sabe perfectamente de qué pie cojeo.

En mi caso, esto viene a significar que yo tengo que estar muy seguro, pero muy seguro, para que yo diga algo bueno de mí mismo o que levante la voz para rebatir los argumentos de alguien que piense otra cosa que yo. Ante la duda -y yo tengo muchas, y me espanta la gente que solo tiene certezas– yo prefiero callarme y quizá, arriesgarme a que, callándome, la gente piense que otorgo.

Luego, claro, lo que para mi capote piense es harina de otro costal, aunque no siempre pública.

Supongo que, como le pasa a todos los padres, al mío le llevan los demonios cada vez que ve que alguien me ha tratado injustamente y que yo, por dudar si a lo mejor, en el fondo, el contrario llevaba razón, me he callado y no he dicho nada.

Lo que mi padre no sabe es que, salvando las distancias que marcan las diferencias personales, esta característica, que él cree que es exclusiva de su hijo y que él atribuye -cegado por el amor- a un exceso de bondad, no es tal, sino una característica españolísima que se pone especialmente de relieve cuando estamos en el extranjero: la incapacidad, típicamente española, un rasgo cultural, para hablar bien de nosotros mismos. Aunque sea verdad lo bueno que decimos. O, como se verá a continuación, precisamente cuando es verdad lo bueno de nosotros que tendríamos que pregonar y no lo pregonamos.

Esta modestia que es producto de nuestra educación marcadamente cristiana (aún hoy en las personas que se declaran ateas) es, según mi experiencia, completamente peculiar a la población celtíbera -y supongo que a la de Latinoamérica también-.

Desde siempre.

Por ahí hay una profesora de Historia que se ha hecho con un capitalito escribiendo libros sobre el Imperio Español en los que dice una cosa que se le alcanza a todo el que tenga dos dedos de frente y es que, en contra de lo que afirma la llamada leyenda negra, los españoles no hemos sido ni más ni menos malos, cerriles o crueles a lo largo de la Historia que los franceses, los ingleses, los congoleños o los habitantes del País del Sol Naciente. Sin embargo, hay una cosa que nos diferencia de ellos y que hizo que a la llamada „leyenda negra“ no opusiéramos una „leyenda blanca“ (como han hecho, por ejemplo, los americanos sobre sí mismos, con tanta eficacia).

Debido a nuestra educación católica, pensábamos que „el bien es difusivo por naturaleza“ y que, por lo tanto, basta que uno sea buena persona para que todos los demás se den cuenta y no haga falta añadir nada más.

Es un reflejo absolutamente pegajoso del que no hay manera de librarse y, sin duda, una de las herencias más abyectas que los españoles le debemos a nuestra manía de convertirnos en el Tíbet de Europa y en la Reserva Espiritual de Occidente (lo que quiera que esa tontada signifique).

Cuando un austriaco cree ser, por ejemplo, bueno en su trabajo, lo dice, y no siente ningún remordimiento de conciencia al haberlo dicho. Lo mismo le pasa a un inglés, el cual no vacilará en exponer sus méritos -o lo que él cree que son sus méritos, porque mira lo del Brexit-. Un francés, sin pensar de sí mismo que es un petulante o un chovinista, defenderá sus derechos al pensar que es tratado injustamente. Sin embargo, a los españoles, se nos va la fuerza por la boca en la mayoría de los casos.

Habría que enseñar a los niños y niñas a olvidarse de la tontería de la modestia y a presentarse ante el mundo no solo seguros, sino con el valor de decir lo mucho y bueno que tienen.

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Un comentario a Marca de la casa

  1. Martín González Martínez dice:

    Hola Paco. El bien es, sí, difusivo por naturaleza, según la escolástica (Summa Th. I q.5 a.4); y las «leyendas blancas» una canallada igualito que las negras. Son sencillamente falsa conciencia primero humanista, luego luterana, luego ilustrada (la leyenda blanca o dorada «par excellence» es la gabacha dieciochesca), y luego finalmente idealista en sus modulaciones europrogres: kantiana, positivista, hegeliana, y un largo y siniestro y hasta truculento etc. Si hubiera pergeñado España su respectiva leyenda blanca, el mundo sería bastante menos racional y por ello bastante menos habitable (aún menos, vaya).

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