Su Majestad no habla alemán

Hoy, Isabel II (la de Inglaterra, no la del canal) cumple 93 abriles. Para celebrarlo, recordaremos su visita, hace cinco décadas, a la capital de EPR.

21 de Abril.- Con motivo del nonagésimo tercer cumpleaños de su majestad, la reina Isabel de Inglaterra, que se celebra hoy, la prensa aborígen recuerda que en pocos dias, concretamente el cinco de mayo, hará cincuenta años que la soberana británica estuvo dándose un garbeo por Esta Pequeña República, en compañía de su marido, el duque de Edimburgo.

La reina, conocida también como Queen, lo mismo que el conjunto en el que cantaba Federiquito Mercurio antes de tener la mala idea de morirse, aterrizó en el aeropuerto de Schwechat (entonces, aún, un coqueto aeródromo de tamaño provincial) el día 5 de mayo de 1969. Fue recibida por el Bundespresi de entonces, que se llamaba Franz Jonas (en aquel momento un jovencito de setenta primaveras). Entonces, como ahora si lo mismo pasara, la expectación entre los austriacos era grande. Cincuentamil personas estaban apostadas a los lados de las calles que conducían al Hotel Imperial para ver pasar el coche en el que la pareja real fue llevada a su alojamiento.

Vinieron, por cierto, sin su hija, la princesa Ana, cuya visita también estaba anunciada. La pobre muchacha, entonces de diecinueve primaveras, se había puesto pachucha y su llegada a la capital de los valses se retrasó un día.

La expectación era lógica, si se tiene en cuenta de que la visita de la reina de Inglaterra era lo más grande que había pasado en Viena desde que, ocho años antes, Jacqueline Kennedy, gallinácea, acudiera a misa con su marido, el católico JFK a la catedral de San Esteban, poco antes de encontrarse con Kruschov y señora, con motivo de la famosa cumbre que los dos mandatarios que entonces mandataban en el mundo celebraron en Viena (terreno neutral, capital de un país de los que entonces se llamaban „no alineados“).

A la reina Isabel y a su santito se les ofreció más o menos el mismo programa que los que vivimos aquí ofrecemos a nuestras amistades que vienen a visitarnos (por supuesto, con el lujerío en proporción a la importancia de la visitante) solo que en vez de un airbnb apañadete, la reina, como queda dicho, pernoctó en el Hotel Imperial.

La Casa Real británica, como siempre, aportó a la dirección del prestigioso establecimiento varias garrafas de agua londinense para que la cocina del hotel pudiera hacerle a la buena mujer el tía que toma siempre a las cinco de la tarde. En el imperial consideraron esta aportación poco menos que un insulto, más teniendo en cuenta, por supuesto, que el agua de Londres no puede compararse en inodorez, insipidez e „incolorez“ al agua de la que disfrutamos los que vivimos aquí. Ignorando las advertencias de la casa Windsor, se le hizo el té a „su majestada“ con agua del grifo que viene, como sabemos todos, de los Alpes. Ella dio sus sorbitos vespertinos sin notar nada, y todo el mundo quedó sumamente aliviado.

La empleada del hotel Imperial que se concentraba en satisfacer hasta la mínima necesidad regia y en ver que todo estaba en orden, debió de fliparlo bastante (lo flipa aún hoy día, cinco décadas después) cuando entró en el cuarto de baño de la soberana para comprobar que tenía de todo y se dio cuenta de que, haciendo gala de una enorme frugalidad, aprendida sin duda durante sus años en el ejército británico, la buena mujer se había lavado allí mismo en el lavabo la ropa interior y la tenía puesta a secar.

(Quien piense que esto es una excentricidad británica se equivoca: Marlene Dietrich tenía también la costumbre de no confiarle sus bragas a ningún hotel por lujoso que fuera y las lavaba ella misma, del mismo modo que desinfectaba concienzudamente todos los baños en los que hacía sus cositas).

Como es natural, a la jefa de Estado británica se le ofreció también una representación de gala en la Ópera estatal. Aquí también la señora hizo gala de unos gustos muy próximos a aquellos de los que tenemos sangre roja corriéndonos por las venas.

La República austriaca, venida arriba, dándolo todo como Bisbal en un concierto ante miles de fanes y fanas, le propuso a la casa de la reina que la ópera „echara“ Fidelio de Beethoven. Una obra sin duda densa. Cuando se lo propusieron a la reina ella dijo que no, que bastante fidelio (y aún „infidelio“) tenía ella en casa, que le apetecía algo más ligerito, poque a ella a las siete se le pasaba el efecto del tía y luego se quedaba frita en el palco y qué papelón. Fue así como se decidió que la función sería „El Murciélago“ de Strauss para que la buena mujer se echara unas risas.

Como todo el mundo sabe, El Murciélago es una zarzuela con partes cantadas y con partes habladas. En aquel momento no había subtítulos y la reina spricht kein Deutsch. Fue su marido, Felipín, el que salvó la situación y muy galante le tradujo las partes habladas de la función en un tono de voz bastante más alto por cierto de lo que aconsejan las convenciones (Felipe de Edimburgo estudió en Alemania y habla por lo tanto suajili).

Por cierto, durante su visita oficial a Viena la reina de los británicos expresó su deseo de conocer las viviendas sociales de Viena y naturalmente se le organizó una visita a un piso del Estado. La señora de la casa invitó a la soberana a un té (esta vez, hecho con agua fetén de los Alpes porque ir de visita a una casa, por muy reina que seas, y llevarte el agua queda raro, quieras que no). Según parece, a pesar de que la reina se hallaba en un escenario tan distinto de aquellos en los que se desarrolla habitualmente su vida, no estuvo para nada incómoda y le dijo a su anfitriona que tenía una casa muy mona.

En la suya tampoco se debe de vivir mal, debió de pensar la vienesa. Pero se calló, claro.

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