Al final de la escapada

Como en casa, señores, no se está en ninguna parte y el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar.

23 de Abril.- Hoy es, como cada 23 de Abril, un día grande para la lengua castellana. Se entrega el premio Cervantes a una personalidad del ámbito hermoso de las letras hispanoamericanas.

Yo siempre pienso que es muy probable que a Cervantes le hubiera dado bastante risa el tema este del premio por ser él, según parece, hombre bastante curado de espantos y poco vanidoso (a Cervantes, como a los Mihuras en las plazas de toros, le picaron durante toda su vida tanto que supongo que terminó por ver ciertas cosas desde la distancia).

No deja de resultar irónico que el premio más importante de la literatura hispana lleve el nombre de un caballero que fue toda su vida un fracasado en el límite de la marginalidad, al que sus contemporáneos tuvieron siempre en poco y cuyas obras salvo naturalmente el Quijote, son bastante medianas (aunque claro, ser mediano en el siglo de Oro ya era para flipar). La posteridad, a partir del siglo diecinueve en particular, le hizo justicia, y aunque no sepamos a ciencia cierta en dónde se encuentran sus restos, lo que sí que sabemos todos es el lugar de honor que ocupa en la Historia del Arte.

Quién sabe si, a lo peor, la posteridad también tiene un detalle con otro poeta, esta vez en lengua vernácula. El de las ratas de ayer.

Poco después de haber publicado yo el texto en el que glosaba su desparpajo para hablar de roedores, su ligera pluma, su gracejo para la metáfora, el autor de la poesía más famosa en estos días en Austria, se disculpó por haberla escrito (« ha sido sin queriendo ») y dimitió no solo de su cargo de vicealcalde de Braunau del Caudillo, sino también devolvió la tarjeta de miembro del FPÖ. Ahora que previsiblemente tenga tiempo libre, quizá agrande su obra. No lo quiera Dios.

En fin : pero de esto no quería yo hablar hoy, sino de otra cosa mucho más divertida. Imaginense mis lectores : estación de tren de Salzburgo, domingo por la tarde. Un hombre se presenta a la policía cargado con dos maletas.

Tiene sesenta y tantos, no es un chaval y, como cantaba David Cibera en su famosa tonadilla, pide « que le detengan ». ¿Y esto ? Se preguntará el curioso lector ¿Será por ventura que nuestro hombre ha sustraido una gallinácea (o dos) ? Pues no ¿Será reo de algún chanchullo o corruptela ? Pues Tampoco. El funcionario que representa en esta historia al brazo de la ley, le pide que se explique –Salzburgo es lugar tranquilo y seguro, no van los reos por la rúe y mucho menos, los pocos que hay, se entregan tan fácilmente-.

El caballero de las maletas cuenta su historia.

Resulta que en 2008, cuando le quedaban seis meses para terminar de cumplir su condena en un penal de Baja Austria, y aprovechando que tenía la condicional, cogió un viernes y, sin pensárselo dos veces, se subió a un avión y se plantó en Tenerife, isla preciosa, perla atlántica famosa por la variedad de su clima, lo sabroso de su gastronomía y por lo acogedora que es su población para el turista centroeuropeo particularmente si dicho turista es madurito/a.

Como lugar de exilio, hay que reconocer que no está nada, pero que nada mal. Sin embargo, el fugado le confiesa al policía que donde esté un Schnitzel que se quiten las papas arrugás, y donde se ponga una Käsekrainer que se quiten los bocatas de pata de cerdo asada.Y que el sonido del idioma materno no se puede comparar al castellano mecido y meloso de las islas, y que como nieva y « jiela » en Austria no nieva ni « jiela » en ninguna parte. Y que, mire usted, caballero, que uno se hace mayor y ya no están los huesos blandos para según qué cosas. Y Tenerife no es tan bonito como cuando yo llegué en 2008 (apreciación sin duda subjetiva que es poco probable que compartan los tinerfeöos).

Total que, como decía mi abuela, « a cada uno en su casa, el culo le descansa » y ahí está el hombre, como suele decirse, en dependencias policiales, cumpliendo una condena de amor por su patria.

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Un comentario a Al final de la escapada

  1. Luis dice:

    La típica saudade austriaca ja ja

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