La seguridad y la tensión

Estamos todos de muy enhorabuena y de mucho enhorabuena. Austria es un país que cada día es más seguro. Albricias.

2 de Mayo.- Una de las habilidades del hombre político es la de administrar la tensión. Al objeto de que el interés de su público no decaiga, cada batalla tiene que ser la definitiva, cada lucha debe de ser titánica, cada reto, el que terminará con todos los retos. Y, naturalmente, a cada pico de tensión debe sucederle un alivio, porque no se puede estar a gritos todo el día. Un alivio que solo tiene que ser la preparación para la batalla siguiente.

Si el político en cuestión no sabe administrar bien la tensión en su relato, le pasa como a esas películas que empiezan con una situación muy fuerte y que se ahogan a los diez minutos, porque no es posible una progresión ascendente. El espectador pide más, pero los guionistas ya se han gastado toda la munición en la primera explosión (muy espectacular, eso sí).

Uno de los instrumentos que el político, particularmente el político populista, utiliza con más frecuencia para mantener la tensión es el de la amenaza inconcreta. Cuanto más inconcreta, mejor. Ficticia, pero creible, sin que sea demasiado definida. En España, por ejemplo, durante la última campaña electoral, la nueva fuerza populista abogaba por la flexibilización de los permisos para tener armas, al objeto de que la gente pudiera defenderse en el caso de que entraran a su casa a robar. El objetivo, estaba claro, era extender la sensación de que había una amenaza (real pero al mismo tiempo nebulosa) y que el ciudadano se encontraba totalmente indefenso ante ella.

En Austria, la ultraderecha utiliza también la misma táctica. Estos días atrás, varios periódicos publicaron sendos correos electrónicos, muy delicados, presuntamente emitidos por el Ministerio del Interior, en los que se pedía a las fuerzas policiales varias cosas, entre ellas que colaborasen lo mínimo imprescindible con algunos medios considerados « críticos » (se daban tres nombres, por cierto) y, aquí viene lo de la amenaza, que siempre que se informase de un delito se dieran también explicitamente datos a propósito de la nacionalidad, la edad y el estatuto legal del delincuente (más concretamente, si era un refugiado o no).

El objetivo estaba claro y era el de reforzar la percepción (que los hechos desmienten, como veremos más adelante) de que Austria es un país inseguro y de que los delitos los cometemos sobre todo los extranjeros.

Hoy, el Ministro del Interior, Sr. Herbert Kickl ha presentado ante los medios las estadísticas sobre delitos del ejercicio anterior.

En general el balance es positivo. Por primera vez desde el siglo pasado los policías recibieron menos de medio millón de denuncias, resaltándose un retroceso general de los delitos cometidos, salvo los asesinatos (vaya) que han subido. El retrato robot del criminal que actúa en Austria es, el de un hombre, entre 25 y cuarenta primaveras y austriaco (un sesenta por ciento de los infractores habían comido schnitzels desde chiquitillos).

En cuanto al cuarenta por ciento restante, los más malandrines han sido los rumanos (cinco por ciento de los delitos) seguidos muy de cerca por los alemanes y los serbios. Turcos y Afganos se reparten cada uno un dos por ciento de los delitos cometidos.

A pesar de lo cual, si usted pregunta por la calle (o ve un informativo húngaro) ya podrá usted suponerse la respuesta que va a recibir, verdad ? Pues eso.

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