El caso del maestro escupidor

Mercado de libros en LembergEn un instituto de esta capital se han producido unos hechos que dan lugar a muchas interpretaciones. Veamos cuáles.

4 de Mayo.- Hace algunos meses, me encontré con un amigo que, sin temor a exagerar, es un hombre que no podría colaborar nunca en la extinción de los insectos. O sea, que no es capaz ni de matar a una mosca.

Este amigo mío, también español, es un hombre que se precia de paciente y al que yo tengo por una persona simpática y muy cabal. O sea, que no es fácil ni sacarle de sus casillas ni escucharle ninguna mala palabra a propósito de nadie.

Por eso me sorprendió verle tan hecho polvo, tan cabizbajo e, incluso, tan desmejorado. Inmediatamente, le pregunté a propósito de su problema y él me explicó que le habían puesto un nuevo compañero de trabajo y que dicho compañero de trabajo le daba muy mala vida.

Pasé, naturalmente, a compadecerme.

Siguieron los tópicos a propósito de los compañeros de trabajo a los que nos toca sufrir, siendo como somos cada uno de nuestro padre y de nuestra madre. Mi amigo me estuvo explicando que esta persona que le había tocado en suerte había hecho todo lo posible por sacarle de sus casillas, al principio por medios infantiles, como no dejarle acercarse a más de un metro y medio de él, o a ridiculizarle y que, finalmente, había consentido comunicarse con él solamente por correo electrónico, estando los dos sentados en el mismo despacho. Por último, hacía lo posible por no dirigirle la palabra, incluso cuando no hacerlo significaba sacrificar las formas más elementales de la educación.

Tras tres semanas de semejante martirio -se lamentó mi amigo- su paciencia se había terminado por una tontería y, sin poder evitarlo, había perdido los nervios y le había gritado al nuevo.

Mi amigo no sabía si sentirse mal por el bicho que le había tocado en suerte o peor por haber perdido los nervios y haberse dejado llevar, él, me decía, que de toda la vida había presumido que no había nacido de mujer persona con la que él pudiera tener una palabra más alta que otra.

Yo le aseguré que le creía -y de hecho, hace muchos años que le conozco y puedo asegurar que debe de costar Dios y ayuda encontrar a alguien que pueda decir nada malo de este amigo mío, y que el santo Job, a su lado, es una pantufla china-; asimismo le deseé una pronta solución a su problema. Como los dos somos buena gente, no le deseamos al bicho nada malo (a la vista de su comportamiento, estos malos deseos hubieran estado completamente justificados) sino un buen ascenso o una lotería primitiva o algo así. Vamos, cualquier cosa que le permitiera a mi amigo deshacerse de semejante carga y volver a ser un hombre plácido y feliz.

Me acordaba yo de este incidente leyendo yo los periódicos hoy.

Los medios austriacos se han ocupado en estos días profusamente del caso de un profesor de secundaria, enseñante en uno de los barrios más humildes de esta capital (Ottakring) el cual ha sido suspendido de sus funciones a la espera de otras medidas por haberle escupido a un alumno.

Dicho enfrentamiento entre el alumno (provisto ya, por su edad, del correspondiente vello púbico) y el enseñante, un caballero de cincuenta años al que me une la solidaridad de los que padecemos las consecuencias de la alopecia, ha sido grabado utilizando un telefonino, y el video así obtenido ha sido subido a las redes sociales. Naturalmente con la intención de escarnecer al docente.

Interrogado por un medio (el Kurier) el enseñante se lamentaba, como mi amigo, de haber perdido el control y aducía una serie de situaciones previas que, al que haya enseñado, le suenan: vamos, que los alumnos, por lo que fuera, le habían perdido totalmente el respeto y le tenían cogido el pan debajo del brazo.

Por otro lado, los alumnos, como suele suceder en estos casos, trataban de justificar lo injustificable -las repetidas faltas de respeto y el estallido final- diciendo que el profesor se había metido con ellos repetidamente, profiriendo comentarios racistas y sarcásticos.

La dirección del centro aduce que, hasta el momento en que se subió el video a internet no tenía noticia de que en la clase en cuestión se cocieran aquellas habas, y que el profesor, a la espera de ser interrogado, había sido apartado de la docencia de momento, pero que no se había decidido despedirle ni otras medidas disciplinarias. Se sabe en cualquier caso que el hombre había aterrizado en la enseñanza sin preparación pedagógica previa y que, en cualquier caso, ya nunca se le va a encomendar a él solo un grupo, sino que siempre estará acompañado en el aula de otro docente, quedando reservadas para él las labores de apoyo.

En cuanto a los políticos, enfrentados a esta situación, han tenido la reacción previsible. Previsible hasta un punto cómico, la verdad. La ultraderecha ha pedido que se envíe a los alumnos malhechores a „campamentos de reeducación“ (es que no sabe uno si reir o llorar). Los Neos que no se abandone a los docentes. Y el Partido Popular que se dé formación „antiviolencia“ a los alumnos, por defecto. Lo mismo que se les enseña seguridad vial.

Ya me dirán mis lectores, si tienen ánimos e interés,lo que ellos piensan.

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