Hulapalu

La libertad, ese impulso sagrado que lleva al artista a pasarse por l´arc de triomphe los pactos y las convenciones, incluso el bienestar económico.

7 de Mayo.- Mi abuela, que tuvo durante muchos años un puesto de quinielas, siempre dice que trabajar para el público es muy esclavo. Aunque naturalmente hay otras formas peores de esclavitud, no se puede negar que fastidia mucho tener que ser simpático con todo el mundo, incluso con personas, a lo mejor, que cuanto más las conoces más quieres a las sabandijas.

Quien vende (y, en esta vida, todos en mayor o medida vendemos algo) se debe a su cliente, porque el cliente compra con su dinero el placer que le damos. Pasar por alto esta regla elemental de la economía de mercado puede traernos consecuencias. Particularmente, el ser más pobres en un futuro de lo que lo somos en el presente. Es triste de pedir, pero más triste, señora, es de robar.

Y aquí viene la historia de hoy.

Resulta que hace unos días, una delegación del Partido Socialista en Carintia contrató para amenizar un guateque a una banda especializada en versiones de canciones populares. Los grupos dedicados a este menester tienen, en Austria como en todas partes, una gran tradición (no en vano este es uno de los países de Europa en donde la gente más toca –instrumentos musicales, claro-). Grandes talentos han salido de estas bandas dedicadas a amenizar ferias y verbenas, como por ejemplo, David Bisbal, divo del pop que aprendió a saborear las mieles del estrellato tocando en verbenas populares.

Estas bandas se mueven en un entorno en donde la competencia es feroz, y por este motivo su meta es la satisfacción máxima de la clientela, a la que tienen prohibido decepcionar. A causa de esto, no suelen meterse en muchos dibujos. Es bastante improbable, por ejemplo, que una banda ataque una pieza abstrusa de música dodecafónica o que decidan innovar adaptando a su rango vocal los últimos éxitos del pop moldavo. Se trata de que la gente, una vez alcance una tasa de alcohol en sangre que le permita desinhibirse, baile (o así) con cosas que ya conozca.

A lo que íbamos : nuestra banda, contratada por una agrupación socialista local, probablemente había visto que al personal, tras la ingesta, le tocas una canción de Andreas Gabalier y lo da todo en la pista, en plan Theresa May (la pobre). Probablemente, los temas de Gabalier eran los que mejor se tenían ensayados y los que mejor les salían. Problema : Gabalier es un hombre con un fondo de armario ideológico que haría que Torquemada, a su lado, pareciese un primo de Conchita Wurst y esto, claro, en el SPÖ (bueno, y fuera) no gusta a todo el mundo.

Así pues, nuestra banda se encontró en un brete : por un lado, los mecenas de su concierto les habían prohibido expresamente tocar los grandes éxitos del astro defensor de la santa tradición, éxitos asociados generalmente a carpas en donde se consumen cervezotas y se pone a escurrir a feministas inquietas y al personal progresista en general pero, por otro lado, su corazón de artistas, su instinto, les decía que el público estaba pidiendo a gritos esta música y a ellos les daba bajón nada más pensar en tocar cosas que sabían que no les iban a reportar tantos aplausos.

¿Qué hacer ? Tras somera deliberación, la banda lo tuvo claro :

-A la mierda. Gabalier y que sea lo que Dios quiera.

Sin embargo, fue ejecutar el éxito Hulapalu, debido a la excelso estro del astro de los lederhosen y aparecer el mando socialista correspondiente, el cual, con cara de ajo, conminó al conjunto a atenerse al repertorio pactado de antemano.

La banda, ofendida en su pundonor artístico, aireó el asunto en sus redes sociales con el dudoso argumento de que el SPÖ, por un lado, defiende la libertad y el despiporre ( !!!) y por otro no les dejaba a ellos elegir qué canciones tocar en una verbena. Escándalo.

Personalmente, es un poco como si yo diera una fiesta y yo cargara mi reproductor digital con canciones, pongamos, de Paloma San Basilisco y de Bertin Sobóme y dicho aparato se emperrase en tocar los grándes hitos de los Alice in Chains o de los Sisters of Mercy. Si esto sucediera, uno desenchufaría el trasto rebelde, como supongo que harían todos mis lectores porque con una radio no se puede parlamentar, pero con una banda, claro, sí.

El asunto ha tenido una coda. El Sr. Canciller, queriendo echarle una mano a Gabalier (y de paso meterle el dedo en el ojo a la oposición), lo que ha hecho ha sido echarle gasolina al fuego (!La Gasolina ! Otro jitazo). En fin : ha dicho el Sr. Canciller que se viven momentos convulsos. El año pasado, los racistas se metían con el tono oscurito de piel del cantante que representó a Austria en Eurovisión y este año los malandrines del Partido Socialista querían impedirle al sano pueblo austriaco el disfrute de las tonadillas de Gabalier. Que si no se podía dejar la confrontación a los políticos.

Con muy buen sentido la gente, que es cruel, le ha respondido al señor canciller que una cosa es ser un racista de mierd…Digoooo, eso : un racista, que es inexcusable, y otra contratar a una banda y que dicha banda toque la música que a mí me dé la gana y me guste. Si yo le tengo manía a Andreas Gabalier, por qué tengo que escuchar canciones de Andreas Gabalier. En fin.

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