El alemán de la acera de enfrente

Solistas de flauta, degustadoras de moluscos…Hoy Google nos da una ocasión inmejorable para pasearnos por el alemán de la acera de enfrente.

4 de Junio.- Hoy, Google conmemora cinco décadas de activismo LGTBIQ+ y, dado que en 2019 Viena va a ser la anfitriona del Europride, o sea, de la manifestación por la que la comunidad LGTBIQ+ reivindica no solo sus derechos, sino también los de otras minorías, me ha parecido que hoy es un día tan bueno como el que más para empezar a celebrar, en Viena Directo también, que cada uno pueda manifestarse como le salga (siempre, naturalmente, que no fastidie a nadie).

Jesus loves you

Y empezaremos contando algunas historias a popósito de palabras.

En España, país orgulloso (en el buen sentido) por excelencia, solemos referirnos a la comunidad homosexual como gay (seguiré utilizando esta denominación, aunque se quede algo corta, porque es un rollo lo de las siglas). Incluso, la Real Academia de la Lengua ha emitido su opinión al respecto y ha dicho que en vez de gay, deberíamos escribir « gai » (naturalmente, dos « gais ») aunque, de momento, que yo haya visto, solo El País utiliza esta ortografía. Para todos los demás, el desfile que anualmente congrega en Madrid y en otras capitales a una multitud festiva que corea el A Quién Le Importa, es el « desfile del orgullo gay ».

Por estos lares, la palabra más al uso para referirse a los caballeros que practican incesantemente (o lo intentan) al objeto de convertirse en consumados concertistas de flauta es Schwul.

Yes we can

La palabra, en origen, fue un insulto, el equivalente a nuestro « maricón » o a nuestro « bujarrón » (palabras ambas, desgraciadamente, que cuentan con amplia tradición). Este Schwul alemán probablemente provenga de Schwül (bochorno), como eufemismo (o aumentativo) para el adjetivo Warm (tibio) asociado generalmente a Bruder.

Los Warmer Brüder(n) eran los famosos « tibios » del ambiente (religioso, en este caso), con lo cual no es difícil deducir que, bien irónicamente o bien porque así lo comprobase la voz del pueblo, la Iglesia ha estado siempre llena de caballeros que, por disimulo o por poner la tentación lo más cerca posible de la ocasión para caer en ella, formaban parte de la alegre cofradía.

En el alemán, la palabra Schwul, si bien como voz de germanías, aparece en un glosario de 1862, de Friedrich Christian Avé-Lallemant (no consta que, en su caso, el interés filológico viniera anejo al interés carnal). Se puede fechar el hecho de que los homosexuales se llamaran Schwul los unos a los otros en torno al cambio de siglo, y para los treinta del pasado, ya era moneda de curso común en cuchicheos a propósito de este o de aquel.

A partir de 1970, coincidiendo con el amanecer de las reivindicaciones homosexuales, se generalizó el uso y hoy en día es un calificativo más o menos neutro, que tanto los homosexuales usan para hablar de terceros que « entienden » como para describir las realidades anejas a su condición. El insulto, por cierto, predilecto de políticos « voxeadores », taxistas y, en general, gente con niveles altos en sangre de la testosterona mala, es « Schwuchtel » (aviso a mis lectores de que es MUY ofensivo, y no respondo si algún afectado les arrea un guantazo a la remanguillé).

Un hombre con osito

Homosexuell, o sea, homosexual, fue durante todo el siglo XIX y casi todo el XX en general un término con indudable regusto médico ya que, según parece (aunque hay diferentes versiones) es una invención de un siquiatra (el mismo, por cierto, que le puso nombre al gustirrinín que sienten algunos cuando les zurran en el culete, como le pasaba al aristócrata austriaco, nacido en lo que hoy es Ucrania, Sacher-Masoch). Sin embargo, en 2014, cuando un futbolista alemán, antes de saltar al campo saltó del armario, el término homosexuell vivió un reverdecimiento porque en este caso al afectado no le gustaba describirse ni como Schwul ni como Gay. Le venía mal, vaya.

En cuanto a las mujeres que gozan degustando los moluscos bivalvos, durante todo el siglo XIX se las llamó Lesbierinen, por aquello de que Safo, santa patrona suya, vivió en la isla griega de Lesbos, lugar del Peloponeso en donde, sin duda, debía ser más alta la humedad ambiental que en un concierto de Justin Bieber.

A partir de los ochenta del siglo pasado, las Lesbierinen decidieron por lo que sea que el nombre no vendía y lo dejaron en Lesben, y así sigue. Por cierto que, al contrario de sus hermanos en la lucha, las lesbianas, en el imaginario popular, siempre han tenido bastante mala leche y a lo que, en España, llamamos « camioneras » (o sea, la lesbiana de maneras masculinas), se le suele llamar aquí, no sin intención insultante (por desgracia) Kampflesbe (que ya me explicarán a mí que es lo que tiene de malo luchar porque a uno le dejen vivir como le salga de las narices).

Por cierto, como también ocurre en español, hay personas versadas en los temas de la sonrisa vertical que se refieren a las lesbianas como sáficas y a su amor como lo mismo. Esto viene también de la isla de Lesbos, en donde la poetisa Safo, como queda dicho, se dedicaba a hacerle mucho bien a sus discípulas.

En este tema, como pasa con todos los neologismos, ha habido intentos de implantación de terminología que, por lo que sea, no han cuajado. Por ejempo : en 1864, el primer activista homosexual del que se tiene noticia, un caballero llamado Karl Heinrich Ulrich, muy influido por el diálogo platónico Simposio, intentó explicarse lo suyo (y lo del diez por ciento de sus contemporáneos) y de paso dignificar un poco la cosa (que era delito y lo siguió siendo hasta un siglo después) diciendo que él se definía más que nada como uraniano.

-¿Uracómo ?

-Uraniano.

El resto de los hombres, por exclusión, eran descritos por Ulrich como Dionisiacos (por el tema de Dionisos). Muy adelantado a su tiempo (el pobre) Ulrich intentó conectar sus reivindicaciones con aquellas del movimiento trabajador (sin éxito, claro). El Marxismo, que en aquel momento florecía, era abiertamente homófobo y Karl Marx y Friedrich Engels se referían frecuentemente a sus enemigos políticos como Arschfiker (o sea, algo así como « rompeculos ») cosa que, por muy listos que fueran, qué duda cabe que estaba feo y era bien poco respetuoso. De hecho, se conserva correspondencia entre Marx y Engels en la que el segundo le dice al primero que los homosexuales (pederastas, los llama él) están ya infiltrados en las instituciones del Estado y que, para conquistar el poder, lo uniquito que les falta es organizarse, pero que un embrión de « mafia rosa » ya lo hay. O sea, que tanto don Carlos como don Federico comulgaban con los estereotipos de su época. Estereotipos que, por cierto, siguieron presentes en el socialismo y en el comunismo hasta muy adelantado el siglo XX (baste poner por ejemplo el calvario que muchas personas de izquierdas homosexuales tuvieron que pasar durante la transición española o a los mártires de la revolución cubana).

Hasta los veinte del siglo pasado tú cogías a alguien por la calle y le hablabas de los uranianos y se coscaba bastante de lo que le estabas hablando y no pocos reportajes sensacionalistas se escribieron en la prensa centroeuropea de la época. Sin embargo, pasado el tiempo de entreguerras, la terminología quedó primero anticuada y después cayó en el olvido.

Ulrich también inventó un término para describir los « estados intermedios » (Zwischenstufen). Estos estadios intermedios fueron desarrollados más tarde por el pionero de la sexología Magnus Hirschfeld, el cual llegó a describir hasta 16 orientaciones sexuales diferentes, las cuales luego serían desarrolladas durante el siglo XX, en el famoso informe McKinsey, pesadilla de los defensores de la familia tradicional y todas esas cosas.

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