Una bomba a punto de estallar

imágenes de guerraEn Viena, con la primavera llega la época dorada de la industria de la construcción y también la de la desactivación de bombas. Una especie de tradición.

5 de Junio.- En Austria en general, y en Viena en particular, la construcción es como las bicicletas o, sea, que es para el verano (bueno, y para la primavera). Cuando el tiempo empieza a mejorar, los trigos encañan y están los prados en flor, que decía el romance, empieza la época dorada de los paletas, encofradores, conductores de apisonadoras y virtuosos del martillo neumático.

En invierno, las inclemencias meteorológicas dificultan los trabajos, así que los de la construcción hacen vacaciones.

Esta marcada estacionalidad del tema constructivo también afecta a otras profesiones que, en apariencia (pero solo en apariencia) no están relacionadas. Por ejemplo, los artificieros y desactivadores de bombas.

Sí, sí. Aunque el lector no se lo crea, cuando llega el buen tiempo también los artificieros y los desactivadores de bombas hacen su agosto.

¿Debido, pensará el lector, a la pérfida amenaza islamista? ¿Hay algún grupo de pirados que quiera atentar en territorio austriaco para disuadir a la muchedumbre de mansos ciudadanos orientales que nos visita todos los años al objeto de hacerse un selfi delante de El Beso de Klimt?

Por suerte, no.

Las bombas que amenazan con estallar son las que se quedaron enterradas bajo el suelo austriaco durante la última guerra mundial. Como perversas bellas durmientes (bueno, focas durmientes, porque suelen ser barrigudas) quedaron en los años cuarenta del pasado siglo olvidadas y la mayoría, por no decir todas, conservan intacto su poder mortífero.

¿Y esto qué tiene que ver con la construcción? Pues muy fácil: cuando se abren agujeros en las calles o se excavan los cimientos de los edificios, particularmente en las cercanías de lugares que, en los tiempos de la locura bélica, fueron objetivos estratégicos, aparecen las bombas enterradas y, al objeto de evitar desgracias personales (y de las otras también) hay que llamar al desactivador que las desactive, que por este método, buen desactivador será.

Eso ha sucedido hoy, por ejemplo (cuando llega el verano, es una especie de tradición). Di que hoy, en una obra en el bonito barrio de Favoriten (marco incomparable de belleza sin igual), frontera a las vías de la Estación Central (en el mismo lugar en el que, durante la guerra, había también una estación de tren y, por tanto, un objetivo militar) un obrero ha descubierto una bomba olvidada y, después de recuperarse del susto, ha dado parte a la autoridad competente (o sea, a la policía) que a su vez ha notificado el hallazgo al cuerpo de artificieros del ejército.

Después de acercarse con cuidado a la bomba, para ver si veían los dos cables de las películas (¿Cuál cortamos, el rojo o el negro?) los artificieros han dicho:

-Esta bomba es gorda.

-¿Cómo de gorda?

-Pues muy gorda, joven. Tiene dentro cien kilos de explosivo.

-Ay, pues qué miedo.

-No es cosa de cachondeo, efectivamente.

-¿Evacuamos?

-Pa luego es tarde.

Y así que se ha hecho. En un radio de doscientos cincuenta metros a partir del hallazgo, se ha evacuado a los varios cientos de personas que miraban, desde sus domicilios, las evoluciones de los artificieros, alicates en mano (¿El rojo, el negro?).

Asimismo se ha interrumpido el tráfico ferroviario en dirección al este, por aquello de que, si se equivocaban de cable, no resultara nadie herido. Por suerte, gracias a Dios, la cosa ha terminado rápidamente. La bomba ha sido desactivada en dos horas. La gente ha vuelto a sus domicilios y, por suerte, aquí no ha pasado nada.

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