Preghero

A menos que uno sea torero, es muy poco probable que otro tipo le dé gracias a Dios por tu existencia (aún ignorando el papel de tu mamá en el asunto)

18 de Junio.- Dentro de poco hará década y media que escribo Viena Directo y la verdad es que durante ese tiempo he visto de todo (bueno, estos días pasados, con el tema del vídeo de Ibiza, el número de primicias ha aumentado exponencialmente).

Sin embargo, tengo que reconocer que lo que no ha conseguido la camiseta de Strache fardando de esternón (también fardaba de tripa), ni la decoración de película porno del chalet de Ibiza (que es lo que yo creo que más les ha dolido a los protagonistas del vídeo), ni la satisfacción de comprobar que quien uno creía que era un villano de película (y de película buena) no es más que un granujilla de medio pelo que chapurrea ruso –ponga usted el nombre que le apetezca- , ni el pelo de tormenta de la canciller (vamos, ni el hecho de que, por primera vez, hubiera una canciller) lo ha conseguido la escena que voy a relatar en este post y que tiene a Austria entera como a cualquier persona delante del nuevo disco de Madonna. O sea, en un estado de perplejidad divertida.

Este domingo se celebraba en la Stadthalle –por cierto, el mismo lugar en donde se celebró Eurovisión- un acto ecuménico en el que participaban representantes de varias iglesias cristianas. Por el equipo local, jugaba el cardenal Schönborn, por cierto. No se sabe cómo y en calidad de qué –bueno, debió de ser por jefe del partido conservador- Sebastian Kurz también estaba allí.

También un predicador australiano, un hombre con una biografía algo tempestuosa (fue camello, pero no de los que pasan por el ojo de una aguja, sino de los que pasan droga).

Di que, en un momento del acto, dicho caballero australiano se nos vino arriba y empezó a dar gracias a Dios por haber puesto en el mundo a Sebastian Kurz (el artista antes conocido como canciller cortico), en plan predicador de las películas americanas y venga de amenes y de aleluyas y el público enardecido.

Hay que reconocer que a Kurz se le veía cierta incomodidad a la altura de los glúteos (estaba allí el pobre con el culillo apretao sin saber muy bien dónde meterse) y es que, salvo que seas torero (ya se sabe que en la tauromaquia son muy teatreros) no es una situación normal que un tipo que no sea de tu familia empiece a dar gracias a Dios por haberte puesto en este mundo (ignorando, obviamente, el papel protagonista que tus padres tuvieron en el suceso) y aún menos normal que catorcemil personas se enardezcan con el asunto.

El asunto, aparte de un pitorreo casi universal, ha desatado también las críticas, no solo desde los ate(az)os (ejem) sino también desde las propias confesiones religiosas a las que no les ha venido bien que el excanciller y previsible nuevo canciller haya protagonizado una escena que hubiera podido sacarse de alguno de los momentos más delirantes de Donald Trump. Las relaciones entre la Religión y el Estado son siempre un tema delicado porque la Historia demuestra que sotanas y corbatas no hacen necesariamente la mejor pareja del mundo (a pesar de que en la primera república austriaca hubo cierta tradición de colocar a clérigos en posiciones de poder).

El único que ha utilizado la consabida mano izquierda vaticana ha sido el portavoz de prensa del cardenal Schönborn, el cual ha dicho que lo que se ha hecho por Kurz, o sea, rezar por él porque se le conceda claridad de juicio y discernimiento, es una cosa que habría que hacer por todos los políticos. Que lo único lamentable era que no hubiera habido más que hubieran aceptado ponerse a tiro del predicador, solo Kurz. Lo que es la vida. Estas casualidades.

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