Viajando con Viena Directo

Quién iba a decir que lo que nos parece una cosa españolísima, comer pipas, no lo es en ningún modo. Un entretenimiento de verano en VD.

14 de Julio.- Una de las cosas que nos distinguen a los españoles y una de las cosas que más incomprensión nos granjea por parte de los austriacos son las pipas.

Los españoles, desde pequeños, aprendemos a comer pipas. Como hamsters. El cris cras en tres tiempos de abrir la pipa con los dientes y coger el fruto con la punta de la lengua es un acto automático, que se aprende cuando se tiene la edad mínima y luego después no se olvida. Es muy probable que, en el futuro, los arqueólogos puedan distinguir a los españoles de otros grupos de población porque nuestras calaveras tendrán, entras dos paletas, la huella de haber pelado en la vida varios miles de kilos de pipas de girasol.

Pues bien: esta cosa que a nosotros nos parece españolísima, no lo es.

El origen de la costumbre de comer pipas es una de esas carambolas de la Historia que a mí me divierten mucho.

Se puede decir sin temor a equivocarse que si el 18 de Julio de 1936 una parte de la oficialidad de la República Española no hubiera dado un golpe de Estado que terminó provocando la guerra civil, es muy posible que los celtíberos hubieramos podido pasar perfectamente sin comer pipas y nuestras veladas de cine y tele, quién lo duda, hubieran sido mucho más sosas.

La costumbre española de comer pipas la trajeron los tanquistas austriacos, más concretamente ucranianos, que vinieron como refuerzos a luchar contra el fascismo durante la guerra. En el Madrid Republicano la pobre gente se moría de hambre y pronto reparó en que los tanquistas ucranianos no cesaban de comer. Fue cuestión de tiempo que el consumo de las pipas de girasol tostadas se convirtiera en una fuente calórica muy apreciada (ver, por ejemplo La Arboleda Perdida, de Alberti, en donde cuenta esto). Despues de la guerra, como la gente pasaba más hambre que un caracol pegado a un vaso, las pipas se convirtieron en el remedio del hambre de la población. Aún dura la cosa.

Quizá sea esto de las pipas la explicación de por qué yo me sentí tan cómodo en Ucrania.

Hace tres años, partiendo de Neusiedl am See, hice un viaje por lo que fueron las tierras del imperio del káiser Paco Pepe y aún más allá.

Partiendo del extremo oriental de Austria, fui en coche por Hungría y terminé en lo que durante mucho tiempo fue una ciudad austriaca, Lemberg, hoy Lviv en ucraniano o Leópolis en español; y después, tras algunas peripecias, a través de las cuales espero que el lector me quiera acompañar, llegué a Kiev en donde pasé una semana.

En Ucrania fui muy feliz y, si he de decir la verdad, lo único que me supo mal fue no saber hablar el idioma, más que nada porque, como yo soy muy curioso, no hubiera dado abasto a preguntar.

Como hago siempre cuando un viaje dura más de un par de días, durante aquel llevé un diario en el que fui apuntando, con el mismo espíritu que en Viena Directo, lo que fui viendo y las conversaciones que fui escuchando o las que me fueron traduciendo.

El diario ha permanecido inédito desde entonces así que, como el verano se presta a estas cosas, he decidido grabarlo (también egoistamente, por qué no, para escucharlo por las mañanas cuando voy en el tren y hacerme la ilusión de que viajo de nuevo, porque ya se sabe que recordar es volver a vivir).

A lo largo de las siguientes entregas, se dará cuenta el lector de que las pipas no son lo único que nos une a los españoles y a los ucranianos y que, en realidad, somos dos pueblos muy parecidos, a pesar de que el idioma, como es lógico, nos separe un poco.

O quizá lo que pase en realidad es que la gente es bastante parecida en todas partes y que lo único que hay que hacer es ir a los sitios con la mente abierta, tratando de comprender y sobre todo, tomarse los incidentes típicos del camino con sentido del humor.

Yo, espero haberlo conseguido. Aquí dejo a mis lectores con mi diario ucraniano.

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