Una época rusa

Hay una cosa de la que yo no puedo estar más agradecido y que, a lo largo de mi vida, solo me ha proporcionado placer. Por eso la recomiendo.

21 de Julio.- Sin duda, una de las cosas de las que estoy más agradecido es la de ser lector de libros. A este hábito, la verdad, solo le veo ventajas. Cuando se empieza de niño, como yo, la lectura te hace más empático, porque uno no puede enfrentarse a un libro sin tratar de entender la postura de los diferentes personajes. Y esta costumbre, que nace para poder prolongar el placer de la lectura, es muy útil en la vida.

Otra gran ventaja es que el lector nunca está solo ni se aburre (siempre, claro, que el libro sea un poco buenecito). Desde crío, yo tengo siempre la costumbre de llevar conmigo un libro siempre que salgo de casa (bueno, y ahora, con los libros electrónicos, uno tiene el placer y la inmensa suerte de llevar en el bolsillo toda su biblioteca).

Así, como tengo ciertas amistades que son bastante impuntuales, yo casi les agradezco la descortesía, porque me permite prolongar, aunque solo sea diez minutos, el contacto con gente que me cae bien simpática, o sea, con los autores de mis libros favoritos.

Los lectores tenemos también la suerte de que para nosotros se borran las duras fronteras del tiempo, porque entre nosotros y los autores de nuestros libros favoritos se entabla un diálogo (un diálogo que toma formas distintas a lo largo de nuestra vida) con interlocutores que, muchas veces, llevan muertos mucho tiempo o que, aunque estén vivitos y coleando, no podremos conocer nunca en persona.

Y por último otra, entre las muchas ventajas que tenemos los lectores, es que sabemos siempre a qué atenernos con respecto a los otros.

Basta con preguntarle a quien sea qué está leyendo y, dependiendo de la respuesta, nos podemos hacer una idea bastante precisa de cómo es la persona que tenemos delante. Un libro es una elección muy personal, un instinto que es como la huella dactilar, algo exclusivo de cada persona. Y como esa elección nace del corazón, da también la impronta del alma de un ser humano.

Si a mí me preguntan qué estoy leyendo (o qué me gusta leer, que para el caso es lo mismo) y digo que un libro de Pérez Reverte, no le mereceré a mi interlocutor la misma consideración que si le digo que estoy leyendo un ensayo sobre historia o un manual de cálculo diferencial.

Ayer, me encontré en una fiesta con un niño al que hacía algún tiempo que no veía. Es de la edad de mi sobrina, doce años, así que es cada vez más interesante (nada contra los niños, pero a mí me gusta la gente, de cualquier edad, que tenga un poco de conversación). Gratamente, descubrí que el chaval había crecido lo bastante para que pudieramos los dos echar un rato la mar de sabroso hablando de libros. Un placer.

Nos hicimos mútuas recomendaciones y así supe que lo que ya había notado yo cuando el crío tenía cinco o seis años se confirmaba ahora que está entrando por los umbrales de la adolescencia. O sea, que es un lector si no voraz sí cuidadoso y que, con el tiempo, los que le queremos tendremos ocasiones de sentir un gran placer charlando con él.

El otro día, „guasapeaba“ yo con mi primo, el que vive en Beirut y le preguntaba yo qué estaba leyendo. Mi primo, que es muy como yo soy también, me dio una respuesta que yo hubiera podido dar también. Me dijo que estaba atravesando una „época rusa“ y acto seguido pasó a hacer lo que yo también hubiera hecho, o sea, a recomendarme autores. De lo cual se deduce que el lector, el buen lector, es como lo que decía San Pablo, que de la abundancia de corazón le mana hacia los labios.

Viene esto a parar a que para mi primo y para mí el exotismo no es el lejano oriente (en realidad, por desconocimiento o por simple pereza, uno encuentra el lejano oriente bastante ajeno y, por lo mismo, bastante interesante) sino los llamados países del este. Desde Hungría hasta los confines de Rusia. Por eso fue un placer tan grande, yo creo, viajar a Ucrania, porque fue encontrarme en un lugar tan lejano y, al mismo tiempo, de un círculo cultural suficientemente distinto como para que todo resultase nuevo e interesante.

En el siguiente capítulo, el segundo, de mi viaje a Ucrania, tendrá el lector ocasión de escuchar alguna de estas cosas. Con él le dejo y espero que lo disfrute, por lo menos tanto como yo.

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