El chiste del gato

Hoy traigo a las páginas de VD un problema del que no sé qué pensar, la verdad. Me gustaría también que mis lectores, si saben, me ayuden.

22 de Julio.- Hay veces que los lectores de uno le escriben con cosas que uno no sabe bien cómo clasificar. Son temas de los que uno duda si son cosas que afectan a personas concretas (o sea, a austriacos concretos) o si son rasgos que pertenecen a una cierta forma de ser común en el país.

Esta de hoy, por ejemplo, podría haber sido una historia aislada concerniente al típico género de los desencuentros « parejiles » o « parejosos », pero no sé por qué tengo yo la sensación de que tiene potencial de generalización.

Para ilustrarla, Alberto (nombre, naturalmente, supuesto) me contó en su mensaje un chiste muy famoso y muy viejo. El chiste del gato. Por la herramienta, no por el animal.

Resulta que un hombre va conduciendo por una carretera que discurre entre un espeso arbolado. Es de noche. En algún punto del camino, se le pincha un neumático. Se baja del automóvil y se da a todos los demonios. Busca en la caja de herramientas y se da cuenta de que no tiene gato para levantar el coche. Qué contrariedad. En esto que, entre el follaje (con perdón) ve una lucecita. Una casa –se dice- estoy salvado ; seguro que tienen un gato y, si no, tendrán un teléfono para poder llamar y que venga la grúa –el chiste es de cuando no había telefoninos-. Total : que el hombre se pone en camino, muy contento. Qué bien, qué bien, que me van a prestar un gato tralarí tralaró. Sin embargo, en mitad del sendero le asalta una duda. Se dice : « Jolinetes, estoy solo, aquí en medio del bosque, a ver si la gente de la casita no va a ser tan pacífica ». Desecha sus temores y sigue andando. Me van a prestar un gato tralarí tralaró. A los pocos pasos, vuelve a detenerse. « Lo mismo, es un tipo de estos moteros fuertotes a los que les ponen los automovilistas escuchimizados como yo, lo mismo a cambio del gato quiere metérmela (con perdón) !Y eso sí que no ! !Faltaría más ! A mí no me sodomiza nadie mientras yo pueda evitarlo”; sigue andando en mitad de la noche, los búhos hacen uhu uhu entre al espesura. Y el tipo sigue calentándose más y más conforme se acerca a la casa « esta gente, qué se habrá creido !Por un gato ! Por un gato…Vamos,ni por un gato ni por nada !A mí no me da por culo ni Dios ! !Ni Dios ! ». A esto, que el hombre llega a la casa, se planta delante de la puerta y llama dando un par de enérgicos aldabonazos. Pasa un momento y la puerta se abre y aparece una viejecita de pelo blanco y aspecto inofensivo. El hombre, sin embargo, le da un bofetón que derriba a la pobre mujer y, girando sobre sus talones, le dice :

– !Le vas a dar por culo a tu puta madre ! Métete el gato por donde te quepa.

Me dice mi anónimo comunicante que su santa (austriaca) es así también. Que él no entiende por qué los austriacos no son capaces de explicar con claridad lo que les sucede y que, en su relación es un problema que tonterías que probablemente se hubieran resuelto en un periquete sin mayor problema, se enquistan y van engordando y van engordando hasta que revientan sin ton ni son y muchas veces sin lógica y desproporcionadamente.

Alberto, mi comunicante me pregunta si esto es así para todos los austriacos o si es que a él le ha tocado al china, perdón, la austriaca. Y me pide sugerencias para ver qué puede hacer para tratar de que su santa sea más comunicativa y se desahogue más con él, a fin de evitar disgustos y desperfectos en los objetos cerámicos de su hogar.

Yo, la verdad, no sé qué decirle ni si el problema tendrá mucho remedio. Pido a mis lectores que, si lo tienen a bien, le den a Alberto alguna idea.

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