La próxima descarga

StracheAunque parezca mentira, hay muchísima gente en este país que encontraría bueno y lógico que un personaje famoso volviera a la primera línea.

29 de Julio.- A nuestros vecinos del norte de Europa les resulta bastante sorprendente la indulgencia con la que, en el sur, vemos la corrupción. Aunque, quizá, más que indulgencia, habría que decir la vemos con resignación.

Los italianos, los celtíberos, nos tomamos el hecho de que los políticos se salten las reglas como si hacerlo fuera un rasgo más de la especie humana, algo tan congénito y natural tan inevitable como el hecho de que, periodicamente, el Etna entre en erupción o Valencia y su provincia se vean inundadas por la gota fría.

Pensaba yo en esto porque, el otro día, me invitaron a una fiesta y, al parecerme que entre los invitados había una muestra suficientemente extensa y aleatoria de la población aborigen, decidí sacar la conversación de Strache, a ver qué pasaba.

Los resultados de mis discretas indagaciones fueron curiosos. En general, la gente con mayor nivel de estudios (con perdón) se echaba las manos a la cabeza ante la idea de que, en algún momento, Strache pudiera volver a la política activa. Aunque por supuesto, no descartaban la posibilidad de que eso pudiera suceder. Se notaba sin embargo que aquellos de mis interlocutores de expediente académico más escueto claramente echaban de menos a Strache y estaban dispuestos a pasar por alto sus pecados.

La línea de defensa de aquellos que se erigieron en abogados de Strache era tratar de hacer presentable lo poco que les importaba que el político hubiera demostrado, como poco, cierta falta de escrúpulos. Aducían que todos los políticos son iguales y que, en el fondo, lo único que era distinto en el caso de Strache era que había tenido mala suerte y le habían pillado con las manos en la oligarca. Cuántas cosas más graves pasarán y no nos enteraremos, parecían decir moviendo la cabeza.

En vano trataban los que pensaban que Strache era un impresentéibol de convencer a la parte contraria de que había políticos honrados. Los otros eran inasequibles a estas razones y exhibían el excepticismo ese de los hombres que dicen que todas son iguales y de las mujeres que dicen que, de los hombres, el mejor, « colgao ».

Fue entonces cuando hice yo mismo una labor de instrospección y me di cuenta de que, en cierto modo –y solo en cierto modo- yo también echo de menos a Strache. Esta nostalgia, me dio también que pensar, porque vine a concluir que ese hueco que Strache ha dejado en la vida pública (y que él se esfuerza en llenar, tratando de darle sentido a su excéntrica posición) no deja de ser la savia de la que se nutre el populismo.

Si bien se mira, en todos los políticos populistas (y Strache no es una excepción) su « trabajo » oficial es quizá la menos importante de sus facetas. La mayor parte de su labor tiene lugar en zonas de sus electores muy alejadas del cerebro racional. Todos los políticos populistas son ante todo « animadores » que no trabajan sobre la zona racional de sus votantes, sino sobre todo y ante todo sobre los afectos (no sé si me explico). Strache tiene por ejemplo una fascinante zona « aspiracional » (se viste como toda la gente de clase media baja que forma el corpus de sus votantes, se vestiría si tuviera medios económicos para ello, esas camisas italianas de cuello grande, esos nudos de corbata gordos). Strache, lo mismo que Trump, lo mismo que Salvini, o Abascal, o Steve Bannon, son sobre todo productores de contenidos que buscan principalmente una respuesta emocional en el receptor. Una respuesta emocional concentrada en el tiempo. O sea, corta e intensa. Y buscan producirla a intervalos regulares.

Strache es un político hecho para las Stories de Instagram. Su función es (era) provocarnos una descarga y que, no bien haya terminado, esperemos la siguiente.

Sus votantes, aquellos que saludarían una vuelta de Strache, no le echan de menos como político, sino sobre todo como personaje, como entretenimiento. Aunque, naturalmente, es dudoso que se den cuenta. Es lo mismo que cuando la gilipollez aquella de los dragones se terminó la gente echaba de menos a la choni rubia de las trenzas. Es el mismo afecto inducido y poligonero. Confundir eso con la razón es como confundir el porno con el sexo o las hamburguesas con la comida.

Aunque todo esto probablemente sea demasiado complejo para que los votantes de Strache lo entiendan. Ellos están esperando ya la próxima descarga. Que llegará, claro. Quién lo duda.

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