101 Montaditos

A los ochenta y seis, la abuela del viajero es una influencer en el grupo de los pensionistas de su pueblo. A quién si no iba a haber salido el viajero.

16 de Agosto.- La abuela del viajero es una institución y, naturalmente, ella lo sabe. A sus ochenta y seis años, se conserva estupendamente. Sobre todo, sospecha el viajero, porque ve las claudicaciones lógicas de la edad como unas cosas a las que uno puede poner coto si uno se esfuerza en no perder las ganas de hacer cosas.

La abuela del viajero, por lo mismo, es envidiable. Todas las semanas va a la peluquería y siempre sale a la calle hecha un pincel. Con sus joyas, siempre impecablemente maquillada. La abuela del viajero es el ídolo de los pensionistas y, si tuviera Instagram, su destino sería el de ser una influencer.

A la abuela del viajero la conoce todo el mundo y ella disfruta de esta popularidad, porque a la abuela del viajero, como le pasa al viajero, y a la madre del viajero también, le gusta la gente y las quisicosas que le cuentan y si a esta la operaron del quiste o aquel está sordo como una tapia. Este sano interés por las vidas ajenas es la fuente de la eterna juventud. Como si dijéramos, un secreto familiar de longevidad y buena salud.

El viajero ha quedado esta mañana para desayunar con su abuela, en un bar que se llama 101 Montaditos.

Se la encuentra en la plaza del ayuntamiento, charlando con un señor. Como una reina que se interesase por la salud de sus súbditos.

-¿Cómo estás, hijo mío?

El hombre, visiblemente pocho, va explicando sus dolencias. La abuela del viajero, como Lola Flores (a la que se parece mucho en el carácter, como es notorio para cualquiera que la haya tratado un poco) le dice:

-Yo he estado muy mala. Con un pie en el cementerio. Pero mira, ahora estoy mejor.

El caballero tiene la mirada huidiza de los viejos, pero a la abuela del viajero, aunque es un poco dura de oido (a los ochenta y seis tampoco se puede pedir más) no se la ve este abatimiento de quien ha quemado las naves de la vida y se encuentra en retirada.

Despide al caballero y luego saluda muy cariñosamente a su nieto.

Los 101 Montaditos los lleva una familia latinoamericana (vamos, española a todos los efectos) y ellos también conocen a la abuela del viajero. El local está decorado (franquicia) con un supuesto estilo tradicional español. Mucho forjado, mucha pared pintada de rojo. Y olé.

El hombre que está en la caja nos toma el pedido. Luego, pide el nombre.

-Paco -dice el viajero. Y su abuela salta como una flecha:

-Alejandrina.

El viajero, la madre del viajero y su abuela buscan una mesa. Cometen el error de sentarse cerca de la tele, en la que a un volumen atronador alguien intenta vender una Thurmix que lo mismo te hace un guacamole que un „esmuci“. El viajero piensa si no será que están intentando impedir cualquier conversación („en Austria esto no pasa“, piensa el viajero y, acto seguido, se arrea una colleja mental).

Tres cafés (un cortado y dos con leche) y una tostada con jamón serrano (anda, déjame que te eche yo el aceite, bien por los dos lados) tres euros noventa. El viajero piensa que por tres euros noventa, en Viena, te sacan la lengua.

-!Rosmeri! !Rosmeri! -llaman desde la caja. Y Rosmeri, nada, en la parra.

El viajero y su abuela y la madre del viajero dejan tras de sí los 101 montaditos. A buen paso, se dirigen a la iglesia del pueblo, como a cuatrocientos metros.

-Tengo que ir a la farmacia a comprar eso que me han dicho que me ponga.

-Ah, pues vamos.

-No, no, antes voy a la iglesia.

En la puerta de la iglesia, la abuela del viajero le cuenta un chiste de los que cuenta en los viajes del Imserso (lo dicho: una influencer). Luego, se fija en una anciana de aspecto tristón que está sentada en un poyete fumándose un cigarro.

-Ohú la vieja -dice la abuela del viajero en un tono perfectamente audible- está ahí fumándose el cigarro y no puede ni con la fe de vida.

Luego, se dirije al viajero:

-Lo que me han echado de menos en el último viaje. Alejandrina, me han dicho, lo que te hemos echado de menos. Aunque este viaje no te iba a haber gustado, porque ha habido peleas y todo.

El viajero levanta una ceja.

-Claro, cuando voy yo, voy poniendo paz -el viajero no lo duda.

El viajero y su madre dejan a la abuela en la puerta de la iglesia, camino de sus rezos.

Cuando ya están cerca de casa, un caballero muy marchoso también pensionista, les para:

-Hola, hombre ¿Cómo andáis? Cuando te he visto pasar, he dicho, esta es la Isabel -por la madre del viajero- aunque este hombre tan mayor y con la barba blanca no puede ser su hijo – el viajero, a pesar de que le han llamado viejo, aguanta la sonrisa porque él viene de una familia de influencers y los influencers no lloran (ni envejecen)– cincuenta años hace que conozco yo a tu madre ¿Cuántos años tienes tú?

-Taitantos, dice el viajero.

-Pues ya ves. Cuando estuvo tu tío en el País Vasco !Lo que sufrimos todos! Madre mía, en aquellos tiempos del terrorismo -al tío del viajero lo destinaron al País Vasco en 1981, una época de lo más inconveniente para andar por aquellas tierras- antes es que éramos todos más de familia, ahora esas cosas se han perdido.

-Ya no nos conocemos nadie -dice la mujer.

-¿Y tu madre? -el caballero pregunta por la abuela del viajero, la influencer.

-Ha estado muy fastidiada, con la vesícula.

Otro señor, cercano, interviene:

-Uy, es que con eso se sufre mucho. A mí me la quitaron hace cuatro meses -se levanta la camiseta y nos enseña las cicatrices de la laparoscopia.

Todos poen cara de „qué cicatrices más curiosas“ (a ver, qué vas a decir).

El señor marchoso se dirige al viajero:

-Te conozco yo de cuando te llevaba tu madre en cochecito !Quién iba a pensar que te ibas a poner así!

Eso -piensa el viajero- ¿Quién se lo podía imaginar?

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