El porqué

El viajero se ha dado cuenta hoy de que, en el país en que nació, la democracia corre un peligro gravísimo del que casi nadie es consciente.

19 de Agosto.- Cuando el viajero era mocito -o sea, más o menos en el último tramo del Pleistoceno superior– su padre y él coincidieron por un pasillo de la tele con un caballero latinoamericano que había llegado a España en los años setenta del siglo pasado y que, por lo mismo, había tenido tiempo de observarnos a los españoles del mismo modo que el viajero observa hoy en día a los austriacos.

El caballero, que exudaba un cierto pesimismo, fruto de la edad y de las observaciones que mencionábamos en el párrafo anterior, le dijo al padre del viajero en un momento dado:

-Mire Sebastián, deje usted hablar diez minutos a cualquier español y, más tarde o más temprano, le dirá que él haría mejor que nadie uno de estos tres trabajos: presidente del Gobierno, seleccionador nacional de fútbol o director de Televisión Española.

Quería este hombre decir que, como a todo el mundo se le alcanza, los españoles tenemos opiniones muy definidas de la manera de realizar correctamente alguno de los cometidos anteriores.

Dicho esto: el viajero, por circunstancias de la vida, ha estado expuesto hoy durante casi todo el día a los programas informativos de las cadenas de televisión española más vistas. Y, como le pasaba al señor latinoamericano, ha tenido tiempo de sacar conclusiones. Y la conclusión que ha sacado es que, en España, la democracia corre un peligro tremendo.

Es así porque no puede haber una democracia sólida y sana sino hay medios informativos que informen de una manera precisa y libre de lo que pasa. Y en España los medios que dicen ser informativos no informan. Pero nada de nada.

La situación del espectador medio español enfrentado a las noticias, a diferencia de lo que le ocurre al espectador medio austriaco en la misma situación, es la de un visitante del Museo del Prado que quisiera ver Las Meninas de Velázquez poniéndose con la nariz a un centímentro de distancia de la superficie del lienzo. Es probable que, dependiendo de la sensibilidad estética del espectador, podría apreciar los pardos, el barniz, la pincelada. Pero ¿Habría visto Las Meninas? Pues no.

Aunque pueda parecer exagerado, cabe decir que la parte menos importante de la información es conocer los datos, lo que sucede.

Informar, obviamente, es otra cosa.

Informar es responder a las preguntas a las que el viajero se enfrenta todos los días cuando decide contar tal o cual cosa en Viena Directo. O sea, no solo contar qué ha pasado sino además qué ha pasado antes, qué es previsible que pase después pero, sobre todo, por qué ha pasado lo que ha pasado, por qué pasó lo de antes, etc.

El reto de informar es hacer que todos esos puntos en apariencia inconexos cobren sentido, y que lo hagan de manera que todo el mundo pueda entender ese sentido, con el objetivo claro de que cualquier consumidor de esa información pueda formarse una opinión propia y razonada sobre lo que ha sucedido y, cae por su peso, pueda tener una opinión crítica del sentido que alguien ha encontrado a esos datos que no son más que la materia prima de la información.

Hoy por hoy, hacer eso, para cualquier telespectador medio de los infomativos en España es absolutamente imposible.

Los cánceres están claros: primero, casi una total ausencia de una sistematización de los hechos que se cuentan. Segundo, la hipertrofia de la opinión, con interminables comentarios informes que terminan desdibujando cualquier análisis y sin que haya una separación estricta entre información y opinión, de manera que cualquier noticia se convierte, más tarde o más temprano, en un editorial.

Por último, la traslación a la información del mismo sistema que el populismo (de mierda) utiliza en la política: esto es, el privilegiar los contenidos que provocan en el espectador una respuesta emocional muy intensa y muy rápida pero que no le aportan nada al objeto de que pueda hacerse una idea de en qué mundo vive. Por ejemplo, los sucesos. Por ejemplo, la información sobre la violencia machista. En este último caso, la cosa es todavía más apabullante, porque se recubre lo que es, en un ochenta por ciento de los casos, puro morbo (y del más barato) con una coartada dizque social que lo único que hace es establecer una narrativa absolutamente reaccionaria a propósito de todo el asunto.

Aunque, en el fondo lo dramático sea que la realidad no produce tantas noticias como para rellenar las interminables horas de tertulia que el negocio necesita. Y eso sí que es grave, que algo que es, sobre todo, un servicio público, se haya convertido en el más crudo de los negocios.

Articulo publicado en Austria. Guarda el enlace permanente.

Un comentario a El porqué

  1. David dice:

    Gran articulo que me ha hecho reflexionar. Estoy de acuerdo en parte porque no creo que ni en Austria ni en ningún otro país sea distinto. Sólo que al fin y al cabo, los medios de comunicación son un reflejo de cada sociedad.
    Pero para mi está más viva la democracia en España gracias a esa mierda de información. Atrae a la gente y crea debates que por el contrario en Austria aún no se han planteado.

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