Celtiberia show

Desde que está de vacaciones en su país natal, el viajero anda cavilando a propósito de una diferencia fundamental entre austriacos y celtíberos.

22 de Agosto.- La abuela del viajero (la influencer, ver primer post de esta serie) ha pasado un bachecillo de salud que la tiene de médicos. Por esta razón, ha sido ella la que ha reparado en una cosa en la que el viajero no se había fijado.

Antiguamente (o sea, en el mundo analógico) había en todas las consultas de España (por lo menos en las de la Seguridad Social) la fotografía de una enfermera llevándose un dedo a los labios, al objeto de recordarle al respetable que había que guardar silencio o, por lo menos, mantener las conversaciones en un tono próximo al que se usaba en las iglesias, para que la gente pudiera enterarse de cuándo las llamaba el médico o, simplemente, para no molestar a los que venían con un flemón o con un cólico nefrítico (naturalmente, y tratándose de España, había por lo menos tres acompañantes por cada enfermo).

A pesar de todo, de la foto famosa y de los esfuerzos que celadores y enfermeros ponían para intentar poner silencio, las consultas de los médicos, eran unos sitios bastante animados en los que reinaba una algarabía jolgoriosa de conversaciones, de niños jugando y de mil y una fuentes de distracción.

Sin embargo, la abuela del viajero ha notado que, desde que existen los teléfonos listos, las consultas se han vuelto unos lugares no solo mucho más silenciosos, sino también más aburridos.

La abuela del viajero jura y perjura que los médicos y las enfermeras le dicen:

-!Ay, Alejandrina, menos mal que has venido tú, porque está todo el mundo abismado en los teléfonos y no hay manera de tener una conversación, ni de contar una anécdota, ni un chascarrillo ni nada! -la abuela del viajero podría interpretar que los médicos y las enfermeras se ponen muy contentos de que ella esté mala, pero ella, como es persona de buena índole, se toma esto que le dicen los médicos y las enfermeras como un piropo.

Asimismo, la abuela del viajero está totalmente de acuerdo con el viajero en que pocos placeres en el mundo hay que se igualen a una conversación con chicha y sentido.

Desde que está de visita en su país natal, el viajero anda cavilando a propósito de lo que a él le parece que es la diferencia fundamental existente entre los habitantes del Reino de España y los de APR (o sea, Aquella Pequeña República) y es que parece que los españoles son incapaces de sobrellevar los sobresaltos de la vida sin hacer ruido. O, por mejor decir, sin comentarlos exhaustivamente.

Por un lado, piensa el viajero que esto convierte a la sociedad celtíbera en un grupo humano bastante más sano (de las cabezas) que el formado por las personas austriacas, pero por otro lado, el nivel de ruido de España, que antes no le molestaba, ahora mismo, y sin duda por la influencia centroeuropea, le agobia mucho, hasta el punto de preguntarse si no será mejor estar un poco peor (por aquello de guardarse dentro determinadas emociones) pero, al mismo tiempo, vivir con un poco más de paz.

A los españoles, este tema del jaleo no solo no les molesta sino que les parece natural y, de nuevo, hasta sano.

Incluso, si un marciano viniese de Marte y analizase la sociedad celtíbera, incluso podría decir que tienen un horror vacui que les hace rellenar cualquier espacio de silencio disponible aunque solo sea con trozos de información perfectamente innecesarios.

En alemán, el adjetivo „ruhig“ es de esas palabras que son incuestionablemente positivo y el sustantivo „Ruhe“ (la tranquilidad, el sosiego) evoca una especie de paraiso en donde reina una paz celestial, o sea, esa que envuelve a los pisos de alquiler situados en entornos propicios.
Para un austriaco, lo que no es „ruhig“ es incómodo, feo, molesto. Se dice por ejemplo que un estampado demasiado estridente es „unruhig“ lo que ya da idea del aprecio que aquellos nacionales tienen por el que es, sin duda, una condición fudamental para la reflexión.

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