Memorias de un bebé precoz

Las únicas que, al final, quedan contentas con las biografías son las madres de los biografiados.

7 de Septiembre.- Uno de los géneros literarios más antiguos es el de la biografía pelotillera.

Desde que el mundo es mundo, cientos de generaciones de sufridos escritores han dedicado sus esfuerzos a pergeñar semblanzas favorecedorasde los mandamases de esta tierra. Los motivos, aparte de la propia vanidad de los biografiados (es condición sine qua non de los líderes y de las „lideresas“ el estar enamoradísimos de los hijos de sus madres) han ido desde lo pecunario -los hijos de los escritores tienen el vicio de comer tres veces al día- hasta el mero instinto de conservación (a ver quién le decía al faraón de Egipto que pasaba de cantar sus glorias).

Como pasa muchas veces en estos asuntos relacionados con la vanidad, a menudo sucede que el biografiado, al leer (si es que sabe y se molesta) lo que han escrito sobre él, se echa las manos a la cabeza y se arrepiente, si la biografía ha sido de encargo, de haberla encargado y, si no, de no tener a mano a un comando de expertos en que los asesinatos parezcan accidentes.

Por poner algunos ejemplos, quizá recuerden mis lectores de más edad el pitote que se montó en España cuando Jose Luis de Vilallonga -por lo demás un escritor sumamente competente- publicó la única biografía autorizada del que, según la voz del pueblo, era el monarca más campechano a este lado del Rio Grande (o sea, del Ebro). Quizá fue que la gente fue a buscar a ese volumen -que poseo- lo que no había, o sea, precisión histórica, revelaciones de calado, sin darse cuenta de que cuando un monárquico -y amiguete- escribe la biografía de su rey –y compañero de jaranas– solo puede esperar que lo que pase en Marbella se quede en Marbella, no sé si me explico.

Mas recientemente, la única señora, fuera de esa academia a la que el marido de Elvira Lindo va todos los jueves, que dice „aeromozo“ donde todos los demás decimos „azafato“, o sea Pilar Urbano, también cosechó el cachondeo del público al publicar una biografía -también autorizadísima- de la mujer del señor campechano del párrafo anterior. Vino a demostrar que los reyes y las reinas como mejor están es calladitos, como los muñecos de Disneylandia o Ronald McDonald, porque cuando hablan tienden a meter la pata.

Pilar Urbano dijo que la Reina le había dicho que a ella le parecía muy mal que los gays se casen y la gente se escandalizó, sin darse cuenta de que la reina (entonces, hoy jubilada) dado, como dicen los cursis, su „background“ no podía pensar de otra manera.

Pues bien: coincidiendo con las elecciones, a celebrarse en unas semanas, una periodista llamada Judith Gröhmann ha publicado una biografía autorizada, de Sebastian Kurz, el líder del Partido Popular austriaco. Judith Gröhmann debe de ser una señora que no se amilana ante las adversidades, porque ha conseguido escribir un libro de trescientas páginas que cuenta la vida de una persona que lleva funcionando en el mundo tres décadas, año arriba o abajo. De la primera parte, o sea, desde los pañales al acné, no debe de haber mucho que contar y del resto hasta hoy, lo que habría que contar, por razones obvias (como pasaba con Campechano) no se puede contar (o no se puede contar del todo).

El resultado es, según los que han leido el libro, un oyoyoyoyoy constante, y los extractos que la editorial ha publicado han servido para cachondeo universal aunque, como es una biografía autorizada en la que el propio biografiado (se supone) ha participado -dando entrevistas y eso- y el propio partido al que pertenece ha corregido y recortado, nadie se atreve a decir nada, no vaya a ser que sea peor el remedio de la enfermedad.

Lo que sí ha quedado perfectamente claro es que Gröhmann está absolutamente enamorada de su biografiado, que le ve y se le acelera el pulso y empieza a sentir cómo la víscera estomacal se le llena de mariposillas que, juguetonas, le suben por la columna vertebral y le nublan el entendimiento. Para ella, Sebastian Kurz es el epítome de todas las virtudes. Perpetuamente se encuentra abismado en sus pensamientos, sacrificándose en bien del Estado. Él es la lucecita del Hofburg, el centinela sin relevo. No deja Gröhmann piedra sin remover y hasta entrevista a los padres de Kurz, los cuales, como es lógico, no dejan de hacerse lenguas de la precocidad de su retoño el cual parece ser que, con un año cumplido, ya hablaba en frases completas (probablemente extraidas del programa del Partido Popular).

Aunque quizá, lo que le pasa a toda esa gente que se ríe de que Kurz, a sus treinta años, ya tenga una biografía (una leyenda áurea sobre su propia persona) es que se mueren de envidia.

-Ya quisieran ellos, hijo mío -debe de decir la madre de Kurz. Como diría la mía tambíen, claro que

sí.

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