Sombras nada más

En el Cementerio Central de Viena descansa una persona a la que conocí. Aunque quizá no tan bien como él se hubiera merecido.

10 de Septiembre.- Le recuerdo como una persona sonriente, los ojos oscuros siempre brillantes, como dos cantos lavados por un riachuelo. Un aire alegre pero un poco tenso, como esa sonrisa que se obligan a adoptar los bailarines de ballet clásico. Ahora que soy más viejo, puedo entender que quizá aquella apariencia era la máscara de alguien que ha construido trabajosamente su vida.

Un día, cuando iba camino del trabajo, me llamaron para decirme que había muerto.

-Cómo que se ha muerto.

-Se ha suicidado, se ha colgado de una viga de su casa.

Yo me quedé en silencio, incapaz de creerlo. A las ocho de la mañana es temprano para digerir que alguien a quien uno ha conocido haya decidido partir de forma tan abrupta.

Como, además, soy una persona bastante miedica, no me cabía en la cabeza que alguien hubiera elegido voluntariamente morir así. Morir ahorcado es sin duda una de las muertes más horribles a las que se puede enfrentar un ser humano (estoy escribiendo esto, y se me está poniendo mal cuerpo incluso). Pero además, colgarse es una manera de hacer presente la propia muerte para la persona que le encuentra a uno. Es la muerte-performance. Es la muerte-arma. Es la muerte-venganza.

Me hicieron daño y, por eso, yo marco para siempre este sitio. Cada vez que alguien que me conociera mire a ese rincón, a esa viga, no tendrá más remedio que sentir esa incomodidad alrededor del cuello, ese malestar a la altura del estómago.

Yo mismo, tiempo después, cuando todo aquello había empezado a quedar enterrado bajo el aluvión del tiempo, estuve en aquella casa en la que todo había tenido lugar y, mientras me tomaba un café, no podía evitar darme cuenta de que el espíritu de aquella persona estaba entre aquellas paredes. Una presencia que nos miraba sin manifestarse, como si mi cortesía le resultase irritante o no pudiera entender que la vida pudiera haber seguido sin él o, mejor, que la vida hubiera conseguido seguir manteniendo aquella apariencia de normalidad aunque él ya no estuviera.

Durante aquella hora (no he vuelto más a aquella casa) no pude evitar pensar cuál de los travesaños de la barandilla habría utilizado. Le imaginé solo, en la oscuridad, sabiendo que se despedía para siempre. Y me pregunté si yo hubiera podido de alguna manera haber evitado aquello.

Sí, sabía y sé que nuestra relación era lejana, que aún no sehabía liberado de esas convenciones de ascensor que impiden el florecimiento de la amistad de verdad. Sé que lo que para él había sido un drama sostenido y sordo, que había precipitado su decisión, para mí había sido una comedia ligera, apenas una situación embarazosa de la que tuve la suerte de escurrirme sin mayores consecuencias. Sé que quizá yo contaba con la ventaja imbatible de tener cerca de mí a personas que me hubieran escuchado, que me hubieran arropado ; pero también pienso que quizá no hubiera servido de nada, porque el juez más implacable es el que todos llevamos dentro y que no hay manera de sobornarle, porque ese juez sabe dónde duele y utiliza la información con la perfección de un virtuoso.

Cuando le incineraron, su madre se llevó la mitad de las cenizas del hijo muerto. Se las llevó a su país. Muchas veces me he preguntado qué diría aquella mujer a propósito de la causa de la muerte de un hijo que ya no le daría nietos. Qué le contaría a sus vecinas. Qué le contaría a sus amigas. Qué hablarían su marido y ella, si es que aquella muerte no se convirtió en uno de esos temas que las parejas con largos años de convivencia rodean con un muro alto de silencio.

De vez en cuando voy al Cementerio Central. Entre las tumbas, medio perdidas entre las hierbas altas, está su lápida, con una foto de él, en color, tomada poco antes de que decidiera que no le merecía la pena tanto trabajo para lo que la vida le daba. Hoy en día soy muchísimo más mayor de lo que él era al morir. Miro la tumba, hago cuentas, me sorprendo de que al morir él fuera tan joven. Sé que mucha gente le juzgó, bastante duramente, además, por haber decidido cerrar la puerta de esa habitación misteriosa que es nuestra existencia. Yo no hubiera podido. Ni puedo aún. Delante de su tumba siempre rezo un padrenuestro, y le deseo que esté bien, allá donde esté.

(Hoy es el día mundial para la prevención del suicidio. Muchos, se evitarían si las personas que deciden quitarse la vida tuvieran cerca a alguien con quien hablar, a quien contarles lo que les angustia, conviene recordarlo).

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