Opulenta forma de vida

StracheÉl es como los viejos actores que viven pensando en el regreso. Sin embargo, alguien más joven y con menos escrúpulos amenaza esa vuelta.

23 de Septiembre.- Siempre he dicho que la vida de Heinz Christian Strache es una novela que espera ser escrita. Más que una novela, un novelón.

Strache es un personaje apasionante, lleno de recovecos. Sería estupendo que, algún día, se decidiera a conceder una entrevista en profundidad (si me la concediera a mí, pues todavía mejor). Una entrevista en la que dijera la verdad, en la que se confesara.

No sucederá nunca, claro, porque Strache es como los buenos actores, capaz de creerse que la verdad (y, por lo tanto, la verdad confesable) es en cada momento lo que tácticamente más le conviene pensar (bien por cálculo o simplemente para garantizar su propia estabilidad psicológica).

Tal como yo lo veo, la fuerza de una biografía de Strache brotaría de dos fuentes. Por un lado, la herida inicial. El crío que crece en una familia del bajo proletariado vienés de la segunda mitad del siglo veinte. Una infancia que le dejó una cicatriz indeleble que le lleva a buscar amor y atención (de hecho, se puede ver su carrera política posterior como una búsqueda incesante de ese amor, de esa aprobación) y por otro lado, una pasión, la de la política, que tiene menos que ver con el poder en sí mismo (aunque el poder, para Strache, sea probablemente un modo de obligar a la gente a que le quiera) como por una búsqueda de trascender los límites de la clase social en que nació. Un origen social que él debe de asociar con un pecado original que le mancha y del que no puede librarse por completo (de ahí su adoración por personajes como por ejemplo Ursula Stenzel).

Es más : bajo mi punto de vista, la vida de Strache se vuelve mucho más interesante ahora, porque el personaje está pasando por lo que, para él, debe de estar siendo un calvario. No solo le están privando del amor de su público (con lo que él ha sacrificado para ganarse ese amor) sino que también se están ejecutando toda una serie de venganzas un si es no es mezquinas por parte de personas que, en su momento, le temían, le querían, o decían temerle y/o quererle. De alguna forma, Strache es ahora mismo un poco como esos viejos actores adictos a las tablas, que viven para preparar la última función, la definitiva, la de la retirada. Una función que todo el mundo sabe que no se representará nunca. Todo el mundo, menos ellos. Pero la seguridad del regreso, aunque sea precariat es lo que les mantiene con vida.

Los medios austriacos informan de que el nuevo jefe del FPÖ vienés, Dominik Nepp (un completo desconocido) ha denunciado el « opulento nivel de vida » de Strache en su vida privada (naturalmente, en su vida pública Strache era el abogado de las viudas sin recursos, el campeón de los pobres, el sostén de los ancianos –sobre todo si eran rubios y con los ojos azules-, el socorro del obrero, etc).

Según Nepp, Strache habría podido cargar algunas de sus cuentas personales al partido, hasta un límite mensual de diezmil euros mensuales.

Dicen los que entienden que se trataría de una maniobra (un clavo más en su ataud) para impedir que Strache pudiera volver a la palestra polítca. El plan de Strache era dejar pasar tiempo y protagonizar un regreso sonado presentándose como candidato ultraderechista a la alcaldía de Viena (es probable que las elecciones se celebren en algún momento de la primavera de 2020).

Está claro que Nepp quiere ser el que salga en los carteles. Yo que Strache me tomaría en serio la amenaza.

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