La gran Bertha (3)

¿Son los individuos pacíficos menos tontos que los que se dedican a hacer el mal? Bertha von Suttner pensaba que sí.

6 de Octubre.- Lo que después se llamó la Belle Epoque fue una época fascinante, que tiene mucho que ver con la nuestra. Para lo bueno y para lo malo. Un mundo, el que había salido del Congreso de Viena, que fue una cosa así como el Festival de Eurovisión de todo lo carca y lo reaccionario, se resquebrajaba sujeto a unas tensiones enormes. Como sucede en nuestro tiempo, la irrupción de unos cambios irrefrenables en la tecnología y en la economía eran la raíz del pánico de las clases hasta entonces privilegiadas; al mismo tiempo, todos los inventos que entonces se consideraban (y lo eran) milagrosos, hacían viable, quizá por primera vez en la historia de la humanidad, la creencia en un progreso más o menos indefinido e independiente de cualquier supuesta voluntad divina.

En el plazo de pocos años, la idea de Dios como regulador del mundo, perdió importancia en unas sociedades que se hacían cada vez más laicas y, al mismo tiempo, ferozmente nacionalistas. O, mejor dicho, en las que poco a poco, la ciencia ocupaba el lugar de Yahvé. La intelectualidad europea empezó entonces un proceso de demolición (a veces demasiado alegre) de los dogmas establecidos y, en una efervescencia que sufrió un parón con la primera guerra mundial y que luego se ralentizaría mucho en el periodo de entreguerras y durante el nazismo, todo fue cuestionado. Cualquiera que examine aquella época con un poco de distancia (época de la que nosotros somos hijos) verá también con asombro que, en muchos casos, la creatividad con la que los intelectuales europeos propusieron nuevas soluciones a los viejos problemas, lindó a veces con la locura en todas sus manifestaciones. Desde las perversas teorías raciales (disfrazando de ciencia lo que eran en realidad las fantasías de cuatro pirados) a un idealismo cuya candidez quizá hubiera merecido mejor causa.

Fue el caso, probablemente, de Bertha von Suttner.

La habíamos dejado en el capítulo anterior, con su libro „Abajo las armas!“ recién publicado.

Como hubiera dicho Jesulín de Ubrique, en dos palabras, el libro fue un bom-bazo. Se publicaron treinta y siete ediciones y se tradujo a doce idiomas. Las críticas fueron ditirámbicas. Una de ellas decía, por ejemplo, que la publicación del libro de Bertha von Suttner, independientemente de su calidad literaria, abría nada más y nada menos que un nuevo capítulo en la Historia de la Humanidad. Desgraciadamente, no fue ni mucho menos para tanto.

Von Suttner se posicionaba con su libro en lo que entonces era el discurso pacifista dominante. O sea, el que consideraba la paz no ya como un estado ideal, sino como un derecho fundamental, un derecho natural, en contraste con la guerra, que se debía al error humano y que, por lo mismo, merecía ser desterrada. Naturalmente, los „derechos naturales“ podían y debían ser reclamados por la gente, de manera que existía, según Von Suttner y los que pensaban como ella, „un derecho a la paz“.

Naturalmente, las teorías darwinistas estaban también a la orden del día y por supuesto, los pacifistas las utilizaban también para defender la validez de sus dogmas. Los malos, los menos aptos de Darwin, eran los bobos que se dedicaban a la guerra, en tanto que los indivíduos más potables de la especie humana eran los que estaban más al corriente de que la guerra era una manifestación de la estupidez del hombre, un desperdicio de recursos y una fuente inacabable de dolor (así es de verdad). De manera que eran estos últimos los que merecían que les dieran el mango de la sartén, al objeto de que gobernasen el mundo y lo dejaran hecho un jardín de concordia y amabilidad en el que los conflictos se resolvieran sin disparar un solo tiro.

(Ya lo sé, querido lector: la teoría, aunque tenía cierto tufillo de moralina, era genial, pero la práctica la verdad…Bueno, la práctica ha sido y es otro cantar).

El 3 de septiembre de 1891, casi exactamente veinticinco años antes del principio de esa carnicería que, por comodidad, llamamos primera guerra mundial, Bertha von Sutter anunció en un artículo en la prensa la fundación de la „Sociedad Austriaca de Amigos de la Paz“. Escuchémosla a ella misma:

-…Darum ist es nothwendig, daß überall dort, wo Friedensanhänger existieren, dieselben auch öffentlich als solche sich bekennen und nach Maßstab ihrer Kräfte an dem Werke mitwirken.

(O sea: es necesario que, en todas partes donde existan partidarios de la paz, ellos mismos se definan públicamente como tales y en la medida de sus posibilidades trabajen en esa obra).

En plata: pacifistas de todos los países, salid del armario, joé, y poneros a la tarea, que se nos acaba el tiempo.

(Como Greta ¿Verdad? Esperemos que lo de la niña termine mejor que lo de Bertha).

El éxito de este llamamiento de Von Suttner fue extraordinario. Bertha von Suttner fue nombrada presidenta de la Sociedad Austriaca de Amigos de la Paz (lo fue hasta su muerte, en 1914) y después vicepresidenta del movimiento mundial por la paz.

En 1897 incluso le envió al Emperador Paco Pepe un escrito en el que pedía la creación de un tribunal de arbitraje internacional que moderase los conflictos entre países para que las (putas) guerras terminasen de una (puñetera) vez.

Sin embargo, quien crea que las semejanzas de Bertha von Suttner con la niña Greta terminan aquí, se equivoca, como veremos en el próximo capítulo.

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Capítulo 7: Viktor, el hombre de Indi Ana

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Un comentario a La gran Bertha (3)

  1. Luis dice:

    Qué bien que esta serie tenga más capítulos

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