La gran Bertha (4)

A pesar de tener que enfrentarse a duras pérdidas personales, Bertha von Suttner continuó diciendo verdades como puños. Con muy poco éxito, la pobre.

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13 de Octubre.- En 1898, Bertha von Suttner demostró ser una mujer muy avanzada para su época.

En este año publicó una obra en la que se manifestaba públicamente en contra de la experimentación con animales (en aquella época se llamaba vivisección). Su argumentación en contra se basaba en la compasión, de nuevo atribuyendo la compasión, la empatía, el odio por el sufrimiento de otros seres vivos, a lo mejor de la Humanidad (otra vez, implícito, el darwinismo) de manera que, según ella, quien olvidaba la compasión y, por lo mismo, endurecía su corazón, „le hacía más daño a la posteridad que el que no conseguía un determinado resultado científico“.

Von Suttner comparaba a los cazadores y a los soldados con los investigadores que utilizaban animales, y decía que, en ellos, la costumbre de la violencia estaba tan arraigada que embotaba todos los demás sentidos.

En 1899, Bertha von Suttner participó en la primera conferencia de paz de La Haya, en la que se trataron, con presencia de representantes de los Gobiernos del mundo (los cuales, seguramente, estuvieron todo el rato riéndose a carcajadas) temas de desarme, de seguridad nacional y, por supuesto, la creación de un tribunal internacional de casación para intentar que los conflictos entre naciones se resolvieran con el diálogo y no hubiera tantas guerras.

Como luego se demostró, ni Bertha von Suttner ni los pacifistas tuvieron ningún éxito. Y, sin embargo, sus palabras siguen siendo tan modernas hoy como hace más de un siglo. Escuchémosla decir verdades como puños:

Die Religion rechtfertigt nicht den Scheiterhaufen, der Vaterlandsbegriff rechtfertigt nicht den Massenmord, und die Wissenschaft entsündigt nicht die Tierfolter.

O sea:

-La religión no justifica los campos de ruinas, la Patria no justifica el asesinato en masa y la ciencia no hace menos cruel la tortura de los animales.

En 1902, Gundaccar von Suttner, el marido de nuestra heroina, enfermó gravemente y su mujer tuvo que ir sola a la segunda conferencia de paz, que en esta oportunidad tuvo lugar en Mónaco. Poco tiempo más tarde, el pobre Gundaccar pasó a mejor vida y dejaron de preocuparle los problemas de la paz, como es comprensible. A la tragedia de perder a su marido, se unieron los problemas económicos.

La granja en donde vivía Bertha von Suttner tuvo que ser subastada para pagar las deudas y la escritora se vio obligada a volver a Viena. Siguió publicando libros.

En 1903 viajó de nuevo a Mónaco, para asistir a la inauguración del Instituto Internacional de la Paz, que había fundado el príncipe Alberto I de Mónaco (quizá porque, al ser Mónaco un país tan birria, no podía pensar ni en emprender guerras ni en que nadie las emprendiera contra él).

En estos años, Bertha von Suttner viajó y dio conferencias no solo en Europa, sino también en América. Su reputación la precedía, de manera que fue incluso recibida por el presidente Roosevelt en la Casa Blanca.

Bertha von Suttner volvió entusiasmada de los Estados Unidos en donde, a su juicio, el pacifismo estaba mucho más avanzado que en Europa.

Naturalmente, su lucha incansable por el fin de las guerras le había granjeado ya por aquella época la antipatía de la ultraderecha, en cuyos círculos se la llamaba despectivamente „Friedens Bertha“ (algo así como Bertha la Pacífica) .

El 10 de Diciembre de 1905 Bertha von Suttner recibió el premio Nóbel. La ceremonia de entrega tuvo lugar en Cristianía en Abril de 1906.

En su discurso, Bertha von Suttner nombró las medidas que, a su juicio, hubieran hecho falta para terminar de una vez por todas con las guerras. Eran tres:

-La primera una serie de tratados internacionales con vistas a consagrar un tribunal de casación internacional (lo mencionábamos más arriba)

-Una Unión de los Estados por la Paz, de manera que cualquier ataque violento de un Estado contra otro pudiera ser rechazada con las fuerzas de todos los demás (uno poco como los cascos azules actualmente).

-Un Tribunal Internacional que administrase justicia en nombre de los pueblos.

Aunque imperfectamente, estas Instituciones existen en la actualidad.

Bertha von Suttner vió claro lo que muchos de sus contemporáneos se negaron a ver. En el último capítulo de esta serie daremos cuenta de cómo se realizaron sus peores pesadillas.

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