El encierro

¿Cómo se ha visto en Austria la noticia del día en España ? Me perdonarán mis lectores si acudo a una comparación autobiográfica.

24 de Octubre.- Yo soy de San Sebastián de los Reyes, en Madrid. Cuando yo era chico, todavía una ciudad separada de Madrid por una eternidad de campos amarillos, hoy en día parte anticipada de la capital. El pueblo celebra sus fiestas patronales en agosto (vestigio de un lejano pasado de trigales y caciques) y en esas fiestas hay encierros.

Hoy en día me levanto todos los días antes del amanecer y me da igual, pero de crío, cuando llegaban los alrededores del día 15 de Agosto, había que levantarse a eso de las siete y madrugar para ver los encierros, porque se suponía que nos tenía que interesar mucho, y a mí aquello de dejar la cama tan temprano me dolía en el alma. Como es de suponer, a mí, personalmente, me interesaban los toros lo mismo que el que me hicieran una colonoscopia pero, aún así, abandonaba aquellas sábanas que ya empezaban a tener una tibieza deseable y me echaba a la calle, temprano « para coger sitio en las tablas ».

Los encierros eran a las ocho, y a aquellas horas en la calle solo olía a churros (un olor que desde entonces me revuelve el estómago) y a orines (naturalmente, lo que los borrachos ingieren tiene que salir por algún sitio). Para ver mejor los toros, nos encaramábamos a aquellas tablas pintadas de color corinto, polvorientas, y nos armábamos de paciencia. Era el primer momento del verano en el que nos poníamos una rebequita (porque ya empieza a refrescar) y eso, y el acortamiento de los días, que presagiaba la oceanica extensión de las tareas escolares, con su interminable rosario de terrores asociados, hacía que a los madrugones se les asociara la melancolía del final del verano.

Subido a aquellas cosas, uno se entretenía como podía y combatía su somnolencia como Dios le daba a entender. Conforme se acercaban las ocho y el esperado chupinazo (el cohete que indicaba que aquella carrera inútil empezaba en algún sitio) aumentaba la tensión. Por fin, aparecían los primeros corredores, se oían a lo lejos los cencerros de los cabestros y diez segundos más tarde, cuando aquella mezcla de hombres y bestias se perdía envuelta en una nube polvorienta, en dirección a la plaza de toros, uno se juraba no volver a participar en aquella pérdida de tiempo (y de sueño).

Hoy pensaba yo en todo esto, con relación a la larga espera para ver cómo el ataud que contenía lo que queda de Francisco Franco era cambiado de sitio. Un traslado que, por cierto, ha provocado en Austria un eco mediático muy justito. Ahora mismo (las ocho), en la tele pública, el inefable Josef Manola le ha explicado a los austriacos lo que ha pasado. Al fin y al cabo, señora, eso debe ser el periodismo : hacerle al espectador comprensible lo que pasa.

La versión austriaca del unboxing ha sido la siguiente : dictador, tras cuarenta y cuatro años enterrado en gigantesco mausoleo con todos los honores ha sido trasladado a un panteón familiar. Para aliñar un poco la crónica, entrevistas a los…¿Cómo llama uno a esa gente sin ofenderles ? Manola los ha llamado « fans » de su ídolo (Idol) como si Franco hubiera sido Lola Flores o Camilo Sesto En fin : para aliñar, entrevistas a esa gente excéntrica. Profusión de banderas de las que salían en las monedas de cinco duros de cuando yo compraba cromos de Festival del Dibujo Animado. Entre los entrevistados, un caballero (curiosamente ataviado con una chaqueta loden gris, más austriaca que otra cosa) se ha lamentado frente al micrófono de Manola de que España ya había dejado atrás el franquismo (él, suponemos, era el botón de muestra) y « ya se le había olvidado Franco » pero que claro, con todo este bullebulle, los celtíberos se habían vuelto a acordar de él.

Manola, el hombre, se ha marcado un total diciendo que, por lo menos simbólicamente, el « unboxing » de Franco había sido una reparación para las víctimas de la guerra civil.

Uno, mientras veía esto (que ha caido en el telediario, repito, casi en el capítulo de curiosidades) uno pensaba en todo el rato que se ha pasado esperando a que salieran los nietos de Franco, uno de ellos pretendiente al trono francés, nada menos, con la caja a hombros. Total, para cinco minutos de chicha. Como cuando los encierros.

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