Por qué no aprendo a conducir

La gente me dice que debería aprender a conducir coches, pero la verdad es que yo creo que hacerlo sería pagar un precio demasiado alto.

27 de Octubre.- La del viernes fue una tarde muy chula, la verdad. Resulta que hace como seis o siete años, iba yo una mañana en el metro, camino de mi trabajo de entonces. Como acostumbro, llevaba un cuaderno sobre las rodillas y, tras decidir el tema, iba escribiendo el post de aquel día. A cierta altura, se sentó una mujer a mi lado. Según parece, como le ha pasado a mucha gente, a la mujer le llamó la atención el ver a una persona escribiendo tan deprisa y con aire de concentración, miró de reojo y se dio cuenta de que estaba escribiendo en español. Esto, la decidió a preguntarme:

-¿Estás escribiendo un libro?

Yo, como siempre hago, levanté los ojos del cuaderno, sonreí con amabilidad y parece que dije:

-Algo así.

El tren llegó en ese momento a la estación en donde ella tenía que bajarse, así que me dijo:

-Qué alegría que te haya llegado la inspiración aquí, en el tren -un sitio muy poco a propósito, si bien se mira. La mujer tenía razón.

Pues bien: el viernes, seis o siete años después, tuve la inmensa alegría de sentarme con esta persona. No daré más detalles porque ella me pidió que nuestra charla fuera confidencial, pero diré que fue muy agradable y tuve ocasión de constatar otra vez lo que siempre digo: siendo yo, como aquel que dice, un tipo bastante del montón, tengo unos lectores que son superlistos y que saben muchísimas cosas que yo no llegaré a saber. Un placer, de verdad.

Pues bien: resulta que, volviendo de esta que fue una merienda tan agradable, llegué a la Estación Central, dispuesto a coger el tren que me llevó a mi lugar de residencia. Llegué mucho tiempo antes de la hora de salida, y pude elegir sitio, que siempre gusta. Saqué del bolsito -por mal nombre mariconera- que siempre llevo mi libro electrónico y me puse a leer una auténtica delicia: „El Maestro Juan Martínez que estaba allí“ de Manuel Chaves Nogales.

En esto, que se subió al tren una joven evidentemente nerviosísima que le preguntó en inglés a otra pasajera si el tren iba para una localidad de Burgenland que no diré, también para proteger el anonimato de la muchacha. La pasajera le dijo que sí, que no se preocupara, y la muchacha se sentó justo delante de mí.

El acento -!Ay, nuestro acento hablando inglés!- era inconfundiblemente celtíbero, así que le pregunté a la chica, en inglés, si era española. Y ella, amabilísimamente, me dijo que sí. Me explicó, aún con el miedo en el cuerpo, que la última vez se había subido a un tren y que, si no hubiera sido por el revisor, hubiera terminado „en Ucrania“. Yo le dije que no había peligro y ella me volvió a preguntar, como si oirmelo en español la reafirmara en su decisión, si aquel tren iba donde todos pensábamos que iba. Le dije que sí y me cambié de sitio -a aquellas alturas, la muchacha estaba a punto de pillar una tortícolis-.

Le pregunté que cuánto tiempo llevaba en Austria y me dijo, no sin cierto orgullo, que solo llevaba tres meses, porque había venido para la vendimia.

Disimulé mi sorpresa (la muchacha era muy joven aunque se la veía muy dispuesta) y llevado por una idea preconcebida, empecé a pensar que la muchacha era una víctima de la crisis. Pero no: la historia de la chica era muchísimo, pero muchísimo, más interesante.

Resulta que la muchacha estaba aprendiendo. Muy orgullosa -justamente orgullosa- me estuvo explicando que sus padres tenían una bodega en el Priorato, en Cataluña, y que estaba estudiando enología. Que su profesor la había elegido para que fuera ella a una bodega de Burgenland a aprender.

El viaje se nos pasó en un suspiro. Por lo menos a mí. Estuvimos hablando no solo de lo obvio, o sea, de las diferencias entre España y Viena, sino también del machismo, que aquella chica, a la que se veía no solo listísima, sino muy recia y muy madura, había tenido que sufrir en sus carnes.

-No hagas caso -le dije- no hay nada que un hombre pueda hacer que no pueda hacer una mujer.

Tan impresionado estaba por su conversación, por la auténtica y genuina pasión que sentía por su oficio, que no tuve por menos que preguntarle:

– ¿Se te puede preguntar cuántos años tienes?

Ella se echó a reir:

-¿Cuántos me echas tú?

-Pues hombre, yo te diría que veintipocos.

-Tengo veinte.

La verdad es que era impresionante y su entusiasmo era contagioso. Me explicó que lo que más le gusta de su oficio es que te conecta con las cosas más bonitas de la vida.

-Si bebes vino, si disfrutas con el vino ¿Con qué quieres acompañarlo? Pues con la comida, con una buena comida. Y la buena comida, con buena compañía.

O sea, que el vino es la puerta del placer.

Cuando estuve esta semana en el sureste de Europa, me insistieron mucho en que tenía que sacarme el carnet de conducir. Yo di largas, como siempre, pero yo creo que saber conducir significaría pagar un precio muy alto: renunciar a estos encuentros casuales que me dan la vida.

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Un comentario a Por qué no aprendo a conducir

  1. Bad Vöslauer dice:

    Saber conducir no implica ser propietario o usuario habitual de un automóvil, de la misma manera que saber navegar no quiere decir que vayas a cruzar el charco o saber jugar (Spielen) un instrumento que lo hagas a todas horas. El saber no ocupa lugar, que se lo digan a los bibliotecarios, y es una destreza más de la vida, y es que además de los encuentros, también te privaría de testar el Heurig anual que luego ya se sabe como se acaba eso. Es un pretexto para ir sin preocupaciones a todos sitios, pero desgraciadamente no todos los fabulosos lugares son visitables en transporte público, o no hay conexiones razonables a horas intempestivas y al final ahorras tiempo, aunque pierdas conversaciones.

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