Al pam pam

Hay un viaje del que nunca se regresa y un complemento que algunas mujeres piensan que no puede faltar en su bolso.

29 de Octubre.- Uno de los argumentos más solidos para mantener severos controles sobre la posesión de armas de fuego es hacerse la pregunta más sencilla del mundo, que es para qué podría querer nadie normal tener un trabuco en su casa. Si una persona se hace esta pregunta y encuentra una respuesta, es muy probable que no esté en sus cabales o que esté tramando algo.

Este fin de semana pasado, los huéspedes de un hotel situado en una localidad de la periferia (ni diremos el nombre ni diremos el hotel, que ya bastante tendrán los pobreticos) se despertaron sobresaltados en mitad de la noche porque escucharon unos tiros.

La dirección del hotel llamó a la policía y las fuerzas del orden se personaron en el establecimiento para investigar lo sucedido. No tardaron mucho en averiguarlo.

En una de las habitaciones del hotel había dos cadáveres, uno de un hombre de 50 y el otro de una mujer de 35. Ambos estaban bastante agujereados. El instrumento con el que se habían hecho los agujeros era obviamente un revólver. Pronto la noticia saltó a los medios. De las dos personas, una había facturado a la otra a la eternidad y, acto seguido, ella misma se había comprado un billete para el único viaje del que no hay posibilidad de regresar.

La pregunta, naturalmente, era quién había matado a quién y en qué orden. La cosa, por lo que parece, fue así.

La mujer, una directivo de grado medio de los ferrocarriles austriacos, se conoce que era una de esas personas que piensan que un revólver es el complemento indispensable que toda mujer debe llevar en el bolso. Desde hacía un par de aöos, mantenía una relación con el hombre, maquinista de los ferrocarriles austriacos (no haremos chistes sobre el pito de la locomotora, porque no es lugar). En fin. La relación debía mantenerse en secreto porque el hombre estaba casado y tenía dos criaturas.

Parece ser que el hombre estaba feliz con la situación (no era para menos, porque parece que había vuelto a mantener relaciones conyugales con la legítima, de manera que, como decía Victoria Abril en Amantes, tenía « una para los pares y otra para los nones ») sin embargo, la directiva de los ferrocarriles austriacos era más de Carmen Linares, y como la flamenca cantaba aquello de « si me camelas, si me camelas, llévame por calles anchas y no por las callejuelas ».

O sea : que deseaba que su querido dejase a su mujer (ella ya se había divorciado) y se casase con ella, a ser posible en una boda en la que se derrochasen metros y metros de tul ilusión.

El hombre no estaba por la labor (cómo iba a estar, si estaba cansado pero feliz, cavando dos huertos) así que la directiva de los ferrocarriles, harta de que la tomaran por el pito del sereno (el pito, again), decidió cortar por lo sano (es un decir, claro).

Propuso a su amante una velada romántica en el hotel que estaba destinado a ser el último en el que dormiría. Para ir calentando motores, lo llevó a una fiesta. Quién sabe si entre copa de vino y copa de vino, ella le volvió a proponer matrimonio. Quién sabe si el hombre le volvió a decir que su santa dependía mucho de él económica y emocionalmente, que no quería que sus críos pasaran por un divorcio…En fin : esas cosas que ese tipo de hombre dice cuando una mujer le aprieta las tuercas. Entretanto, el revólver dormía en el bolso de la mujer.

Cuando llegaron al hotel, al pam pam y al hombre pum. Y luego ella decidió que con una muerte sobre su conciencia, no le merecía la pena seguir viviendo.

No semos náiden.

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Un comentario a Al pam pam

  1. Luis dice:

    Entonces, ¿puede decirse que es un «crimen hembrista», o lo dejamos en «crimen pasional» como en las novelas de Agatha Christie?
    Saludos a esa Austria feliz desde Madrid.

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