Alma Mahler: la mujer indómita (1)

En mi casa somos muy fanes de Rocío Jurado, una gran mujer con mucho en común con nuestra protagonista de hoy.

17 de Noviembre.- Puede parecer un poco raro empezar esta serie de post a propósito de una de las mujeres más influyentes de la alta cultura austriaca citando a Rocío Jurado.

La famosa cantante española fue una mujer no solo con la cabeza muy en su sitio, como desmostró repetidas veces, sino una mujer fuerte, de gran carácter. Quienes la conocieron, afirman que cuando alguien trataba de imponerle su voluntad, ella siempre decía (con perdón):

-En mi coño y mi zaranda, nadie manda.

Después de leer un poco a propósito de nuestra protagonista de hoy, yo creo que la cantante oriunda de Chipiona y devotísima de la Vírgen de Regla y Alma Mahler se hubieran entendido fenomenal, porque (de nuevo con perdón) en el coño de Alma Mahler mandó muy poca gente (vamos, ella y ya), aunque quizá, claro está, ella lo hubiera formulado de otro modo.

En alemán, naturalmente.

Alma Mahler nació en Viena el 31 de Agosto de 1879.

Veintiún días más tarde, por cierto, Thomas Alva Edison construyó la primera bombilla, la cual estuvo luciendo 48 horas. Un hito de la modernidad.

Los padres de Alma Mahler, que aún se alumbraban con velas y siguieron haciéndolo todavía durante un tiempo, fueron el pintor Emil Jakob Schindler y Anna Sophie Bergen, una cantante.

Fue, por cierto, una boda de penalty, porque cuando se casaron la novia acudió a la vicaría embarazada de tres meses de la que después sería su hija Alma.

Quizá si la situación económica de Schindler hubiera sido otra no se hubieran llegado a casar, porque en el momento en que Alma Mahler nació, la carrera de Schindler como pintor no terminaba de arrancar (un poco como la de la hija de Isabel Pantoja en el negocio musical). La cosa le iba tan mal que tenía que compartir piso con un colega suyo llamado Berger, circunstancia que, como veremos enseguida, propició que Schindler fuera „coronado“ por su mujer con una hermosa cornamenta, inaugurando así una especie de tradición familiar que su hija Alma puso en práctica con profusión.

Fue así: durante uno de los viajes de su marido, la joven esposa, madre de Alma, encontró que tenía el jardín de su casa muy sequito porque no tenía quien se lo regara, Berger se ofreció a arrimar el hombro y la manguera y de los esfuerzos hortícolas nació (probablemente de un repollo) la medio hermana de Alma Mahler, Julie.

Schindler, cuya estatua puede verse en el Stadtpark de Viena, falleció cuando Alma Mahler tenía trece años, cuando estas estrecheces económicas eran ya historia. Murió de una apendicitis perforada (el pobre).

La infancia de Alma Mahler se desarrolló pues en un entorno privilegiado, con bien de artistas y de gente inteligente entrando y saliendo de su casa.

Cuando su padre pasó a mejor vida, su madre se volvió a casar (cosa que luego haría Alma Mahler también, con cierta frecuencia). El afortunado sobre el que recayó la tarea de consolar a la viuda de Schindler fue uno de los últimos discípulos del difunto, Carl Moll.

Uno de los amigos de Moll era Gustav Klimt, al que, como todo le mundo sabe, le gustaban las señoras (de cualquier edad) más que los Kaiserschmarrn. Las fotos de Alma Mahler muestran que fue una niña bien mona (aunque Klimt, sospecho, no necesitaba de estímulos para abordar a „miembras“ del sexo opuesto), fue don Gustav el que le descubrió a Alma Mahler los secretos del amor. Él tenía 34 años y la jovencita 16.

De esto y de lo que viene a continuación se conoce que a nuestra protagonista de hoy le gustaban mayores. En 1902, o sea, a los veintitres, se casó con el compositor y director de orquesta Gustav Mahler, que contaba en el momento del enlace cuarenta y tres.

Alma y su marido tuvieron dos hijas: María, que murió de escarlatina con solo cinco años y Anna, que fue más tarde una escultora famosa.

Aunque no es cosa de contarlo aquí por extenso (ya tendremos ocasión si acaso otro día) Gustav Mahler era como cierto cantante español al que solo hay que nombrar por sus iniciales. O sea, un gafe de no te menees. Alma Mahler le culpó siempre de que, de alguna manera, hubiera „tentado al destino“ y hubiera provocado la muerte de su hija mayor María, al componer unas piezas que se llamaban „Canciones para la muerte de los niños“ (que ya hay que tener mala sombra).

Sea por esto, o sea porque Mahler no veía bien las inquietudes culturales de su mujer („tú a ser una mujer de tu casa, tus niños y tu marido que soy yo, y del resto te olvidas“) el matrimonio se terminó distanciando. En 1910 Alma Mahler se fue a descansar a un balneario cerca de Graz, mientras que el gaf…Digo, mientras que su marido se retiraba a Dobbiaco en el norte de Italia, a componer.

En el balneario en donde la señora Mahler trataba de recuperarse del estrés de la vida con su santo, Gustav, había otro huesped talentoso (aunque todavía no famoso) el arquitecto Walter Gropius el cual, andando el tiempo, fundó la Bauhaus. Lo que en principio estaba planeado como una sesión de reposo terminó siendo un romance apasionado entre Alma Mahler y el arquitecto berlinés.

Tiempo más tarde, Gustav Mahler encontró una prueba escrita de la infidelidad de su mujer y le pidió que volviera con él, pero ya era tarde. Como la Jurado, Alma Mahler era una mujer que no dejaba que mandase nadie en su…Bueno, en su corazón. Destrozado, Mahler acudió a otro gigante de la Viena de su época, al doctor Freud, para que le sometiese a su (entonces novedoso) psicoanálisis. No sirvió de nada. De todas maneras, un poco más tarde, en 1911, Gustav Mahler tuvo la mala pata de morirse de una endocarditis bacteriana (sus hemocultivos, por cierto, fueron una sensación médica y su caso fue objeto de estudio en el mundo entero).

Bueno, pues ahora se quedará con Gropius“, pensará el lector. Pues no fue la cosa tan fácil, no. Pero eso lo veremos en el próximo capítulo.

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