Bien muertos, bien frescos

En pleno centro de Viena está uno de los conjuntos más nutridos (y enigmáticos) de momias surgidas sin que intervenga la mano del hombre.

18 de Noviembre.- Desde el principio de los tiempos, a los seres humanos nos ha fascinado el hecho incontestable de que, venimos al mundo, estamos aquí un número de años que nadie es capaz de prever y luego, transcurridos estos, nuestro cuerpo deja de funcionar y nos vamos con la música a otra parte. Las personas que creen en una vida después de la muerte, pensamos que, efectivamente, existe un alma que anima esta carcasa fungible que todos habitamos. Los que no, pues piensan que, cuando el cerebro se apaga, pasa como cuando se apaga una televisión. No hay más.

A lo largo de la historia de la Humanidad, una de las reacciones que el ser humano ha tenido para tratar de vencer un poco ese horror al vacío que produce la muerte ha sido la de tratar de preservar el cuerpo de la descomposición a la que lo condenan, por ejemplo, las bacterias que habitan en nuestros intestinos mientras vivimos y sin las cuales no podríamos hacer la digestión. Civilzaciones y culturas de los cinco continentes han utilizado procedimientos más o menos sofisticados para preservar los cuerpos en espera de una hipotética resurrección. Desde los jíbaros, hasta los habitantes de los Andes, llegando, naturalmente, a los egipcios, los maestros de la momificación. Más de un mes les llevaba a los sacerdotes de las riberas del Nilo el conservar para la eternidad un cuerpo, mediante un proceso perfeccionado a través de los siglos mediante prueba y error.

Sin embargo, la ciencia se enfrenta todavía hoy a un enigma, el de las momias naturales. Es un hecho incontrovertible que hay cuerpos que, de momento, inexplicablemente, dejaron de funcionar pero cuyo proceso de descomposición quedó detenido en algún momento, sin que se pueda explicar qué sucedió para que todo esto ocurriese. En la antigüedad, se decía que esto sucedía como una señal de que Dios había tenido en vida una preferencia especial por el muerto preservado (por ejemplo, es famosa la momia de Santa Teresa, cuyos dos brazos, ojos, etcétera, están repartidos por varios lugares de la geografía española). La ciencia, por supuesto, no cree en milagros y prefiere buscar las causas de lo inexplicable en procesos naturales.

Uno de los conjuntos de momias producidas sin la intervención humana más famosos y más nutridos de Centroeuropa es el que se encuentra en la Michaelerkirche o Iglesia de San Miguel, en pleno centro de Viena.

En sus criptas, hay más de cuatrocientos cuerpos completos enterrados, aunque hay incontables más (literalmente) en forma de polvo de huesos mezclado con cera. La explicación de esto es simple: cuando la cripta, un auténtico laberinto subterráneo, se llenaba de muertos ilustres y se necesitaba sitio, se deshacían los ataúdes, se quemaban y se convertían los restos mortales en cenizas, que pasaban a integrar el pavimiento. De este modo, se puede decir literalmente que los visitantes de la cripta “caminan sobre cadáveres”.

Una de las ramificaciones de la cripta de la Iglesia de San Miguel parece que cumple las condiciones ideales para la formación de momias naturales. Un sistema de ventilación que producía corrientes de aire a través de la cripta y que estaba destinado a evitar la formación de vapores mefíticos, hizo que, algunos cuerpos terminaran desecándose y no se descompusieran y que, incluso, se preservasen los trajes con los que los cadáveres fueron amortajados. Esta es la explicación oficial. Sin embargo, no está totalmente claro que haya sido esta la causa de que los muertos de la Michaelerkirche hayan permanecido incorruptos. En los años sesenta del siglo pasado, con la mejor intención del mundo, se obstruyeron los conductos de ventilación de la Michaelerkirche, lo cual hizo que se condensase la humedad subterránea y subiese la temperatura, con lo cual se crearon las condiciones necesarias (óptimas) para que proliferasen las larvas de los insectos que se alimentan de las carroñas humanas. A pesar de esto, las momias naturales fueron respetadas por estos bichos, los cuales se comieron otras y dejaron intactos a los muertos incorruptos (personas que, sobra decirlo, en vida, fueron tan ejemplares como podamos ser usted y yo). De momento, el enigma sigue sin explicación.

Por cierto, en la Michaelerkirche tiene su origen una expresión que todos los que vivimos aquí hemos oido alguna vez. Cuando alguien es muy rico, se dice que es “Stinkreich” (o sea, apestosamente rico). Esto viene de que solo los ricos y famosos del barroco eran enterrados en la Iglesia de San Miguel. Los conductos de ventilación de la iglesia daban a la nave principal, por lo cual reinaba en ella la peste que todos mis lectores se pueden imaginar y que los eclesiásticos, para quienes el negocio de los enterramientos era la mar de lucrativo, trataban de mitigar a base de incienso. Sin conseguirlo mucho, la verdad. De ahí que se asociase la peste a cadaverina con un riñon bien cubierto.

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