Trabajar cansa (bueno, cansaba)

La vida está cambiando. Muy deprisa. Incluso nuestras más arraigadas convicciones están en crisis, como demuestra una iniciativa popular austriaca.

19 de Noviembre.- A lo largo de los siglos, la sociedad humana ha tenido al trabajo como uno de sus pilares fundamentales. A partir del neolítico, cuando la gente empezó a producir más comida de la que podía consumir, aparecieron los excedentes y, con ellos, la sociedad se dividió en dos tipos de indivíduos : los pocos que no necesitaban trabajar con sus manos, porque tenían a otros que lo hacían por ellos y los que, arremangados, mantenían a los que no trabajaban.

Como está claro que la gente aspiraba en general a la civilización del ocio (o sea, « menos trabajo y más gintonics ») para sostener este estado de cosas fue necesario crear toda una superestructura ideológica que se transmitía a los críos desde su tierna infancia.

La ética del trabajo

De modo que se construyeron mitos (cuentos) que explicaban este reparto de la sociedad consagrando la división entre los trabajadores y los que no lo eran. El que nos tocó en nuestra zona del mundo fue el de Adán y Eva. Nada menos que Dios padre era la clave de bóveda del sistema. Cuando nuestros primeros padres descubrieron, según la Biblia, la desnudez (y es de suponer que descubrieron al mismo tiempo más cosas) Dios les castigó compensando el gustirrinín recién catado con una serie de complicaciones. A Eva le tocaron supuestamente los dolores del parto y la obediencia al marido, a Adán le tocó en el reparto de tareas lo de « ganarse el pan con el sudor de su frente ». A partir de ahí, la construcción se apuntaló con toda una serie de advertencias y prejuicios en torno a la pereza, como calle segura hacia el vicio. Prejuicios y advertencias que, curiosamente, no regían para la minoría que no trabajaba. Esto es, los religiosos, los aristócratas y los estamentos más altos del Ejército. También se creó todo un folkore alrededor de la vida después de la muerte. El que era bueno en esta Tierra (y, por supuesto, ser bueno incluía e incluye trabajar) es recompensado con una vida de bienaventuranza en el más allá (en la que, naturalmente, se presupone el placer exquisito de que todos los días sean sábado).

De este primer escalón, el de la consideración del trabajo como algo no solo inevitable, sino beneficioso, se subsiguió, naturalmente, la necesidad de explicarle a la gente por qué había indivíduos de la especie que, a pesar de ser el curro algo tan saludable, no trabajaban (ni trabajan). Dichas explicaciones han sido tan variadas como la serie The Crown, en donde se nos explican las gracias y desgracias de la mujer más rica del mundo o el blindaje ideológico acumulado durante siglos en torno a los líderes religiosos. Este blindaje incluye, además, el considerar que dichas posiciones incluyen una serie de sufrimientos que, a pesar del bienestar material, las hacen indeseables. Lo que viene siendo el peso de la púrpura, o sea.

Ahora bien, imaginemos que en un futuro muy cercano, mucho más cercano de lo que puede parecer (quizá una generación, dos a lo sumo) no haga falta trabajar. Y no haga falta porque los ricos, o sea, los consumidores de nuestro trabajo, ya no necesiten que se lo vendamos, porque las máquinas harán las cosas mucho mejor de lo que cualquier humano podría nunca hacerlas. Esto que parecía una utopía hace un tiempo, ya está pasando. Delante de nuestros ojos y a una velocidad que progresa geométricamente. Antes de ayer desaparecieron los caballeros que nos echaban gasolina, mañana van a desaparecer las cajas de los supermercados, pasado mañana, los camioneros y los taxistas (es cuestión de diez años, a lo mejor) y dentro de veinticinco años, quizá, desaparezcan los administrativos. Miles, millones de personas en los países desarrollados se van a ver despojados no solo de su modo de vida sino, suele olvidarse, también de lo único que pueden utilizar para negociar con poderes que les superan. La Seguridad Social la inventaron los ricos para garantizar un suministro constante de trabajadores sanos, el sistema educativo, tal como lo conocemos nació en Prusia en el siglo XIX y su objetivo era producir también trabajadores obedientes y disciplinados, de competencias homologadas, que pudieran mantener funcionando la máquina de la naciente revolución industrial, que necesitaba personal formado (aunque no mucho) en cantidades, nunca mejor dicho, industriales.

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Si los dueños de la economía no necesitan ya más trabajadores o necesitan muchos menos, si grandes masas de la población se convierten en supérfluas, en insignificantes, si nadie necesita cuidarles ni garantizar su formación, si no pueden ni siquiera protestar, porque su protesta no tiene ninguna posibilidad de hacerse notar ¿Qué les queda ?

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En estos días, una iniciativa está levantando una cierta polémica en Austria. Se trata de una recogida de firmas para que en el Parlamento se debata el establecimiento de una renta universal de 1200 Euros para todo el mundo, sin condiciones, solo por nacer y vivir en Austria. Una renta que se sustentaría sobre un impuesto sobre las transacciones financieras (0,94% sobre cada transacción) . Para mucha gente, es una utopía, para otros, una humillación (vivir mantenido por el Estado), otros sin duda impulsados por siglos de inercia, de bombardeo cultural sobre el trabajo y sus bondades, no pueden concebir una vida de vacaciones eternas. Probablemente porque la ven peligrosa, porque les haría sentirse culpables. Yo, personalmente, no sé qué pensar. El asunto me plantea muchas dudas. Creo que es un tema, sin embargo, que merece una reflexión.

Por supuesto, como extranjero, no puedo firmar. Pero si pudiera ¿Lo haría ? ¿Qué harían mis lectores ?

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Un comentario a Trabajar cansa (bueno, cansaba)

  1. Angel dice:

    Dejas de lado la segunda razón por la que las masas son necesarias en la economía y que todavía les confiere cierto poder, aunque no sepan hacer con él: el consumo. Una máquina podrá pronto preparar una excelente tortilla española o unos deliciosos tacos, pero pasará más tiempo para que pueda comerlos y usarlos como combustible, pero se necesita de alguien que los consuma para seguir produciendo. Por eso la renta global no es mucho más que una estrategia de autopreservación del sistema. Aún sabiendo eso, o más bien por saberlo, yo firmaría, confiando en que como sociedad podremos movernos a un estado en el que encontremos actividades más estimulantes para utilizar nuestro tiempo y además en el que menos personas están excluidas. Seré muy optimista?

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