La Austria vaciada

En los últimos tiempos se ha puesto de moda hablar de la „España vaciada“, en Austria también hay su equivalente.

23 de Noviembre.- En los últimos tiempos, España ha despertado a los problemas de la llamada „España vaciada“ (la expresión, lo sé, es un poco ortopédica y tirando a fea, pero tampoco el fenómeno es lo que se dice bonito).

En mi país de origen, desde los años sesenta del siglo pasado, se dio un movimiento de la población del interior hacia las costas (particularmente Cataluña y el País Vasco, en donde estaba la industria y, por lo tanto el trabajo) y hacia Madrid. Poco a poco, las zonas del interior del país fueron perdiendo población. Muchos pueblos simplemente se quedaron vacíos y murieron al mismo tiempo que sus últimos habitantes y, en los núcleos de población que sobrevivieron, la vida se hace muy difícil, obstaculizada por impedimentos como la falta de servicios sanitarios y culturales que los habitantes de las ciudades más grandes damos por supuestos. Cosas tan simples como por ejemplo la cobertura de telefonía móvil.

Esto, también sucede en Austria. Aunque de momento no se haya acuñado ninguna expresión parecida a la de España es indudable que existe también una „Austria vaciada“.

Por razones que resultaría impertinente contar aquí, he tenido que ir a un funeral en un pueblo del interior de Austria, en el Waldviertel.

El pueblo en el que se celebraba era, dadas sus circunstancias, grandecito y está situado a unos kilómetros de la cabeza de partido de la comarca. Aún así, a pesar de que las casas parecen prósperas y están en su mayoría recién pintadas, faltaba en el ambiente la animación que suele reinar en un lugar vivo un sábado a las doce de la mañana. Muchas tiendas cerradas y de apariencia (supongo) involuntariamente hosca. Ninguna persona por la calle.

Al llegar, hemos aparcado en la plaza del pueblo, en donde había algunos cazadores que trataban de espantar el fresco de noviembre tomándose unas copas de vino (al verlos de caki yo los he tomado por soldados, pero no).

Hemos llegado a la iglesia demasiado pronto. Los empleados de la funeraria acababan de colocar el férertro de la difunta sobre un catafalco, en la nave central. Las coronas estaban ya dispuestas.

-¿A qué hora es el funeral?

-A las dos.

Como teníamos tiempo todavía, hemos ido al único establecimiento del pueblo que no estaba cerrado a cal y canto, una pastelería en la que, como podía verse, mataba el tiempo otra gente del duelo. Un hombre sesentón con un pendiente, una mujer de su edad (seguramente su esposa) y un joven bastante desgalichado de edad indefinible entre los veinte y los treinta, vestido con un traje negro seguramente comprado para la ocasión y con una camisa abotonada hasta el cuello, sin corbata, con una medalla al descubierto sobre la camisa. El calzado, unos zapatos de deporte también negros.

Una de las características tanto de la España vaciada como de la Austria que no está más llena es que son cápsulas del tiempo. Se nota en los locales, que están todos decorados con el estilo de los años noventa. Incluso la gente parece detenida, en su indumentaria, en 1995.

Cuando nos hemos terminado el café, hemos vuelto a la Iglesia.

La difunta ha alcanzado la respetable edad de noventa y cuatro años (por una coincidencia, la misma que la de la actriz española Asunción Balaguer, que ha fallecido también hoy). El templo estaba lleno, en buena lógica de personas mayores, muy mayores incluso, pero también de gente más joven, seguramente parientes, que indudablemente estaban muy tristes, de manera que uno ha sacado la conclusión de que la señora era querida y que, a pesar de haber alcanzado una edad provecta que hacía esperable su próxima despedida de este mundo, nadie se había terminado de hacer a la idea de que el momento había llegado.

Maissau

En la iglesia, decorada con unas pinturas dieciochescas de una factura más que correcta, reinaba esa paz silenciosa que impera en esos días de principios de Marzo en donde las nubes del invierno se deshilachan de vez en cuando dejando ver el sol.

Justo cuando los dos sacerdotes que han celebrado la misa han aparecido, ha sucedido exactamente eso, y la iglesia ha quedado inundada de un sol blanco que no hacía daño y que arrancaba reflejos dorados del sagrario en el centro del altar.

Como pasa en España, ninguno de los dos sacerdotes era autóctono. Ya no hay curas austriacos. Los dos tenían un acento indefinible (uno con más abundancia de tropezones que el otro). Probablemente eran polacos. Después del Evangelio, la homilía ha sido sustituida por un texto, en el que se contaba la vida de la muerta, preparado por la familia (tengo que reconocer que es la primera vez que he visto una cosa así).

La propia biografía de la difunta era también una crónica de lo que ha sido la vida de estos pueblos desde la segunda guerra mundial. Antes de la contienda, mucha hambre y mucho trabajo. Después de la guerra, más hambre y más fatigas, hasta que en los años sesenta del siglo pasado, junto al „milagro económico“ (que no fue tal, sino la agradable consecuencia del Plan Marshall) empezó la cosa a mejorar un poco.

Maissau Iglesia

La difunta había sido la mujer del tabernero del pueblo (también fue la mujer del alcalde, cuando su marido salió elegido para el cargo). Había estado entregada en cuerpo y alma a hacer feliz a los demás por la vía de llenarles el estómago. Conforme el cura, con su pedregoso alemán, iba desgranando los pormenores de aquella biografía, uno veía desplegarse ante él la historia de Austria y el declive de una región que empezó a vaciarse a la altura de finales de los ochenta. Los jóvenes se iban a las capitales a estudiar, y se quedaban allí y el pueblo iba languideciendo poco a poco. Las tiendas se iban cerrando. Los que no vivían de la agricultura dejaban de venir de vacaciones y al final…

El cortejo fúnebre que, con pocas variaciones, hubiera podido ser el mismo de, por ejemplo, Mozart, acompañó el cadáver al cementerio. Lo cerraba una anciana pequeña, que andaba ya con cierta dificultad.

Al verla, esforzada, acompañar a su último lugar de descanso a la que fue su amiga de juventud, uno no podía dejar de pensar que, alguna vez, había sido una niña pequeña. Y que pronto, ya no será.

La vida.

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