Impasible «el alemán»

Tratar con el público es muy esclavo y no siempre agradable, como pudo comprobar un funcionario de la policía austriaca hace unos días.

27 de Noviembre.- Yo tenía un compañero de trabajo, hombre bastante paciente, de buen natural, noble y risueño, aunque algo anarquista, que decía siempre que el único consuelo que nos queda a la gente de bien es que los jefes pasan pero los empleados quedan. Que es una manera de decir también que las organizaciones son más fuertes que los indocumentados que intentan destruirlas desde los despachos.

Él, en vez de jefe, utilizaba un sustantivo bastante políticamente incorrecto que aludía a la vida sexual de las madres de los mandamases, pero el mensaje era básicamente ese.

O sea que, si mi compañero tenía razón (y hoy demostraremos que por lo menos un poquito tiene) aquellos que son temidos por su poder, mucho o poco, pueden siempre tener la seguridad de que, en algún momento, la tortilla se dará la vuelta y, como cantaba Mecano, en cubierta quedarán el uno el dos y el tres (y para de contar).

Por ejemplo: di que este fin de semana pasado estaba un jefe de la policía austriaca tranquilamente en su casa. Tan ricamente.

Uno se lo imagina con pantuflas y con un batín bordado con (con perdón) ese „pollo atropellao“ que forma el escudo de Esta Pequeña República (a la República, le tenemos cariño, naturalmente, pero esto no quita que quienes inventaron el escudo lo hicieran en un día no demasiado afortunado para el diseño gráfico).

Pues bien: di que nuestro hombre estaba intentando concentrarse en la lectura del libro „Esto se hace poque yo lo digo y sanseacabó“, volumen de mildoscientas treinta y cinco páginas en el que se explican tácticas sutiles de liderazgo, cuando le pareció escuchar a sus vecinos tirar petardos. Dejó el libro en la mesa, se levantó, se dirigió a la ventana y, efectivamente, vio como sus vecinos estaban tirando „cobetes“.

!Sapristi! Se dijo !Fuegos artificiales! Mi deber es denunciar esta ignominia (dudamos mucho de que supiera lo que significa la palabra ignominia, pero él la usaba cada dos por tres para hacerse el culto).

Así pues, se dirigió raudo a su teléfono góndola (seguro que tenía un teléfono góndola) y llamó al 091. Le respondió un agente.

-Buenas noches.

Guten Abend, me llamo Fulanito Pormissantos Cojones.

-Muy bien, señor Pormissantos Cojones ¿Qué se le ofrece?

-Soy el señor Pormissantos Cojones.

-Ya le he oido, en qué puedo ayudarle.

-¿No me conoce usted?

No tengo el gusto ¿En qué puedo ayudarle?

-¿De verdad que no sabe quién soy yo?

Y el funcionario, impertérrito (impasible „el alemán“ que se dice en el Caralsol):

-Pues no, no le conozco a usted de nada.

En esto que nuestro alto cargo de la policía austriaca monta en cólera y le echa un rapapolvo al pobre funcionario por no saber quién es él, que es un superjefazo que lleva desvelándose por la seguridad del país desde que los dinosaurios dominaban la tierra. El agente del 091 le escucha con una paciencia encomiable y le responde en todo momento con una buena educación no menos meritoria, sobre todo dadas las circunstancias. El otro (la grabación se ha publicado) no solo le humilla sino que le cita para el lunes (a las ocho, que ya es putada) en su despacho, para leerle la cartilla.

El pobre funcionario del 091 soporta toda la cuestión sin una voz más alta que otra (quizá porque a él le era indiferente que al otro lado de la linea estuviera Pormissantos u otro caballero andropáusico cualquiera) hasta que el tipo cuelga.

Con lo que no había contado el alto representante de la policía austriaca es que estas conversaciones se graban y naturalmente no había contado conque la cosa se hiciera pública, como se ha hecho.

Quizá él pensaba que él estaba en su derecho de que le reconociera hasta la señora de la limpieza de la comisaría de cualquier pueblo de cabras perdido en el Waldviertel (uno de los vicios que acompaña el poder, sobre todo ejercido por las personas menos inteligentes, es el de sentirse reconocido y por lo tanto temido por los subordinados). El caso es que al publicarse la grabación, un portavoz de la policía austriaca ha dicho que el pobre funcionario que respondió al teléfono no tiene nada que temer y el que va a sufrir un „raspapolvo“ es el señor del batín.

-No son formas, por muy jefe que sea.

Han venido a decir. Y muy santamente, además.

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