Cuento de navidad

Hoy, una historia ha terminado de la mejor manera posible. No a todo el mundo le ha parecido bien.

10 de Diciembre.- Soy español y vivo en Austria desde hace muchos años. Por una combinación de razones, entre las que puede contarse que no doy más de mí, cuando hablo alemán tengo un acento más marcado que el meneo de caderas de Shakira. Por eso, cuando escucho a alguien que ha aprendido alemán como yo, de mayor, y lo habla con un acento perfecto, me pongo a sus plantas. Me pasa con mi amigo Javi (al que quizá alguno de mis lectores recuerde como esa voz portentosa que anunciaba el podcast que una vez tuvo este humilde blog) y también me ha pasado con nuestro protagonista de hoy.

El hombre en cuestión, de veintidós años, se llama Ziaulrahman y nació en Afganistán hace 22 años.

Si en su país no hubiera habido una guerra que aún dura (18 años ya, pobreticos), probablemente Ziaulrahman hubiera encontrado allí muchos empleos para su enorme inteligencia. Pero hay una guerra allí y Ziaulrahman, como muchos de sus compatriotas tuvo que salir por piernas para que no le matasen. Por los caminos azarosos que todos nos podemos imaginar Ziaulrahan llegó a Austria y aquí ha aprendido no solo un alemán cristalino que habla con una vocecita de niño, sino que también se puso a estudiar y se ganó la estima, el amor, de la comunidad del pueblo al que le llevó el destino, y que no es otro que Langenlois, en la comarca de Krems (por cierto uno de los sitios más bonitos de Austria).

Ziaulrahman, mientras tanto, solicitó asilo en Austria y tuvo la mala suerte que faltándole poco para terminar sus estudios, unos estudios que ha seguido muy aplicadamente, los funcionarios que entendían (poco, parece ser) de su caso le denegaron su petición, de manera que, para indignación de toda la buena gente de Langenlois, fue detenido a finales de la semana pasada y llevado a un centro situado en Viena en donde se agrupa a la gente antes de devolverla a sus países de origen.

Ante tamaña injusticia, la de devolver a un hombre bueno, decente e inteligente a un lugar como Afganistán, de manera que también Austria desperdiciase los recursos que ha invertido en convertirle en alguien de (más) provecho, la localidad de Langenlois se movilizó. Hubo manifestaciones en favor de este muchacho promovidas por sus compañeros de estudios y las monjas que le acogían en un convento de Langenlois, desesperadas, elevaron una petición de socorro a la autoridad más alta de Esta República de la que, en días como hoy, uno se siente tan orgulloso.

Parece ser que el Presidente Van der Bellen en persona se hizo cargo del asunto e, in extremis, detuvo la deportación del joven afgano, el cual fue devuelto a Langenlois entre vítores de sus vecinos los cuales, indudablemente, le aprecian muchísimo.

Fue solo una victoria temporal, porque no se sabe qué va a pasar con el muchacho afgano para el cual se va a intentar, parece ser, buscar una solución que pase por su permanencia en Austria. De momento, tendrá que presentarse en la comisaría de policía todos los días, hasta que la cosa se solucione para bien o para mal.

A cualquier persona con un mínimo de sentido común le parecerá probablemente que esta historia ha terminado de la mejor manera posible (y la más humana, además). Pues hay gente a la que no.

El actual jefe de la ultraderecha austriaca, Herbert Kickl, se ha apresurado a atacar al Presidente de la República, Alexander Van der Bellen, por haber intervenido de la manera en que lo ha hecho.

Entre otras perlas, Kickl ha dicho que, mientras miles de austriacos tiemblan bajo el peso de la ley cuyos preceptos son ejecutados con ellos de la forma más rigurosa posible, el Presidente ha utilizado su cargo para actuar de forma „arbitraria“ y poniéndose en el límite del incumplimiento de la ley. Incluso ha anunciado que va a elevar una pregunta al Parlamento para que se investiguen las razones del súbito cambio de opinión de los funcionarios.

En fin: en todos los cuentos de navidad hay un malo ¿Verdad?

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