Fomentando el «vienestar»

Cuando llegan estas fechas, los vieneses de bien tienen que tener algunas cosas en cuenta.

11 de Diciembre.- La policía austriaca ha alertado de que la Navidad, en contra de lo que podría pensarse, es una de las épocas más violentas del año.

Quizá sea porque las criaturas piensan que escuchar en bucle « Last Christmas » puede servir de atenuante si a uno se le pone un velo rojo delante de los ojos.

Yo sé que tengo unos lectores muy pacíficos, suficientemente pertrechados de paciencia para soportar a cuñados importunos, pero me permito avisar desde ya que no : que ni la escucha masiva de Last Christmas ni de ningún otro éxito del estilo pueden consierarse como atenuantes.

La navidad propicia la convivencia y de la convivencia nacen los roces que pueden terminar, en el peor de los casos, en una herida inciso-contusa. Aunque es de muy mal gusto, una de las cosas por las que la gente puede llegar a discutir es por los regalos (vaya por Dios).

Desde hace muchos años, prácticamente desde que era niño, el sueño de mi vida sería una navidad sin navidad. O sea, que las navidades no existieran. Que fueran prohibidas terminantemente, como la esclavitud, la trata de blancas, las minas antipersonas o el tráfico de pastillas de la risa. Si eso no fuera posible, que por la pinta no parece que vaya a serlo, lo ideal sería una navidad sin regalos. Ni para mí (que, gracias a Dios tengo de todo, y que las cosas que no tengo no se pueden comprar con dinero) ni para nadie. La experiencia, y la repetición anual de este enojoso trámite que, por desgracia, es uno de los deportes nacionales austriacos, ha demostrado que mi deseo tiene muy pocas posibilidades de prosperar. A menos que me vaya a vivir a Papúa Nueva Guinea, claro. Y ni aún así, yo creo. Habría un tipo aquejado de obesidad mórbida y vestido de rojo diciendo Jo, jo, jo. De todas maneras, bastante me ha costado el alemán para que, ahora que me voy defendiendo, ponerme a aprender « Papua-Nuevo-Guineano » para alcanzar en el mejor de los casos un nivel de usuario. Así que no queda otra que aguantar y esperar con los dientes apretados hasta el siete de enero.

Por lo que sí que no he pasado ha sido por lo de comprar los pocos regalos que compro por internet. No me mueve ninguna motivación masoquista como podría pensarse, sino un sentimiento de amor por mis seres queridos. Lo de comprar los achiperres « por onláin » me parece el colmo de la vagancia, además de quitarle la poca dignidad que le queda a la enojosa cadena de decisiones que siempre implica comprarle un regalo de navidad a alguien que, como nos pasa a todos, tiene colmadas sus necesidades materiales.

Tengo la suficiente edad para recordar aquellos tiempos en los que nos íbamos a los grandes almacenes y a las tiendas y no cesábamos de mirar durante horas diferentes cachivaches hasta que, por fin (un poco por cansancio) nos convencíamos de haber encontrado el regalo imbatible que le alegraría la navidad a alguien, ya que no podía alegrárnosla a nosotros mismos.

Además, dentro de la mala conciencia que da gastarse las perras de la paga extraordinaria en cosas que nadie necesita (o procurar gastárselas en cosas que la gente necesite por lo menos durante un par de días) ir a las tiendas, rozarse con la gente, tiene algo de sacrificio expiatorio.

A estas alturas del artículo probablemente mis lectores estarán pensando qué leches tiene que ver mi fobia a la navidad con Viena. Pues yo se lo cuento ipsofactamente. La Cámara de Comercio vienesa ha sacado una campaña publicitaria que, a estas alturas, resulta agradablemente reaccionaria. Quien compra en Viena, viene a decir, no solo ayuda al comercio local, a personas de verdad, sino que financia por vía de impuestos el « vienestar » que disfrutamos todos. Los médicos, los colegios, los tranvías, las maravillosas Wiener Linien. Por no hablar de que también fomenta unas condiciones de trabajo dignas, bajo las leyes europeas, y no el trabajo esclavo de la pobre gente que se deja la vida en las fábricas asiáticas o en cualquier almacén insalubre por cuatro duros.

La navidad es una porquería, una catástrofe anual inevitable, un aluvión consuetudinario de alegría artificial, estupefaciente e imbécil, un maratón consumista, pero por lo menos se puede ayudar a que sea algo mejor. Compra local, ayuda a la gente de tu barrio o de tu ciudad. El dueño de Amazon ya está suficientemente forrado.

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