Un monstruo viene a verte

Viena empieza 2020 poniendo a disposición del público la obra de uno de los genios más enormes del siglo pasado. Una maravilla imperdible.

12 de Enero.- 11 de marzo de 1931. Santa Bárbara. California. Estados Unidos. Un lujoso automóvil, conducido por un adolescente de catorce años, filipino para más señas, serpentea por una carretera a cuyos lados se intuyen las siluetas de unos naranjos. El asiento del copiloto lo ocupa el que es considerado por muchos (entre los que me incluyo) uno de los más grandes genios del siglo XX, cuya influencia se extiende hasta hoy. Se trata de un alemán, que había sido bautizado cuarenta y tres años antes con el nombre de Friedrich Wilhelm Plumpe. Probablemente, el apellido les diga poco a mis lectores. Sin embargo, empezarán quizá a recordar cuando les diga que el bueno de Federico se cambió el apellido por Murnau.

Los dos no lo saben, pero en el momento en el que nos interesamos por ellos a Murnau y a su chófer les quedan escasos minutos para que su destino quede sellado para siempre. La muerte, en forma de un camión mucho más pesado y más grande que su coche, rueda hacia ellos a gran velocidad. En un momento dado, el chófer filipino se distrae, pierde el control del coche, que pasa al carril contrario y choca de frente con el camión que se le viene encima. Murnau muere horas más tarde en el hospital.

Por Hollywood corre inmediatamente un rumor que, años más tarde, sería fijado para siempre en el libro Hollywood Babilonia.

Según este rumor, minutos antes de que el camión aparezca, Murnau, con ganas de marcha, le abre la bragueta a su criado filipino y comienza a ejecutar un cuidadoso solo de flauta. El chaval llega al éxtasis, cierra los ojos instintivamente y no ve el camión.

En 1931 acaba de entrar en vigor el Código Hays, un sistema de autorregulación de la industria cinematográfica que, de hecho, consagra la censura -el código sería, por cierto, la base del sistema que, aliñado con la arbitrariedad y la burricie propia del franquismo, castigaría a los españoles durante cuarenta años a ver películas en las que no se podía decir una palabra más alta que otra-.

Siguiendo la estela del código, todos los contratos de las estrellas de cine incluyen una cláusula de moralidad. Por supuestísimo, la homosexualidad se convierte en un tabú suficiente como para que pueda destruir la carrera de una persona. En Hollywood es de dominio público que Murnau es homosexual. Nadie sabe si las circunstancias de su muerte han sido como se relata en Hollywood Babilonia, pero como es natural, ninguno de los compañeros de profesión de Murnau quiere verse asociado con algo semejante. Resultado: al entierro de Murnau acuden 19 personas, entre ellas la actriz (europea, por cierto) más famosa del mundo: la también lesbiana Greta Garbo.

Nada importa que Murnau sea un genio cuyos hallazgos cinematográficos pueden verse hasta hoy. Sin ir más lejos, en la última adaptación (la enésima) del Drácula de Bram Stoker que, en estos momentos, está disponible en Netflix. En su película Nosferatu (que se salvó de milagro porque un juez mandó destruir todas las copias al considerar -acertadamente- que era una adaptación no autorizada de la novela de Bram Stoker) Murnau creó toda la imaginería de los vampiros. Después de ver el primer episodio de este nuevo Drácula, yo volví a ver la película muda. Quién quiere ver la copia cuando tiene a su disposición el original. Y qué original.

Pero Murnau, un hombre de cultura exquisita, que se codeaba con lo más granado de la intelectualidad de su tiempo, ya había hecho El último Hombre, con Emil Jannings (sí, el profesor Unrat de El Ángel Azul). Un largometraje mudo sin intertítulos (ni falta que le hacían) una proeza visual que demostraba toda la potencia artística y narrativa de un nuevo arte: el cine (por cierto, a mí Murnau me recuerda mucho al director Ang Lee, también capaz de transformar las meras películas en algo mucho mejor). La influencia de El último hombre será decisiva en otros cineastas también alemanes, como el vienés Fritz Lang.

Y por si todo esto fuera poco, Murnau, que en 1925 se había mudado a los Estados Unidos, es el autor de la que quizá es la película más hermosa de toda la época del cine mudo: Amanecer (Sunrise). Y naturalmente, una de las películas más hermosas y más emocionantes de la Historia del cine. Sin duda es la cumbre de una forma de arte que murió irremediablemente con la llegada del cine sonoro (por suerte ahora todo está en el tutubo).

Hoy, viniendo del cine, he visto el nombre de Murnau en los carteles (como el de Francisco Alegre) y fruto de esa emoción es este texto. Entre el día 7 de Enero y el día 21 la Filmoteca de Viena le dedica una retrospectiva a Murnau en la que se van a proyectar todas sus obras maestras. Qué manera tan buena de empezar el 2020.

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