Paso del Ecuador

Costó mucho y estuvimos a punto de tener un disgusto, pero al final todo salió bien. Y fue una suerte.

20 de Enero.- Aquella noche de finales de diciembre de 2016 era domingo y hacía un frío espantoso. Una combinación de hielo y humedad. Yo había quedado en el Hofburg para entrevistarme con la corresponsal de la cadena SER (enviada especial). Estaba esperándola cuando me enteré de que Alexander van der Bellen ( !Por fin !) era presidente. El anuncio fue, la verdad, un poco raro, porque vino combinado con el anuncio del « desistimiento » del contrincante y el reconocimiento de su propia derrota.

De alguna manera, el mundo respiró aliviado. La elección de un ultraderechista para la presidencia de Austria (con toda la carga simbólica que el tema conllevaba) hubiera completado un triplete siniestro : Brexit, Trump y…Bueno, eso. También esta era la razón por la que las elecciones austriacas, normalmente una noticia de segunda B, dado lo canijo del país y su moderada importancia en el concierto internacional, hubiera levantado tanta expectación.

Ahora sabemos que la ajustada victoria de VdB (un 53% si la memoria no me falla) fue una suerte. Durante los tenebrosos días de mayo de 2019, a los que tenemos un poco de memoria se nos ponían los « pelos de gallina » pensando en qué hubiera sido de este país si Hofer hubiera sido presidente, si Hofer no hubiera ejercido el veto (que sí ejerció Van der Bellen) para evitar que entrase en el Gobierno lo más siniestro del FPÖ. Qué hubiera sucedido si Hofer no hubiera mantenido, como sí lo hizo Van der Bellen, la cabeza fría y hubiera cortado la crisis de Ibiza de una manera constitucional y eficaz, aludiendo, en todo momento, a la « elegancia » de las soluciones propuestas por la ley que ocupa la cúspide del sistema austriaco.

Ahora sabemos todo eso, pero entonces no lo sabíamos. Muchos (entre los que yo me incluía) pensábamos que los austriacos habían elegido el mal menor. Por poner las cosas en palabras algo groseras, que entre el tedio y el facherío los austriacos habían elegido el tedio. De hecho, durante mucho tiempo, yo llamé a Van der Bellen « el profesor siesta » y no me cansaré, de verdad que no me cansaré, de arrepentirme.

Este mes de enero, Van der Bellen llega al ecuador de su mandato y lo hace con unos índices de popularidad que han barrido completamente la sensación amarga de división que uno percibía cuando fue elegido (cuando fue elegido por primera vez y cuando se tuvieron que repetir las elecciones, también cosa inédita, al haber un defecto de forma).

Una vez dejada atrás la basura lanzada contra él desde las cloacas más infectas de internet (se dijo que tenía cáncer, se dijo que tenía Alzheimer o que estaba demente, incluso se llegó a filtrar su dirección y recibió amenazas), Van der Bellen se ha revelado un hombre afable, de gran sentido común y, lo que es mejor, un sentido del humor sutil con el que ha conseguido impregnar toda su labor presidencial.

Qué mundo tan bonito sería si se pudiera clonar un Van der Bellen para ponerlo en la Casa Blanca o para que se sentara en Downing Street. Qué guay sería que se inventara la « VanderBellemina » y se pudieran aplicar dosis tópicas sobre los problemas políticos inflamados, masajear con VdB las zonas enrojecidas hasta que volvieran a tener su color normal y cesara el dolor.

Por cierto, como es lógico y se desprende del porcentaje que mencionaba antes, muchos votantes (y votantas) del FPÖ ya han aceptado que otro mundo (sin Hofer) es posible. Por suerte.

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