El silencio de los inocentes

El 27 de Enero de 1945 fue liberado el campo de Auschwitz. Austriacos y españoles fueron víctimas. También hubo verdugos.

22 de Enero.- En estos días, en las teles de estos países de lengua extraña, menudean los programas, los documentales y las entrevistas a propósito de una de las manchas más imborrables que el género que se llama humano a sí mismo lleva en su expediente : el campo de exterminio de Auschwitz.

Varios miles de austriacos (judíos y gentiles) perecieron en aquel reino del mal y también varios miles de españoles. También, y suele olvidarse, hubo varios austriacos que se ganaron allí un puesto de « honor » en la Historia Universal de la Infamia. Como Maria Mandl, la cual abandonó su carrera de oscura funcionaria de correos para convertirse en una bestia sanguinaria que profundizó en el surco del mal hasta 1945. En 1947 fue ejecutada y, aunque sus crímenes ya no tenían arreglo, su muerte convirtió este planeta en un lugar un poco mejor.

Fue solo una de las sesenta personas de origen austriaco que trabajaron en Auschwitz. La inmensa mayoría, tras algunas vicisitudes, murieron sin problemas en sus camitas de torturadores.

Pondremos algunos ejemplos : Franz Novak (1913-1983) fue un eficaz colaborador de Eichmann, el jefe del campo. Novak se encargaba de la « logística » organizando los viajes de los pobres desgraciados que iban a parar a aquel moridero. Después de la guerra, cuando fue interrogado, dijo que para él Auschwitz había sido siempre una estación más, como tantas otras y que lo único que había hecho era hacer bien su trabajo. Como si en vez de seres humanos hubiera transportado cajas de tomates o sillas. En los setenta fue condenado a una ligera pena de cárcel, pero no por haber participado en el holocausto directamente, sino por las inhumanas condiciones en las que se desarrollaban los transportes.

Los arquitectos Walter Dejaco y Fritz Karl Ertl hicieron posible el campo de Auschwitz materialmente. Proyectaron los hornos crematorios y las barracas para los prisioneros, a las que no consideraron necesario poner ventanas (pa qué). Cosa que, naturalmente, sí que hicieron con las viviendas de los guardias e incluso con las de sus perros, que contaban con sistemas de ventilación suficientes. Naturalmente, Dejaco y Ertl concibieron un sistema así porque sabían que los prisioneros no necesitarían nada más, ya que la « rotacíon » por fallecimiento sería muy alta.

(Dejo aquí una línea de puntos para que el lector se exprese libremente, si así lo desea)

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Otto Graf, también austriaco, uno de los SS guardianes del campo, fue absuelto en 1972 y declaró ante los tribunales que no tenía ni idea de lo que pasaba en el campo de exterminio ( !!!). También murió tranquilamente, amnistiado.

En total, de los sesenta austriacos que trabajaron durante el tiempo que estuvo funcionando aquella máquina de matar, solo ocho cumplieron condena, la mayoría en los sesenta y a pincipios de los setenta. Cuando se dictaron las sentencias, mediaba entre ellos y sus crímenes la misma distancia temporal que entre nosotros y los juegos olímpicos de Barcelona. Por poner las cosas un poco en perspectiva, lo digo.

Todas estas personas o la gran mayoría no eran psicópatas, como Maria Mandl, sino gente como usted y como yo que hacía su trabajo. Gente que probablemente estaría contenta de que el chivo expiatorio fueran los judíos y no ellos.

Y no me canso de repetirlo : podría pasar otra vez hoy (de hecho, no ha dejado de pasar). A lo mejor no nos toca a nosotros directamente, pero hay pobres personas huyendo de la guerra de Siria que viven como animales en las colinas de Grecia o en la isla de Lampedusa. Y sus críos no son peores que los nuestros, y su mal no es menos malo, ni sus necesidades son un lujo que no debamos permitirnos. Lo que se puede aprender de las historias que he contado hoy es que cuando miramos para otro lado frente a la injusticia nos convertimos en cómplices. Quizá cómplices de la peor especie, de los que tienen la conciencia tranquila porque creen que no han hecho nada.

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